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El joven idealista

Aunque su conversión data de 1948, este inglés procedente del marxismo militante es un caso característico de relevante actualidad. Douglas nació en Bristol, en 1908, en el seno de una familia anglicana. Todos los domingos hay un espectáculo típicamente británico, que consiste en ver y oír cómo los predicadores al aire libre arengan a las muchedumbres de todas las sectas, de todas las doctrinas, de todos los partidos, desde las alturas verdeantes que rodean la ciudad. Los himnos más contradictorios se levantan al fin de la arenga; en el parque donde las notas de La Internacional se mezclan con una coral protestante. En esta atmósfera medio política medio religiosa, es donde nuestro joven se decide a los diecisiete años a entregarse a la teología metodista y marchar como misionero a las Indias. Un hecho, al parecer insignificante, va a cambiar en seguida esta orientación. Oyendo a uno de estos oradores domingueros recia mar con talento y vehemencia la unión de todos para vengar la memoria de Sacco y Vanzetti, aquellos dos anarquistas italianos condenados en América a la silla eléctrica, Douglas se inflama y arde en indignación. Tiene dieciocho años y se inscribe en el movimiento al cual el orador da este nombre: «Movimiento internacional de ayuda a los prisioneros de guerra». Lo que él todavía no sabe es que esta asociación es un grupo comunista camuflado, como existen en todos los países libres. Y su lucha social para defender a los oprimidos, que encaja perfectamente bien con el cristianismo, se comienza a teñir más y más de rojo vivo. Tanto es así que es puesto a prueba como predicador por los metodistas, y pronto será apodado «el predicador rojo», y será puesto en entredicho por sus superiores. En la época de su confusión mental durante la cual sueña con un «comunismo cristiano» que no acaba de seducir a los «espíritus débiles e ignorantes». Sobre las pastas de una de las obras de Lenin, que está estudiando, dibuja una cruz con estas palabras: «Por Dios y la masa obrera». Siguiendo la lucha en pro de los explotados del capitalismo, y arrastrado a la acción, pronto abandona toda creencia religiosa según el proceso perfectamente descrito por Lenin.

Pero Douglas Hyde no es ni un simple ni un ignorante, y enseguida se da cuenta de la imposibilidad y de la incompatibilidad de las dos doctrinas. No conseguirá elaborar un comunismo cristiano. Escoge entonces y se lanza de lleno a la «liberación de las masas proletarias», consciente del peligroso vacío de esta fórmula, pero no teniendo sino una sola meta: el bienestar de los trabajadores.

Continuamente está perdiendo todos sus empleos, y siempre en primera línea en todas las manifestaciones. Con todo, Douglas jamás perderá ni el espíritu crítico ni las aspiraciones espirituales que le permiten conservar el contacto con los grandes escritores: los católicos Chesterton e Hilaire Belloc, particularmente.

El choque con la verdad del comunismo

Enero de 1940 fue un punto decisivo en su carrera. Nombrado redactor del «Daily Worker», el gran periódico comunista inglés, por la dirección de su partido y dispensado del servicio militar porque los comunistas, aun cuando eran pocos en número, detectaban ya los puestos claves de la administración, rápidamente descubre las realidades y las vergüenzas que reinan en los servicios del gran periódico.

Al conocer entonces a Carol, su futura esposa, en una manifestación del primero de mayo, descubre también que la unión libre, cimentada en las teorías del partido, no satisfará plenamente su aspiración a la verdadera felicidad. Estas primeras notas falsas serán seguidas de muchas otras. Y cuando un comunista se pone a juzgar el bien y el mal, la justicia y la injusticia, su convicción marxista se hace bien frágil. Eso es lo que le pasa a Douglas Hyde a partir del día en que se le confía, por la dirección del periódico, la refutación de un órgano católico, la «Weekly Review», que ponía a sus lectores sobre aviso contra la actitud del gobierno soviético durante la guerra explicando los fines esenciales del marxismo, invariables a través de todas las tácticas. Las firmas de Chesterton y de Belloc, aquellos gigantes del pensamiento aparecen en la «Weekly Review» regularmente. Douglas se fascina y en adelante su vida se divide en dos mitades: continúa militando a fondo en pro del Partido, pero cada vez encuentra más el Catolicismo Social como la solución de los problemas que le angustiaban desde su Juventud.

