Una Epopeya misionera

Obra cultural

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R.

dd.pngAquí los denigrantes de la colonización católica entran de lleno en el cinismo. Si por algo fue excelente la obra española en América fue por el sistema cultural que implantó a pesar de las dificultades enormes de aquella época, aumentadas por el estado completamente analfabeto de los pueblos de la América colombina.

Y ojalá no hubieran sido más que analfabetos. La realidad era mucho más deprimente; un salvajismo brutal, unas costumbres inhumanas, no exentas de canibalismo, sodomía y otras taras repugnantes. Tal era su miserable estado, que algunos colonos habían llegado a preguntarse si no se encontraban delante de una especie humana inferior.

Descartada esta absurda hipótesis, nos queda la dura realidad con que se encontraron los colonizadores: un inmenso continente que no había superado aún la etapa primitiva del bronce, ni en sus pueblos más avanzados. El mérito de España es haber sacado a América a la luz de la historia, dentro del marco brillante de la cultura hispánica. El ingeniero peruano Rafael Cubas califica, con razón, de hecho singular este brusco paso a la Historia: “El hecho singular viene a ser justamente el tránsito violento que, por obra de Descubrimiento, Conquista y Colonización sufren estas culturas autóctonas, de la Prehistoria, de la Edad de Bronce, a la etapa histórica de la Humanidad, a la Edad de Hierro y, más aún, dentro de ésta, a la Edad Moderna”.

Se comprende que el sistema cultural creado por la nación colonizadora a base de “un esfuerzo educativo y escolar grandioso y profundamente duradero”, haya sido calificado por Pío XII “gloria imperecedera de Hispanoamérica”.

Pues bien: obra tan grandiosa y duradera también ha sido escamoteada, mutilada, desfigurada y calumniada. Se la condena como “tiranía intelectual”, “opresión de espíritus”, etc.

“De la educación primaria nada dice el Código de las leyes indianas, y así la niñez estaba abandonada a una salvaje ignorancia de parte de los poderes públicos”.

(Zenón Bustos: Anales de la Universidad de Córdoba (Argentina), 1767.)

“Esta población (de América latina) se componía de criollos y de indios…: los primeros, vivos, turbulentos y alborotadores; los segundos, taciturnos, apáticos, refractarios a cualquier progreso; unos y otros igualmente perezosos, voluptuosos, víctimas al mismo tiempo de un clima enervante y de un gobierno que, durante tres siglos, se había esforzado en impedirles pensar, querer y obrar… la ignorancia del pueblo era profunda, y varias generaciones no serían bastantes para, disiparla. La Iglesia continuaba siendo rica, como siempre, influyente, exclusiva, y no empleaba su ascendiente sino para combatir o contrariar a las nuevas instituciones. Así, por su odio a la herejía y al escepticismo, se oponía a la admisión y a la naturalización de los extranjeros esterilizando de esta manera la América española que tenía tanta necesidad de ser fecundada por nuevos elementos de civilización”.

“Más agraciado que el resto de la América española, el Paraguay, bajo el gobierno del Presidente Rodríguez Francia (1814-1840), gozó de la paz; pero de la paz que pueda dar a un pueblo la estupidez, mantenida por la educación, y una indiferencia total respecto a la libertad, la gloria y el progreso. Se conservó la esclavitud para los negros. En cuanto a los indios y a los mestizos, continuaron vegetando en la ignorancia y en la docilidad en que habían sido moldeados por los jesuitas”.

(Histoire Générale du IVº siècle  nos jours.)

“La emancipación del espíritu, este es el gran fin de la revolución hispanoamericana, que se inició proclamando la independencia y estableciendo las repúblicas que florecen en las colonias que la España dominaba en este contiene.

 La civilización española consagraba -y mantiene todavía en la Península- el principio contrario. Toda ella reposaba sobre la base de la esclavitud del espíritu humano. La política y la religión, la legislación y las costumbres anonadaban al hombre, como ser inteligente y como ser moral, porque el poder absoluto no podía existir sino sobre ese aniquilamiento. Jamás se ha visto en el mundo cristiano un poder espiritual más fuertemente organizado, más omnipotente, más completo, más invasor, más voraz, más universal que el poder constituido en la monarquía española: el hombre le pertenecía completamente, sin excepción.

No tenía iniciativa ni espontaneidad, y sus facultades intelectuales sólo podían concebir las ideas que aquel poder le transmitía, pero sin dar al hombre el derecho de juzgarlas; su corazón sólo podía adherir, sólo podía aficionarse a aquello qui el poder espiritual le permitía. La verdad estaba prescrita y sancionada de antemano, y lo estaba de una manera absoluta, incontrovertible, irrevocable; los sentimientos, las afecciones tenían también su ley, no aquella ley natural que no pone al corazón más barreras que las que tienen la justicia y la caridad, en cuyas virtudes se encierran todos nuestros deberes morales, sino una ley arbitraria, que no era otra que la voluntad de los hombres que tenían el privilegio de administrar el poder espiritual”.

(J. V. Lastarria: ob. Cit.)

“Todas las leyes y reglamentos se daban por la Corona, previo el estudio minucioso y detallado que de cada asunto hacía el Consejo y el Ministerio de Indias, y abarcaban toda clase de materias, pues el principio en este caso era que el Rey, soberano por derecho divino, no tenía límites en  su voluntad, y ésta no se expresaba más que en beneficio de sus gobernados. La vida pública y privada, las creencias y el trabajo mental o material de éstos, estaban dirigidos y vigilados por el rey”.

(Enrique Santibáñez, historiador mejicano: Historia de la América latina, Nueva York, 1918.)