Papa Francisco

Santos Luis Versiglia y Calixto CaravarioPero es una gracia sentir que la conciencia nos acusa, nos dice algo. Además, ninguno de nosotros es santo y todos nos sentimos tentados a mirar los pecados de los demás y no los nuestros, compadeciendo quizá a quien sufre la guerra o a causa de dictadores que matan a la gente. Debemos -permitidme la palabra- “bautizar” la llaga, darle un nombre. ¿Dónde tienes la llaga? ¿Qué hago para quitármela? Lo primero, rezar: Señor, ten piedad de mí que soy un pecador. El Señor escucha tu oración. Luego examinar tu vida. Pero, si no veo cómo ni dónde está ese dolor, de dónde viene, qué síntomas tiene, ¿qué hago? Pide ayuda a alguien que te ayude a sacarla; que salga la llaga y luego darle nombre. Tengo este remordimiento de conciencia porque he hecho esto concreto; la concreción. Esa es la verdadera humildad ante Dios, y Dios se conmueve ante lo concreto.

Cardenal Carlos Osoro Sierra

La presencia de Cristo Resucitado fue un factor imprescindible de su vida entregada y de todo su proceso de prestarla para que el rostro del Señor se manifestase. De acuerdo con el desarrollo de sus personas, por la edad que tenían por las circunstancias en las que vivieron, por la pasión que el Señor ponía en su corazón, describieron con su propia sangre una página del Evangelio que los llevaba siempre a salir de sí mismos e ir a los demás en medio de las exigencias de la historia.

Cardenal Juan José Omella Omella

Y no sólo no cedemos al miedo, sino que Jesús nos hace ser valientes. Él nos ayuda a actuar, a dar un paso al frente, a hablar, a dar a conocer a aquel que nos libera constantemente para que podamos vivir en el amor a los demás y a uno mismo. Somos llamados a invitar a los que nos rodean a un encuentro personal con Jesús, para que puedan compartir nuestra experiencia. Nuestra fe es para compartirla. La fe aumenta cuando se comparte. Los misioneros somos también todos los que compartimos la fe, porque la fe nos da vida.

Cardenal Raymond Leo Burke

En nuestro testimonio y apostolado cristiano, tenemos que poner especial atención en la santidad del matrimonio, la fidelidad, y la indisolubilidad y capacidad procreadora de la unión conyugal. La vida católica en casa es necesariamente un signo de contradicción en la sociedad actual. Tenemos que inspirar valentía en las parejas católicas para testimoniar la verdad del matrimonio y de la familia, tan necesitados por nuestra cultura.

Cardenal Antonio Cañizares Llovera

Cuando yo era niño, mis padres y maestros me enseñaron a guardar silencio en el templo. Cuando íbamos a llegar al templo parroquial mis padres nos hacían bajar la voz y cuando pasábamos el umbral de la puerta nos indicaban el silencio; ya dentro, nos arrodillábamos y rezábamos una oración, después, durante la Misa, guardábamos las posturas que correspondían con toda devoción y respeto. ¿Exagerados mis padres? Todo lo contrario. Me enseñaron a estar ante el Misterio con asombro y admiración, en silencio y recogimiento como corresponde: nunca les agradeceré que me educaran así; ahora, sin embargo, algunos entran en el templo como en cualquier otra casa, -sin saludar siquiera al “Dueño” de la casa-, o en cualquier sala dispuestos al espectáculo, se sigue hablando como en la calle, se sientan de inmediato al entrar, no se entra en un clima de silencio, se sigue en otras cosas. Llega el momento de la paz y se arma un lío un rumor, a veces poco respetuoso, y al final de la celebración el “guirigay” que se arma es el que es y como es. Pido a sacerdotes y a todos los fieles que procedan de otra manera, como pide el respeto al templo, a la celebración; al misterio que allí acontece y a la preparación debida que exige ese misterio, que se guarde la compostura debida.

Obispo Giampaolo Crepaldi

¿De quién son los hijos?

Los hijos no son de nadie porque son de Dios. Hubo un tiempo en el que la idea que el hijo era un don estaba arraigada en el corazón y en la mente de las personas, no sólo de las madres. Un don que viene de Dios y que es necesario educar para que vuelva a Él. Se sentía la procreación como una pertenencia a un ciclo de significado que quitaba al niño de las manos de cualquier poder terrenal, porque era “del Señor”. Este sentir común está aún vivo en muchos progenitores, pero cada vez menos debido a la racionalización técnica y política, que ha asumido también esta forma de dominio, el dominio sobre los hijos.

San PÍO X

  Pascendi Dominici Gregis  (31)

Luego ¿con qué derecho los modernistas negarán la verdad de la experiencia que afirma el turco, y atribuirán sólo a los católicos las experiencias verdaderas? Aunque, cierto, no las niegan: más aún, los unos veladamente y los otros sin rebozo, tienen por verdaderas todas las religiones. Y es manifiesto que no pueden opinar de otra suerte, pues establecidos sus principios, ¿por qué causa argüirían de falsedad a una religión cualquiera? No por otra, ciertamente, que por la falsedad del sentimiento religioso o de la fórmula brotada del entendimiento. Más el sentimiento religioso es siempre y en todas partes el mismo, aunque en ocasiones tal vez menos perfecto: cuanto a la fórmula del entendimiento, lo único que se exige para su verdad, es que responda al sentimiento religioso y al hombre creyente, cualquiera que sea la capacidad de su ingenio. Todo lo más que en esta oposición de religiones podrían acaso defender los modernistas es que la católica, por tener más vida, posee más verdad, y que es más digna del nombre cristiano porque responde con mayor plenitud a los orígenes del cristianismo.