gonzalo-fernandez-de-la-moraGonzalo Fernández de la Mora
Revista Razón Española, nº 200, Noviembre-Diciembre 2016, pp. 258-303

  1. Se afirma, como segunda tesis, que sólo el pueblo encarna la soberanía. Pero, en la práctica, resulta que los límites de lo que sea un «pueblo» vienen determinados de modo arbitrario, es decir, por unas fronteras generalmente nacidas de la violencia. Por ejemplo, ¿qué pueblo encama hoy la soberanía francesa? ¿El que las leyes vigentes consideran como titular de la ciudadanía republicana o, separadamente, los bretones, los alsacianos, los corsos, los vascos, etc.? En los Balcanes, la cuestión es inextricable. Y, suponiendo que haya una sociedad relativamente homogénea como la norteamericana, ¿pueden los estadounidenses tomar por sí solos, como solitaria superpotencia, decisiones que afectan a las demás naciones? Ninguno de los grupos que actualmente se consideran soberanos son el único «pueblo» digno de este nombre, que sería la Humanidad sin fragmentaciones.

La realidad es que aquellos Estados que, como los de la Comunidad Económica Europea, renuncian a parcelas importantes de su soberanía, paradójicamente se acercan a ese ecuménico pueblo que sería el único no dividido azarosa o arbitrariamente. Por ser parcela, ningún Estado actual, sea cual fuere su sistema de gobierno, y desde luego, ninguno de los que se tienen por democráticos, cumple el imperativo de que el pueblo total y sin recortes sea soberano. Y no lo cumple porque los Estados existentes son partículas de la población humana.

La fórmula reducida de que la soberanía correspondería a la «nación» ha sido descartada no sólo por la dificultad aún no superada de delimitar con exactitud a una nación, sino porque eso entrañaría contradicciones normativas insalvables entre los ordenamientos jurídicos, y porque, sobre todo, hay Estados plurinacionales y etnias divididas en varios Estados. Tampoco se cumple el postulado de la soberanía restringido a la nación. Por si esto fuera poco, el concepto de soberanía es una ficción jurídica en la mayoría de los países, sometidos a organismos supraestatales o a superpotencias. Y la idea de que un grupo, que es parte en el pleito, pueda recurrir a la guerra para imponerse, es una aberración ética.

  1. Sostiene la tercera tesis que el pueblo se manifiesta por la voluntad general. Como nuestro análisis es empírico, no importa ahora determinar si la voluntad general es un mito, un puro verbalismo o un ideal; lo que interesa es averiguar cuál podría ser su contenido significativo real. ¿Consistiría en las voluntades coincidentes de todos los miembros de una sociedad? Si la voluntad general fuera la unanimidad, ningún Estado cumpliría tal requisito. Pero, aun suponiendo que en un referéndum concreto se lograra salvar toda discrepancia, dicho referéndum expresaría la voluntad general acerca de una alternativa; pero la voluntad general estaría ausente para resolver las innumerables que plantea el gobierno de una sociedad; y, de hecho, lo está en la casi totalidad de las decisiones políticas. Esta tercera tesis, en su acepción más estricta, la traiciona cada día la práctica política.

Si por voluntad general se entiende la de la mayoría, en rigor, se renuncia a la generalidad y se acepta la parcialidad, aunque fuera la mayor de las partes. Pero, ¿cuántas veces se toma un acuerdo popular por la mayoría absoluta del censo electoral? Si se contabilizan las abstenciones y las discrepancias, las mayorías formales suelen ser minorías numéricas. Tampoco se cumple el postulado de la voluntad popular en su versión restringida de la mayoría. Pero es que si se cumpliera en una consulta, ¿se podría repetir para cada decisión pública? Evidentemente, no.

En un postrer intento de darle a la voluntad general· algún contenido concreto, ¿podría ser sinónimo de no resistencia u oposición? Considerar como expresión voluntaria a la simple pasividad inerte es ir demasiado lejos en el intento. Pero ni aun así se conseguiría que la realidad fuese coherente con la ideología. ¿Existe, por ejemplo, alguna sociedad que unánimemente pagara sus impuestos si no hubiera coacción fiscal? Ninguna. Luego el consenso sociopolítico sin excepción no existe. Tampoco la no resistencia de todos podría ser el contenido de una real voluntad general.