Obra Cultural

Virgen del CarmenPara los católicos, la doctrina del Concilio Vaticano II acerca del culto que debemos tributar a la Santísima Virgen María, no es ninguna novedad, sino la confirmación de lo que enseñó y practicó siempre la Iglesia Católica desde hace más de mil quinientos años. Dice el Vaticano: «María, ensalzada por gracia de Dios, después de su Hijo, por encima de todos los ángeles y de todos los hombres, por ser Madre Santísima de Dios, que tomó parte en los misterios de Cristo, es justamente honrada por la Iglesia con un culto especial. Y ciertamente, desde los tiempos más antiguos, la Virgen es venerada con el título de «Madre de Dios», a cuyo amparo los fieles suplicantes se acogen en todos sus peligros y necesidades».

Una de las cosas que más nos apena en los «hermanos separados» es precisamente esta: que no sólo no reconocen esta dignidad en la Virgen María, sino que la adversan con todas sus fuerzas desde hace cuatrocientos años, y la adversan con una animosidad irracional. Más aún: el culto que los católicos tributamos a la Virgen es para los «hermanos separados» una verdadera obsesión, que no los deja dormir tranquilos. Y esto nos preocupa a los católicos tanto más, porque se trata de la que es no ya «Madre de Dios», sino «Madre del Dios» que adoran los mismos «hermanos separados»; y la madre, en cuanto madre, ha sido siempre objeto de preferencia y estimación en todas las personas civilizadas. ¿Y la MADRE DE DIOS?

Los hermanos separados tratan de justificar su actitud frente al culto de la Virgen María, diciendo todos «que el culto que los católicos tributamos a la Virgen no es bíblico».

Dos errores tenemos en esta afirmación, dos errores y muy graves, a saber: que la Biblia es la única fuente de nuestra fe, y que la Biblia puede interpretarse al gusto de cada lector. Esto es precisamente la ruina de la fe. Todos los herejes siguieron el mismo camino. En cambio, los católicos tenemos como principio indiscutible que los manantiales de nuestra fe son tres, a saber: Sagrada Tradición, Sagradas Escrituras y Magisterio de la Iglesia. La tradición y la Escritura son el DEPOSITO

La Biblia y la Virgen

Pero aun admitiendo el error de que el culto de la Virgen ha de estar forzosamente basado en la Biblia, vamos a demostrar brevemente cómo el culto a la Virgen María está plenamente basado en la Biblia, cuanto más en la Tradición y el Magisterio de la Iglesia Católica, único intérprete de la Palabra de Dios, y esto en nombre de Jesucristo, como enseña el Vaticano II (Dei Verbum).

Empecemos por el Antiguo Testamento. «Los Libros del Antiguo Testamento -dice el Vaticano II- y del Nuevo Testamento y la Tradición venerable, manifiestan de un modo cada vez más claro la función de la Madre del Salvador en la economía de la salvación, y vienen como a ponerla delante de los ojos. En efecto, los libros del Antiguo Testamento narran la historia de la salvación, en la que, paso a paso se prepara la venida de Cristo.

Estos primeros documentos, tal como se leen en la Iglesia y tal como se interpretan a la luz de una revelación ulterior y plena, evidencian, poco a poco, de una forma cada vez más clara, la figura de la mujer Madre del Redentor. Bajo esta luz aparece ya proféticamente bosquejada en la promesa de victoria sobre la serpiente, hecha a los primeros padres caídos en el pecado. Asimismo, ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un hijo, que se llamará Enmanuel. Ella sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que confiadamente esperan y reciben de Él la salvación. Finalmente, con ella misma, Hija excelsa de Sión, tras la prolongada espera de la promesa, se cumple la plenitud de los tiempos y se instaura la nueva economía, al tomar de ella la naturaleza humana el Hijo de Dios, a fin de librar al hombre del pecado mediante los misterios de su humanidad» (L.G.).

La Virgen María, según esto, está latente en el Antiguo Testamento, y en todo él se habla de la Virgen en la misma medida en que se habla de su Hijo, el Mesías, es decir, Jesucristo. Lo dice brevemente el Apóstol San Pablo: «Cuando se cumplió el tiempo, envió a su Hijo, nacido de mujer», nacido de la Virgen María. Más aún: en el seno de la Virgen María desembocó todo el Antiguo Testamento; y todo el Antiguo Testamento, desde el Paraíso hasta San Juan Bautista, quedó encerrado y cumplido en el seno de esta mujer extraordinaria: la Virgen María. ¿Podemos decir de ella algo más grande, más sublime, más divino, más bíblico? Adoramos al Hijo de Dios en el seno de María, como lo hicieron el ángel Gabriel y Santa Isabel. ¿Será necesario separar estos dos seres el Hijo y la Madre, como lo hacen los «hermanos separados», para postrarnos ante Dios hecho carne? Separar al Hijo de Dios de su Madre, cuando aún está en el seno materno, es el aborto más horrible que pudiéramos pensar. Esto tratándose del cuerpo. Pero tratándose del corazón, querer separar al Hijo de la Madre en cualquier momento de la vía, tendremos ahí un aborto espiritual. Ahí llegamos si queremos separar, en cualquier momento de la vida, a Jesucristo de su Santísima Madre la Virgen María. ¿Podrá ser esto bíblico?

