Obra Cultural

mensajeNo doy nombres ni apellidos verdaderos. No indico la ciudad exacta. Y se comprenderá fácilmente porqué. Pero el hecho es éste, contado de viva voz por la principal protagonista. En una cómoda casa de campo de una localidad viven: ella, la madre, todavía

joven, el pelo algo canoso y recogido en la nuca, y unos ojos azulísimos, de esos que parecen risueños por naturaleza; y ellos, los cuatro hijos, de 16 a 24 años, buenos chicos, de carácter abierto, espontáneos.

La madre es la protagonista de esta historia. La conozco desde hace años y he seguido su camino casi paso a paso camino hecho de un trauma terrible y de mucha fuerza. «Recibí una educación cristiana en un ambiente burgués -dice ella-. Mi marido también. Cuando nos casamos hace veintiocho años lo hicimos por la Iglesia. Todo normal, tradicional. Durante doce años fuimos una familia feliz, unida, con un ritmo de vida agitado. Sólo más tarde me di cuenta de que gozábamos de una forma egoísta de una felicidad y un bienestar frágiles, ficticios. Esto fue cuando empezaron mis problemas de salud y los de carrera y trabajo de mi marido. Precisamente en este período tan delicado para los dos, él conoció a una mujer que poco a poco fue ocupando cada vez más sitio en su vida. Fueron años de sufrimiento, de lucha, de ilusiones, de desánimo. Hasta que Paul se fue a vivir a otro sitio y abandonó definitivamente nuestra casa. Aunque en mi corazón siempre conservaba la esperanza de que las cosas se arreglaran, advertí que la vida ya no podría volver a ser como antes. Desde entonces en adelante estaría sola. Me tambaleé con el golpe. Ver sufrir a los chicos hasta este extremo, la ausencia de su padre, me  parecía una injusticia enorme.»

Continúa: «Y para mí personalmente, toda la vida me resultaba un fracaso. ¿Qué podía hacer? El golpe me había cogido por sorpresa. Me debatía, me las apañaba para hacerle frente, pero no sabía por dónde tirar. Los consejos que me ofrecían los que me rodeaban eran de todo tipo… pero no me ayudaban. De hecho; todos me animaban para que buscara -otrá vez- una felicidad frágil. Y sin verdadero significado. No me bastaba. En medio de la confusión comprendía que así no conseguiría nada.»

»Pero alguien me hablaba de forma distinta, primero casi como un fondo, pero sobre aquel murmullo deprimente, al final estas voces se revelaron nítidamente. El amor de Dios, que antes nunca había experimentado, al menos así, me alcanzaba y me confortaba. Lo sentía como lo único capaz de saciar el corazón humano. Me alcanzaba a través de la relación con otras personas como yo en el sufrimiento, en la fatiga, en las dificultades como la mía. Me ofrecían claramente la posibilidad de vivir. Iba descubriendo que Dios me proponía un camino, un amor que superaba con mucho el que había  gozado hasta ese momento.

»Así pues, tenía algo que hacer mucho mejor que llorar, rebelarme y buscar consuelo. Tenía que vivir y disponerme a amar como nos dice Jesús: “Si soy cristiana debo seguir a Cristo, suceda lo que suceda.” Un día en misa, delante de Jesús, con trabajo, encontré claridad y tranquilidad interior.

»Cada día me nutría de la Eucaristía. Allí recibía la posibilidad de vivir a la escucha de Díos y de llevar la cruz, la mía, que de otra forma me hubiera sido imposible llevar. Gracias a la Eucaristía sentía que Cristo estaba conmigo, vivía y sufría en mí. Y si quería, podía ofrecer lo que vivía por mi marido, por mis hijos, por todas las parejas y familias del mundo. Dejé de sentirme inútil, descartada.

»Iba modelándose en mí, junto a muchas personas más, una mentalidad distinta. En el trato con los demás comprendía paso a paso lo que había que hacer. Lo primero que tenía claro era que Dios me pedía que hiciera todo lo que pudiera por mis hijos. Él me los había entregado. Ahora Él me los confiaba doblemente, ya que estaba sola, para educarlos. Entonces trataba de actuar en casa de forma que encontrasen calma, distensión, ternura, esa ternura que necesitaban para crecer equilibradamente y para que sufrieran lo menos posible. Esto exigía que yo salvaguardase en ellos el cariño por su padre, que lo guardase con cuidado. Para esto tenía que prestar atención para no pronunciar juicios negativos sobre él, para no culparlo, aun salvando la verdad. No ha sido fácil. No es fácil. No siempre lo he conseguido, pero Dios me ha ayudado. A menudo me he dirigido a María pidiéndole su presencia en nuestra casa, para que pudiera tenerla como modelo para que me sugiriera cómo comportarme en todo momento.

