¿Y qué es la Resurrección? Naturalmente, no es el milagro, increíble para él, de la reanimación de un cadáver. La Resurrección no es más que afirmar que la cruz salva, que la cruz no ha sido una cosa inútil, un fracaso. Pero, ¿cómo salva la cruz?, ¿por qué nos redime?, ¿por qué ofrece un sacrificio expiatorio? Porque Jesús muriendo en la cruz es como una sentencia que enjuicia al mundo y nos invita a comprender que el triunfo y el fracaso no están donde los pone habitualmente el mundo. O lo que es lo mismo: nos invita a tomar esta decisión de no dejarnos arrastrar por las corrientes del poder, del dominio, de la ciencia puramente positiva, del automatismo, etc., y recobrar esta libertad interior.
El mensaje de la Resurrección es exactamente ese y no más. Según esto, ¿qué es la Resurrección? Es la palabra que está sonando ahora y esta reacción o respuesta íntima que se está produciendo ahora, nada más. Pero, ¿eso es debido a que esa palabra suscita esta reacción en relación con el hecho de Jesús? No, a lo mejor ni existía: no interesa. El hecho mismo de que la palabra esté sonando hace que eso constituya una intervención de Dios ahora. Pero, ¿quién nos justifica? ¿Quién nos asegura que efectivamente la cruz tiene ese valor salvador, aunque sea tan reducido y tan subjetivo? ¿No será un sueño? ¿No hay justificación de esta convicción? El hecho es que el creyente así lo piensa y ya está, no necesita justificaciones. ¿En qué se diferencia, por tanto, esto del puro subjetivismo o de los viejos liberales, que consideraban la fe como una mera expresión de sentimientos de la conciencia humana, sin más? Claro que Bultmann dirá que esto es Palabra de Dios, que esta es la intervención de Dios en mí, sin que corresponda a ninguna realidad histórica.
Aquí conviene hacer un pequeño alto y disipar los equívocos que producen a veces las palabras, cuando no se usan en su contexto. Hay dos palabras que salen muchas veces en esta literatura de inspiración bultmaniana, que son la palabra existencial y la palabra auténtico, palabras graciosas, porque suenan bonitas. Generalmente se toman como una afirmación positiva, cuando en realidad son una afirmación de vacío, de renuncia, porque existencial, entendido en su significación técnica y no según las modas populares al uso, no es como suele decirse «lo vivido», «lo real» frente a «lo fingido», a «lo abstracto», o a «lo rutinario». Existencial quiere decir que el valor de nuestra vida está solamente en el acto mismo de vivir, sin que este acto tenga referencia a nada que le dé sentido, a ninguna realidad superior, a ninguna esperanza, a ningún futuro garantizado. Es el acto mismo en presente, o mejor dicho, la cadena de actos (esta especie de explosiones continuas que son nuestros actos). Es decir, se trata de una afirmación empobrecedora. Existencial es reconocer que nuestra vida no tiene enlace con valores más altos que la hagan más vida, sino que tiene que realizarse encerrada en sí misma, y hay que aguantar esa limitación.
En la misma dirección, la palabra auténtico, que está tomada en este caso de la filosofía heideggeriana. Auténtico no significa como suele pensarse vulgarmente, periodísticamente, «lo valioso, lo verdadero, lo auténtico», sino en cierto modo todo lo contrario. Auténtico es aquel acto que yo puedo llamar acto mío. Es decir: si un hombre se desespera, pero se desespera él de verdad, ese es un acto auténtico. Pero es un acto de desesperación (¡cuidado!), no es un acto valioso. Es decir, exactamente lo mismo que existencial. A eso reduce Bultmann el significado de la fe: un valimiento de estas actitudes mías, sin referencia segura a ninguna realidad, ni pasada, ni futura, ni superior.
En la misma línea se encuentra este otro autor, el protestante Wilhelm Marxsen (más reciente y dependiente de Bultmann), el cual, después de exponer lo que hemos dicho tantas veces -que la Resurrección según él no es el dato primitivo, sino que es una interpretación derivada, etc., y que, por tanto, el Nuevo Testamento propiamente no se propone informarnos de que Cristo resucitó, sino invitarnos a la fe- sigue diciendo que la Resurrección no es el centro de la fe, sino una de tantas maneras de expresarla, maneras cambiantes y sustituibles. Lo que interesa es la verdadera fe. ¿Cuál es la verdadera fe? Provocar un encuentro vital con Jesús.
¿Y qué significa un encuentro vital con Jesús? ¿Qué Jesús vive? No; ni siquiera eso. Significa solamente seguir pensando que la causa de Jesús, aquello que Él sintió, aquello que inspiró sus actitudes, aquella actitud de amor, de libertad, de desprendimiento, de fraternidad, etc, que esa causa, ese modo de concebir la vida, aunque Jesús haya muerto, sigue siendo valiosa, vale la pena seguir haciéndola, es modelo y cauce de nuestras propias actitudes y conductas. Esto es lo que hace, según él, la predicación a lo largo de la Historia: animar la confianza en Dios, la liberación por el amor, el saber perderse, el no buscar seguridad.
