vida religiosaPadre Jesús González-Quevedo, S.I.
Salamanca, 1971

  1. -SE IMPONE LA RAYA DE PIZARRO.

Pero con la ayuda del Señor y nuestra enérgica cooperación se irán superando estas dificultades, propias de una época de transición como la nuestra. Bien dijo Pío XII: «Es todo un mundo 10 que hay que rehacer desde sus cimientos» (36). Por lo que a la vida, religiosa toca, son básicas las siguientes normas del Perfectae caritatis (n. 4): «La renovación eficaz y recta acomodación no podrán conseguirse, si no es con la cooperación de todos los miembros del Instituto… Recuerden todos que la esperanza de la renovación hay que ponerla más que en la multiplicación de las leyes, en la observancia más fiel de la regla y constituciones».

La vida religiosa -vocación la llamamos-es un llamamiento de Dios, seguido con fidelidad, a través de los tiempos, por las personas más distintas, de modos muy diversos.

Dios llamó a los Fundadores, y ellos, siguiendo con fidelidad esa llamada, abrieron un camino. Dios siguió llamando a otros muchos a recorrer ese camino abierto por los fundadores, que conduce a la perfección cristiana y muchos, siguiendo con fidelidad esa llamada alcanzaron la perfección por ese camino.

También nos llamó Dios a nosotros a recorrer ese camino; también respondimos con fidelidad a esa llamada; sigamos recorriendo con fidelidad ese santo camino.

Como el camino es áspero, y «se apaga la fe» todo son dificultades y objeciones para muchos. Hoy presentan como nueva, la de Erasmo y los suyos: Siendo tan diversos los hombres, ¿qué cosa más fuera de razón que limitarles las horas de comer, dormir, velar, rezar y cantar, como si todos fueran de la misma complexión? Hoy se diría: ¿Cómo se va a obligar a un religioso a hacer Oración, a volver a tiempo a casa, a restringir sus salidas…, dado el respeto que se merece la dignidad de la persona humana?

Juan de Valdés en el siglo XVI, respondió cuerdamente: Si se hubieran hecho religiosos por fuerza podrían quejarse. Mas si a ninguno se hizo fuerza, ¿de qué se quejan? La regla está ahí. El que quiera, la toma; y el que no, la deja (37).

En la vida religiosa y en la vida cristiana hemos llegado a un punto en que se impone trazar la raya de Pizarro. El que quiera seguir, que siga. Sólo así se restablecerá la autoridad y la obediencia, «sin la cual el buen ser y gobierno de la Compañía no puede conservarse, como ni de otra alguna congregación», según escribió San Ignacio en la Carta de la Obediencia. Un gran político español deseaba en las Navidades de 1966 me colmara el Señor de luces y gracias, «sobre todo de fortaleza», y añadía textualmente: «La debilidad ha causado la crisis total de la autoridad, y sin autoridad perecemos». Pues no pueden subsistir, ni un cuerpo sin cabeza, ni una sociedad sin autoridad. Con razón se ha escrito: Ni en un taller, ni en una lancha, ni en un campo de fútbol, se va sin autoridad a ninguna parte.

Naturalmente que la raya de Pizarro sólo podrán trazarla superiores que ni hayan fracasado, ni estén comprometidos con los fracasados, como prueban la razón y la experiencia. La primera nos dice: a) que el fracaso, confirmado y agravado durante años, es prueba irrefutable de la incapacidad de los gobernantes, a quienes hay que juzgar por sus frutos (Mt. 7, 20); b) que las mismas causas en las mismas circunstancias producen siempre los mismos efectos: Axioma valido también para las causas libres, ya que las leyes morales producen siempre o casi siempre los mismo efectos.

La segunda nos enseña que todos los pueblos, de todas las razas, en todos sus asuntos: políticos, sociales, económicos, culturales y hasta deportivos, cuando fracasan en su gestión unos directivos los sustituyen por otros.

  1. Mensaje por un mundo mejor, 10-II-1952.
  2. MENENDEZ PELAYO, Hist. de los Heterodoxos…, lib. 4, cap. I, Edic. BAC, I, p. 892.