Rvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I.
Meridiano Católico Nº 253, agosto-septiembre de 2000

albaUna gran misión

Lo que el Papa prometió en Fátima el día de la beatificación de los dos hermanos Jacinta y Francisco, lo cumplió el pasado 26 de junio, en la clausura del XLVII Eucarístico Internacional y en la semana del Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María. Ese día se desveló una parte del mensaje de la Virgen Santísima en Fátima que permaneció oculta durante 87 años y que hacía referencia a las terribles persecuciones que había de sufrir la iglesia a lo largo del siglo XX y al atentado contra el Papa, que sin una intervención de la Virgen hubiera sido mortal. Era la gran venganza del ateísmo y de los sin Dios contra la Inmaculada y contra el Papa, Vicario de Cristo en la tierra. El núcleo central de las palabras de la Virgen, analizadas en el conjunto de su mensaje, es una advertencia dramática a la generación que concluye en el siglo XX y se adentra ya en el comienzo del siglo XXI. Se alude a la pérdida de la fe, a los sufrimientos de la Iglesia y a los peligros que amenazan la vida y la misma fe del cristiano y del mundo entero en estos últimos tiempos. Esa pérdida de la fe que comprobamos a diario y la amenaza a la vida humana -no ya con los crímenes tan generalizados y las guerras constantes, sino con el espantoso genocidio del aborto ya legalizado en 58 naciones del mundo- son hechos que han marcado para su desgracia la marcha de la humanidad hacia su autodestrucción. Estos males solamente pueden conjurarse con la oración reparadora, con la penitencia y con la consagración do la vida entera al Corazón Inmaculado de María. Esto supuesto, por lo que hace referencia a los españoles, desvelada ya la palto del secreto que se refiere a los innumerables mártires del siglo XX y a nuestro Papa mártir entre todos ellos, debemos tener presentes las palabras que el Señor transmitió a sor Lucía para el señor arzobispo de Valladolid que había sido su obispo en la diócesis de Tuy, de la que depende Pontevedra. Sor Lucía en aquel tiempo residía en dicha ciudad por haber entrado en el convento de las Hermanas Doroteas, antes de ingresar en el monasterio de las carmelitas descalzas de Coimbra Siempre profesó sor Lucía un gran afecto al que había sido su obispo durante su estancia en España. Así escribió el 12 de junio de 1941, proféticamente, al señor arzobispo de Valladolid: “El Señor se lamenta do la frialdad y relajación del clero de España, tanto secular como regular, y de la tibieza de la vida de pecado del pueblo cristiano. El Señor desea ardientemente que los obispos se reúnan en un retiro a fin de que todos ellos de común acuerdo determinen los medios que han de emplear para la reforma del pueblo cristiano, para remediar la relajación del clero y de una gran parte de los religiosos y religiosas. El número de los que practican una vida de renuncia y sacrificio es muy limitado. Necesito almas que se sacrifiquen por Mí y por las almas.” ¿Ha respondido el episcopado español a esta llamada del Señor? ¿Ha respondido el pueblo español por su parte? Nosotras no somos los que hemos de enjuiciar lo que a otros pertenece. Lo que sí es cierto es que la humilde familia de Meridiano Católico debe vivir muy en serio una vida de reparación, de penitencia y de consagración personal al Corazón Inmaculado. El triunfo final del Corazón Inmaculado de María sobre el paganismo y la apostasía de las naciones, vendrá por la oración y el sacrificio de innumerables almas anónimas. Esa es nuestra gran misión como familia de María en la que tenemos puestas todas nuestras esperanzas.