Entonces, igual que en Bultmann, ¿esto no es más que un acto mío, subjetivo? Dice Marxsen: no, ese es el modo como Dios ahora mismo está influyendo en tu mente, es la gracia de Dios a través de la Palabra. ¿Pero esa Palabra me dice algo verdadero? No importa, no me dice nada de Cristo como Resurrección, como hecho, pero me dice lo que acabo de apuntar, que la causa de Jesús sigue siendo viva e interesante para nosotros ahora.
Notemos la extraña posición. Así como muchos dicen: «Bueno, ¿qué importa que Jesús haya resucitado? El caso es que sea un ser vivo. Con cuerpo o sin cuerpo, ¡qué más da…!» Entonces se consuelan con la sobrevivencia espiritual, de la misma manera que todos los creyentes confiamos en que nuestros difuntos, aunque no están dotados del cuerpo todavía, sobreviven en su espíritu, en su auténtico núcleo personal. En este caso, Marxsen, ni siquiera dice eso.
La causa de Jesús. Me parece innecesario insistir en la enorme tenuidad, vacuidad, de este contenido que se reserva a la fe. Y uno se pregunta: ¿Vale la pena llamarle fe cristiana a esto? Sobre todo, hay una comprobación muy fácil, que no puedo hacer ahora, pero que varios autores han hecho dirigiéndose a estos autores. Porque este tipo de escritores, también los que se dan entre nosotros, tienen la mala costumbre -intolerable costumbre- de hablar siempre con equívocos. Se puede tolerar y se puede comprender cualquier afirmación o postura, siempre que sea transparente y que diga cosas que se puedan entender, pero generalmente este tipo de autores escamotean toda pregunta de este tenor.
Por tanto, ¿yo puedo pensar -según esta fe- que a la hora de mi muerte sigo viviendo? ¿Sí o no? Ninguno responde. Todo son evasivas, tensiones. Por ejemplo: cuando al mismo Marxsen se le pregunta en qué consiste el núcleo de la fe (después de pasar de la Resurrección de Cristo, así entendida, a nuestra futura resurrección y a nuestra sobrevivencia, y después de insinuar mil veces que la realidad en sí misma no interesa, que hay muchas maneras de representarla, que lo que importa es el núcleo de la fe…), la respuesta parece que consiste en que el hombre debe vivir ahora sin dejarse dominar por el miedo a la muerte. Y para eso, debe renunciar a preocuparse del futuro, viviendo en el presente. Como san Juan dice en alguna parte que la vida eterna ya se vive ahora -y es verdad- este autor, por ejemplo -y los que le siguen-aprovecha esta terminología para decir que la eternidad la vivimos en el presente, en este momento actual.
Vemos muy bien que esto es comprensible, y así lo aceptamos, pero surge la pregunta elemental, la pregunta sencilla, popular e inesquivable, y que todos estos autores esquivan, lo cual -repito- es imperdonable, porque es jugar intencionadamente con el equívoco: cuando yo haya agotado mi presente, llegue la hora de mi muerte, ¿sigo viviendo? ¡No responden! Tú vives ahora ya la vida eterna, y como ya la vives ahora -me dice este autor- pues aunque padezcas la muerte, no mueres, porque estás ya en la vida eterna. Bien, sí, pero, ¿seguiré viviendo? No, no hay respuesta. Eso se confía a Dios, con una esperanza puramente ciega, sin contenido, es decir, la clásica postura llamada existencial, que encadena al hombre a los momentos fugitivos, tratando de valorarlos al máximo, pero desconectándolos de toda realidad superior y, por tanto, de toda referencia a estas realidades.
Esta forma de vaciar el contenido de la fe (reduciéndola a este mínimo, a esta supuesta actualidad de la Palabra, tan ambigua), es el final de todo un proceso, naturalmente, de falta de respeto a la objetividad de los testimonios cristianos. Y aquí (quería señalarlo, porque es muy importante), a lo largo de todo este proceso (siglo XlX-siglo XX), oportunamente han surgido unos autores (tres o cuatro) implacablemente lógicos, que han demostrado que a Jesús con sus testimonios o se le toma o se le deja. Pero si se pretende esta disección habilidosa, sutil, evanescente, en la que no sabemos casi lo que se está diciendo, en la que se juega turbiamente en el equívoco, entonces, lo más científico es negar la existencia de Jesús. Y este es un fenómeno muy llamativo: en cada una de las fases de este proceso de disociación entre el Jesús real histórico y la llamada fe, creencia o idealización de Jesús, han surgido continuamente los que han dicho: «Alto. Por este camino, si usted es lógico, adonde tiene que llegar es a negar a Jesús». Y lo han negado.