Ahora se encuentra forzado a ver con evidencia esto: hay otra solución contra las injusticias sociales además de la violencia y del odio de clases. Y en el seno de la Iglesia Católica, los sacerdotes, los ohispos, los Papas, los militantes tan entregados como él, pero en otra dirección, también han combatido por defender la clase obrera. Esto no era tan evidente en los cursos metodistas y en los teóricos del marxismo, que le habían enseñado. La existencia de las grandes encíclicas sociales: «Rerum Novarum», de León XIII; «Quadragesimo Anno», de Pío XI, y la obra de monseñor Kettler, en Alemania; y de Albert de Mun, en Francia. ¡Qué revolución pacífica en el amor fraterno sería posible si esta gran Iglesia Católica en el siglo XX quisiera de lleno enseñar todo aquello a tiempo y a destiempo, si todos sus hijos se empeñasen en poner en práctica su doctrina! ¡Y qué revolución surgió en el espíritu subyugado de Douglas Hyde!

La vuelta definitiva se acerca con el fin de la guerra. Los camaradas del partido, desmovilizados, cuentan sus desencantos y su desaprobación de lo que han visto en el ejército rojo en campaña. Los enviados del «Daily Worker» vienen poco después, confirman las atrocidades pero no escriben de ello ni una palabra en las columnas del periódico. Cuando el arresto de monseñor Stepinac, arzobispo de Belgrado, en 1946, Douglas Hyde se quedó espantado. Sabía que el arzobispo era inocente; sin embargo, para sus camaradas, aun cuando fuese inocente, al prelado no le pasaba más que lo que merecía que le pasase. La atmósfera se hace cada vez más insostenible, y es Carol, su mujer, la que va a ser el instrumento providencial del desenlace. También  ella, sin haber manifestado nada exteriormente, parece ser que ha evolucionado, y los dos esposos descubren de repente que han caminado de manera casi idéntica.

La conversión del matrimonio

«Entonces, por primera vez, yo le descubrí a ella los pensamientos y aspiraciones que me estaban torturando. Le dije cómo mis lecturas me habían abierto los ojos a la verdad. Tú, que hablas como el Universe, proseguí, ¿estarías dispuesta a hacerte católica? Yo esperaba su respuesta con el corazón palpitante, y dice ella: Ojalá que ya lo fuera».

Dougias Hyde, su mujer y sus dos hijos, fueron instruidos en la residencia de los jesuitas y bautizados en 1948. No faltaba para concluir sino la ruptura final. El 14 de marzo de 1948 dimite de sus importantes cargos en el «Daily Worker»; y lo explica en una larga carta que apareció en todos los periódicos y tuvo una tremenda resonancia: «Me he dado cuenta de que él Partido, por el cual yo he combatido y trabajado durante tanto tiempo, se empeña en destruir esta misma libertad y en socavar ese mismo bienestar de que reclama el monopolio. He comprendido de la misma manera que el comunismo no está en situación de reconstruir nuestro mundo tan fuertemente zarandeado. Impulsado por una decepción continuamente creciente en mí, he buscado en otra parte la solución de los problemas que me angustiaban. Y he llegado a creer que la Iglesia Católica, que favorece y predica la vuelta a los antiguos valores morales y a la caridad cristiana, da la solución a las aspiraciones sociales, políticas y espirituales de la humanidad. Por esta razón, desde octubre del año pasado he estudiado más de cerca la fe católica, y durante estas últimas semanas he recibido la instrucción religiosa para preparar mi admisión, dentro de la Iglesia». La dirección del «Daily Worker» no dio gran publicidad a esta declaración, que de todas maneras sí apareció allí en un rincón de la página tercera. «Fair-play» británico.

Así, Douglas Hyde, vino a ser quien inició una ola de defecciones de las listas del Partido; porque es una gran verdad que basta un apóstol lúcido y valiente, para abrir los ojos de los dudosos. No se limitó a este gesto espectacular, sino que se puso a escribir la historia de su conversión. En 1950 «I believed» -«Yo creí»- se agotó en unos días, y en 1951 siguieron otras ediciones en Inglaterra y en Estados Unidos. Y luego las traducciones. Citemos su conclusión: -«En último análisis, yo creo que se está aproximando la prueba de fuerza entre el catolicismo y el comunismo. Las dos doctrinas no pueden coexistir, o nos vamos a pique a los abismos de la inmoralidad, o redescubrimos aquella fe, aquella cultura, aquellos valores espirituales, que hicieron antaño la grandeza de un mundo que se llamó Cristiandad».

«MADRE QUERIDA, ¿QUIERES ENSEÑARME A HACER TODAS LAS COSAS ORANDO COMO Tú»; prorrumpía el famoso don Manuel González. Y nuestra oración cada mañana y cada noche tiene que ser las TRES AVEMARÍAS a la Santísima Virgen, para que nos una a Jesucristo.