Santo, sabio, valiente

P. Manuel Martínez Cano mCR.

Sangre de Cristo, manantial de misericordia, ten misericordia de nosotros.

Sucedió el día 15 de julio del 1997, festividad de San Buenaventura. Me revestía con los ornamentos sagrados para celebrar la Santa Misa, cuando entró rápidamente en la sacristía el diácono Miguel. Mientras abría cajones, nerviosamente me dijo: Busco los santos óleos, D. José se está muriendo o quizás ya está muerto. Aplico la Santa Misa por mi obispo. Y, segundos antes de dar la bendición final, se me acerca Antonio María, alumno de nuestra escuela apostólica, para decirme que el Sr. Obispo ha muerto. Dada la bendición, pido a los fieles que recen por el eterno descanso del alma de D. José Guerra Campos. Abrevio la acción de gracias de la comunión, subo a la habitación donde dormía y beso la frente y las manos, todavía calientes, de mi santo obispo.

Doce horas antes de entregar su alma a Dios, lo había visto en la capilla de rodillas, estático, preparándose fervorosamente para recibir la Comunión. Era su Viático. Después rezamos las letanías de los Santos y subimos al comedor. Durante la cena leímos la semblanza de Madre Dolores de Jesús, carmelita descalza, alma gemela de Madre Maravillas y santa como ella. Don José comentó aspectos de la vida carmelitana y se retiró a su habitación, con su sonriente “hasta mañana, si Dios quiere”. Pero el Señor lo quería en su gloria. Ha muerto el obispo de España Mi obispo que fue santo, sabio y valiente.

Santo. Su fidelísima prima, que se desvivió por cuidar a D. José, hasta que se lo permitieron sus fuerzas, decía que nuestro obispo conservaba la pureza angelical de la infancia y la ilusión apostólica de un recién ordenado. Y su primer chófer, al que conocí casualmente en un departamento del tren, me dijo: “Todo el mundo dice que mi obispo es muy sabio, pero lo que no sabe la gente es que mi obispo es santo. Yo lo quiero como un hermano, más que si fuera uno de mi familia”.

Todos los que hemos tratado a D. José, sabemos de su bondad, pobreza, caridad, sencillez, humildad, mortificación, alegría, generosidad, santidad… La Iglesia tiene la última palabra.

Sabio. Ya en vida de mi obispo, dos cardenales españoles habían manifestado que don José era el obispo más inteligente que ellos conocían, y los purpurados añadían que conocía a casi todos los obispos del mundo.

Un amigo sacerdote, me contaba que cuando el presbítero José Guerra Campos, durante sus estudios en Roma, daba una conferencia, despertaba una expectación extraordinaria; los locales se llenaban de gente para oírle ensimismados. Cuando era otro el conferenciante, asistían muy pocos oyentes.

Dos meses antes de morir mi obispo, en el último retiro de la Asociación Sacerdotal de San Antonio María Claret, un venerable sacerdote nos contaba que a él le había dicho un obispo español lo siguiente: “Si, desde el punto de vista intelectual, ponemos a todos los obispos de la Conferencia Episcopal Española en el platillo de una balanza y en el otro platillo de la balanza, ponemos solo a Guerra Campos, los platillos quedarían nivelados”.

Valiente. A) Valiente en la guerra. A sus 18 años se fue al frente a luchar por su Dios, su Iglesia y su Patria. Más de una vez nos dijo el frío y el hambre que pasó en los campos de batalla y en los traslados de un lugar a otro. En Valencia le oí decir, que cuando el ejército nacional liberó a la ciudad del Turia del azote comunista, el capitán no les dejó ni que cogiesen una sola naranja de aquellos campos cuajados de jugosos frutos.

  1. B) Valiente en la paz de Franco. Nos lo contaba con sencillez encantadora pocos días antes de morir. Ocurrió que en un año compostelano o en una fiesta tradicional importante por los años cincuenta, la policía desalojó la catedral por motivos de seguridad. Franco participaba en la procesión. Los maquis podían matarlo escondidos entre las columnas. Tal atropello irritó mucho al pueblo sencillo y a los señores canónicos, quienes presentaron su enérgica protesta ante las autoridades civiles.

Al siguiente año, el cabildo catedralicio delegó en el canónico José Guerra Campos la organización de los actos. Tres veces viajó a Madrid para advertir a las autoridades civiles que las puertas de la catedral tenían que estar abiertas al público. Y él nos decía que se daba cuenta que le daban largas al asunto, que querían tomarle el pelo.

Llegó la víspera de la gran fiesta y el canónigo Guerra Campos se encerró en la sacristía para preparar todos los detalles, cubierto con unos guardapolvos. Sin darse cuenta, pasó la noche y vio cómo la luz del sol penetraba tímidamente. Salió para abrir las puertas de la catedral y se encontró que junto a cada una de ellas había un policía. Se dirigió a la puerta principal y le dijo al guardia que la abriera Se negó, alegando órdenes de sus superiores. Tres veces pidió que abriera las puertas y tres veces se negó. Entonces el canónigo cogió al policía por el brazo y le hizo rodar hacia el centro de la catedral. Abrió las puertas y entraron los fieles.

Dos policías cogieron de los brazos al canónigo y le dijeron que quedaba detenido. Él les pidió que le dejaran dejar el guardapolvos en la sacristía. Accedieron, y cuando lo vieron salir revestido de canónigo, los policías desaparecieron.

La historia terminó con una carta del Generalísimo felicitando al canónigo por haber defendido los derechos de la Iglesia y de otra carta del canónigo al policía, pidiéndole perdón por las molestias causadas.

  1. C) Valiente en la democracia atea. Sólo mi obispo, como San Juan Bautista, les ha dicho a los grandes de la tierra que, con la legalización del aborto, se han convertido en pecadores públicos.

Ante el proyecto de ley de la autorización civil del aborto, mi obispo afirmó, el 28 de enero de 1983, fiesta de San Julián, patrón de Cuenca que: “Es enorme la responsabilidad de los propagandistas y sembradores de confusión. Pero la responsabilidad se concentra en los autores de la ley, a saber:

  1. A) El Presidente del Gobierno y su Consejo de Ministros.
  2. B) Los parlamentarios de las Cortes.
  3. C) El Jefe del Estado que la sancione. Realmente la decisión gubernamental coloca en una situación límite al Rey, que no puede moralmente participar en esa agresión a los inocentes”.

Y mi obispo se quedó solo. Ningún hermano en el episcopado se solidarizó con su denuncia profética. Para ello se necesitaba ser valiente, como D. José Guerra Campos.

No sé por qué, estoy aplicando unas misas gregorianas por el eterno descanso de su alma, pues estoy convencido de que está en el Cielo.