Rvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I.
Meridiano Católico Nº 255, noviembre de 2000

La fe y la caridad exigen que ofrezcamos sufragios por las almas del purgatorio

PADRE ALBANoviembre es el mes destinado especialmente por la Iglesia para orar por las almas del Purgatorio. La misma Iglesia nos da ejemplo de ello permitiendo a los sacerdotes celebrar el día destinado a la conmemoración de los fieles difuntos tres misas en sufragio de sus almas. En nuestro tiempo de flojedad en la fe ha disminuido consiguientemente la piedad de los cristianos con las almas del Purgatorio.

La fe nos enseña que los que han muerto en la amistad de Dios y en gracia de Dios pero que están imperfectamente purificados en esta vida sufren después de la muerte una purificación que les permite alcanzar la santidad necesaria para entrar en la gloria. El cielo es la patria de los santos, y si en la vida de la tierra no hemos alcanzado la santidad a la que hemos sido llamados, Dios nuestro Señor nos ofrece, en su infinita misericordia, la purificación para después de nuestra muerte. Ese estado de purificación es el que la Iglesia desde siempre ha llamado Purgatorio, y es una verdadera escuela de amor en la que se alcanza la santidad para así entrar en las alegrías eternas del cielo.

granpurgatorio2La Iglesia recomienda insistentemente los sufragios por las almas de los fieles difuntos, que son las obras de misericordia y de penitencia, lucrar indulgencias en su favor, oraciones y, sobre todo, el santo sacrificio de la Misa. Esto es muy importante, pues fácilmente se piensa que una vez cumplidos con los enfermos y agonizantes todos los deberes de caridad, con gastos, medicinas, noches pasadas en vela.., etc., pero muertos al fin porque la ciencia médica no ha podido vencer la enfermedad, ya nada más se puede hacer por los difuntos y pronto sus almas caen en el olvido. Funesto error que no ha de ser el de los cristianos. Al contrario, es necesario que la fe en el Purgatorio esté viva para empujarnos a hacer todo lo que podamos con nuestros sufragios a favor de nuestros hermanos difuntos. No hacerlo es señal de una débil caridad, hija de una débil fe.

Es emocionante leer las palabras que nos transmitió san Agustín de su madre, santa Mónica, en el libro de sus Confesiones: “Enterrad este cuerpo en cualquier parte; no os preocupe más su cuidado. Solamente os ruego que donde quiera que os hallareis os acordéis de mí ante el altar del Señor”.

Que estas palabras de santa Mónica a sus dos hijos, antes de morir, nos espoleen a cumplir nuestros deberes de caridad, todos los días, con los fieles difuntos con los que nos unieron vínculos de caridad, y también en general con las benditas almas del Purgatorio por las que nadie ruega.