»Más tarde, mi marido me pidió el divorcio. Como no había ningún elemento en contra mía, no podía obtenerlo sin mi consentimiento. Meses de reflexión, de tormento, de plegaria. Después lo rechacé. Fue un paso dificilísimo. Mis padres, mis amigos, la sociedad como está orientada actualmente, todo me inducía a divorciarme. “Tienes que reconstruir tu vida”, me decía la mayoría. “Piensa en el futuro… no puedes quedarte sola…”, me decían otros. “Podrás volver a casarte”, o también: “Después todo será más fácil”. “Haz que prevalezcan tus derechos”. Yo quería ver claro, libre de estos aspectos “materiales”.

»Cuando nos casamos, los dos, mi marido y yo, creíamos en el matrimonio cristiano. Éramos conscientes de lo que significa un “sacramento”. ¿Podíamos borrarlo todo ahora, delante de los hombres, porque habían intervenido factores nuevos? Y luego, ¿no habíamos sido los dos los que deseábamos nuestros hijos? Habíamos construido juntos una familia compartiéndolo todo. ¿No eran nuestros hijos la concreción misma del amor que nos había unido? La realidad de “una sola carne” de la que habla la Escritura siempre estaba “viva” y era “verdadera” en ellos. Por eso me era imposible ser yo la que produjese el corte pidiendo el divorcio. Actuar de esta forma equivalía para mí a producir en mis hijos una profunda laceración, casi negar la realidad que les había dado la vida: nuestra unión. Habría sido casi querer borrarlos a ellos también. Todavía más: destruir una obra divina, lo que pienso que es el matrimonio. Comuniqué abiertamente estas razones tanto a mi marido como a los chicos.

»En 1977, apareció en Francia una nueva ley por la que mi marido pudo obtener el divorcio sin que fuera necesaria mi conformidad. Empezó así mi etapa de “divorciada”. Es áspera, dura. Los que me rodean no te comprenden. Me dicen que olvide todo. Soy objeto de asombro. Peor: de crítica y de burla. Pero también en esto hay algo que me ayuda. Estar en el mundo sin ser del mundo, dijo Jesús.

A menudo me he sentido sola, abandonada, traicionada… incluso muerta. Muerta si tomo en consideración la idea que tenía de mi realización. Pero precisamente entonces, cuando mi tristeza brotaba en un grito, un interrogante, me encontraba en el grito y en el interrogante de Cristo en la cruz: “¿Por qué me has abandonado?” Y de nuevo es  Él quien me recupera para la vida. En esta relación con Jesús en el abandono estriba toda mi fuerza. Vuelvo a encontrar la capacidad de ponerlo todo, todo una vez más en las manos del Padre. Entonces advierto una dulce invitación: Ve hacia los demás, ámame en cada uno, ven conmigo, da tu vida… hay mucho que hacer. De esta forma cambia la ruta, cambia el objetivo.

Y me encuentro rica de muchas cosas. Primeramente de mis hijos. Cada uno me da una alegría distinta. Los cuatro han crecido sin demasiadas dificultades. O mejor dicho, para cada dificultad hemos recibido la ayuda de quien teníamos necesidad. Todos viven la fe cristiana con seguridad y se adentran en el camino trazado para cada uno de ellos.

Han conservado un vínculo fuerte y afectuoso con su padre. Regularmente van a pasar períodos de vacaciones con él. Ellos saben cuál es el sentido de mi vida ahora. Un día -no hace mucho tiempo- me agradecieron mi fidelidad: fidelidad a Dios y a su padre. Me dieron las gracias por mi coherencia, diciéndome lo mucho que les ayudaba. El amor que nos une es muy fuerte.

Nosotros tratamos de vivir juntos la Esperanza sabiendo que Jesús vino para salvar lo que estaba perdido y que Dios sólo ve el amor.»

Experiencia recogida por MARIELA QUARTANA

«GRAN COSA ES LO QUE AGRADA A NUESTRO SEÑOR CUALQUIER SERVICIO QUE SE HAGA A SU MADRE», dice Santa Teresa de Jesús. Y buen servicio y protección segura de María es rezar cada mañana y cada noche las TRES AVEMARÍAS.