Obra Cultural

Entre Dios y los hombres

Ser mediador entre Dios y el hombre consiste en ser un intermediario, un lazo de unión por el que pasan los beneficios y misericordias de Dios para todos los hombres y por el que a su vez se ofrece el debido honor, amor y reparación de parte de los mismos a Dios. CRISTO NUESTRO SEÑOR pudo ser el mediador perfecto; siendo verdadero Dios puede Él, mejor que nadie, anunciarnos la buena nueva y repartirnos los beneficios divinos; siendo hombre de la misma naturaleza que nosotros pudo ofrecer a Dios algo humano, algo que contase a nuestro favor; de hecho, desde este último punto de vista, sólo Cristo es el mediador apropiado, el perfecto intermediario entre Dios y nosotros.

Cristo mediador

El trabajo mas arduo y a la vez más necesario de un mediador es reconciliarnos con Dios después de haberle inferido una ofensa, reparar el mal debido por nuestros pecados, redimirnos del mismo y de sus consecuencias, pagar lo que debemos a Dios, y de esta manera unir nos de, nuevo con Él en unión de amistad.

Cristo hizo esto. Ofreció por nosotros su vida y su muerte repletas de amor, obediencia y respeto… precisamente lo que nosotros negamos a Dios cuando pecamos. Este ofrecimiento fue aceptado por Dios en beneficio nuestro, porque Cristo lo ofreció por nosotros, y porque procedía de Él que es nuestro compañero y hermano.

Pero solamente Cristo pudo hacer esto, ya que ningún acto meramente humano puede borrar el pecado hecho contra Dios ni librar a los pecadores de sus efectos. Cristo pudo y lo hizo; el amor a Dios, la obediencia a su voluntad, que Cristo ofreció por nosotros, fue no sólo la ofrenda de un hombre, sino la de un hombre-Dios, y por ella ante los ojos de Dios tiene un valor sin límite, infinito, sobreabundante.

Esta mediación de Cristo es una· enseñanza fundamental del Nuevo Testamento

  1. «Porque uno es Dios, uno también el mediador de Dios y de los hombres, Cristo Jesús: que se dio a sí mismo como precio de rescate por todos.» (I Tim. II, 5-6.)
  2. «Y por esto es mediador de un Nuevo Testamento, a fin de que, habiendo intervenido muerte, para rescate de las transgresiones ocurridas durante la primera alianza, reciban los que han sido llamados la promesa de la herencia eterna.» (Hebr. IX, 15.)
  3. «Dios en Cristo estaba reconciliando el mundo consigo» (II Corintios, V, 19.)
  4. «Por donde puede también salvar perennemente a los que por Él se llegan a Dios; siempre viviente para interceder a favor de ellos.» (Hebr. VII, 25.)
  5. «Si todavía alguno pecare, abogado tenemos ante el Padre a Jesucristo, justo. Y Él es propiciación por nuestros pecados, y no, por muchos pecados solamente, sino también por los de todo el mundo.» (I Juan, II, 1-2.)
  6. «Y no se da en otro ninguno la salud, puesto que no existe debajo del cielo otro nombre, dado a los hombres, en el cual hayamos de ser salvados.» (Hechos Aps. IV, 12.)

Esta verdad es la piedra angular en la que se asienta la revelación cristiana. Es el mensaje que la Iglesia debe anunciar al género humano por especial encargo. En defensa de ello mismo el Concilio de Trento prohíbe decir que «el pecado de Adán se pueda borrar por otro medio que por los méritos del único mediador, Nuestro Señor Jesucristo, que nos reconcilió con Dios por su Sangre»(S. V., can. 3), o esto otro: «El hombre puede justificarse ante Dios con sus propias obras, hechas por medio de las fuerzas de la naturaleza humana, o por la doctrina de la Ley, prescindiendo de la gracia que obtenemos solamente por mediación de Jesucristo» (S. VI, can. 1).

Resumiendo

La doctrina de la mediación de Jesucristo no significa otra cosa que Dios, a quien el pecado ofende, perdona el pecado y nos salva de las temibles consecuencias de nuestros pecados, dándonos un Salvador, Jesucristo, que es el verdadero Hijo de Dios; y que la manera con que nos salva Cristo consistió en ofrecer a su Padre una reparación por nuestros pecados, muriendo en la Cruz. Esta reparación, como hemos dicho, pudo valer para nosotros porque era la muerte de un compañero, de uno de la misma naturaleza. Claro está que para ser participantes de este maravilloso sacrificio de Cristo, y para recibir sus frutos, hemos de creer en Él, obedecer su voluntad y usar los medios de santidad que Él dejó para nosotros en su Iglesia.

Cualquiera otra mediación

Cualquiera otra mediación distinta de la de Cristo, es muy secundaria, de distinto orden, y dependiente de ella. Con todo, existe esta otra clase de mediación. Por ejemplo: los cristianos pueden ayudarse mutuamente, como se nos enseña en los testimonios de la Sagradas Escrituras aducidas antes.

San Pablo escribe: «Recomiendo, pues, lo primero de todo, que se hagan plegarias, oraciones, intercesiones, acciones de gracias por todos los hombres, por todos los que ocupan altos puestos… Esto es bueno y acepto a los ojos de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al pleno conocimiento de la verdad»(I Tim., II, 1-4). Así los Santos de Dios especialmente pueden interceder por nosotros, y en primerísimo lugar, intercede por nosotros María, la Madre de Dios; y la Iglesia por sus ministros, nos ayuda a que participemos cuanto podamos de la copiosa salvación que Cristo ha comprado para nosotros, por medio de los sacramentos y demás ritos sagrados.

Esta mediación secundaria de la Iglesia, de sus miembros más santos, de Nuestra Señora y de los Santos, muy lejos de disminuir la de Cristo es un testimonio de la plenitud del trabajo que Cristo llevó a cabo por nosotros; ya que si ellos tienen algún poder para ayudarnos es por la voluntad y disposición de Cristo, y a través de la gracia que mereció.

La devoción de las TRES AVEMARÍAS, tan recomendada por los santos y los pontífices, no sólo es una devoción mariana, sino que es también una devoción a la Santísima Trinidad. La primera avemaría se recita en honor a Dios Padre, que dio tal poder a su hija; la segunda en honor a Dios Hijo, que la llenó de su sabiduría, y la tercera al Espíritu Santo que la colmó de su Amor. Rézalas cada mañana y cada noche.