Luz en el alma… y luz en los ojos

Cuando Onofrio Gallati entró, el 14 de diciembre de 1946, en el Hospital de Santa María de la Scala, en Siena, las sombras de la ceguera se estrechaban cada vez más en torno suyo. Era la última tentativa, a la desesperada, contra el mal, que seguía su curso sin que nada pudiera detenerlo.

Sentenciado por excelentes especialistas de Roma, Turín, Milán y Vercelli, no podía ya dudar de su suerte: un poco más y quedaría completamente ciego. El no esperaba ya curar, pero había venido a Siena cediendo ante la insistencia de su amigo el Doctor Aurelio Rizzuti, que conocía bien la pericia del Director de oftalmología del Hospital.

El ambiente de Santa María de la Scala, un poco sombrío, oprimía el espíritu de nuestro enfermo, aumentando su desesperación: niebla en los ojos, niebla en el alma.

La Hermana de la clínica lo experimenta bien cada vez que se acerca al hecho del enfermo:

-Déjeme, Hermana, déjeme en paz. Sus argumentos no sirven para mí. Ya sabe que soy ateo. No pierda el tiempo. ¡Déjeme!

La Hermana no se desanima poco ni mucho, y contesta con su continua abnegación.

Una tarde, sin saber por qué, le dice:

-Estoy segura de que un día dejará el hospital con fe en el corazón y luz en los ojos.

Días más tarde comenzó a reflexionar que las curas del médico y la bondad de la Hermana no merecían tanta hostilidad de su parte.

¿Por qué la Hermana, después de tantos desprecios, volvía siempre a él, serena y dulce? ¿Por qué la encontraba siempre dispuesta a llevarle la mano cuando quería escribir a su madre, que no sabía aún nada de su desgracia?

Y la Hermana sigue instándole a poner su alma en paz con Dios, mientras encomienda la difícil conversión a la Virgen Milagrosa.

Al fin, la fiesta de Navidad hace sentir a nuestro enfermo la necesidad de acercarse al Dios de Belén. El 23 de diciembre capitula frente a la gracia y confiesa y comulga. Y Dios le recompensa dándole tanta serenidad, que le parece bello el sufrimiento y ama la ceguera. El 31 de diciembre, cuando el año moría, la luz se extingue también por completo en los ojos del enfermo, que ahora comprende y goza la única alegría: poseer un corazón en paz con Dios.

Una mañana solicita partir. Nada tiene que hacer ya allí. El Director piensa lo mismo, y concede el permiso. Pero la Hermana que lo había cuidado le suplica no se marche sin unirse con ellos durante nueve días para pedir su curación. Harían la novena a la Santísima Virgen poniendo por intercesora a Santa Catalina Labouré, la «privilegiada de la Virgen», la Hija de la Caridad que propagó la Medalla Milagrosa.

¡Milagrosa! … Un milagro era lo que pedían ahora. Y la novena comenzó.

«No quiero pedir mi curación: -son palabras textuales del enfermo-, porque sé que he merecido la ceguera, y porque temo que al recobrar la vista pierda la fe, ahora que sé lo que vale. Una sola gracia pediré estos días: sufrir siempre en silencio, para que no sea tan fuerte el dolor de mi madre cuando se entere…»

La novena terminó el14 de febrero. Aquel mismo día escribían a un amigo del enfermo a Milán, para que le acompañase a su casa.

Pero otro Amigo, el Gran Amigo, se presentó en el Hospital de Santa María de la Scala, visitando con su amistad única y gloriosa al pobre ciego.

Era domingo. En la Misa acababan de leer el Evangelio del ciego de Jericó; y al terminar la Misa, he aquí que el prodigio se repite. Al dirigirse el enfermo a la escalera de la clínica, ve de pronto a la Hermana. Su emoción es tan grande, que tiene que apoyarse en la pared para no caer.

– ¡Veo, Hermana, veo! -repite sin cesar.

Después corre él solo a la iglesia a arrodillarse ante el altar y decir entre sollozos toda su gratitud a la vidente de la Virgen, y sobre todo, a la Virgen Milagrosa. Los médicos reconocieron lealmente el hecho, tanto más extraordinario cuanto que la ceguera había sido progresiva.

Un gran ramo de flores había llegado al Hospital. Era el homenaje de la ciencia incrédula, pero que se rendía ante los hechos.

Uno de los médicos que le habían tratado, firmaba la nota que acompañaba a las flores’:

«Aunque yo no creo, le envío estas flores para su Virgen. Déselas usted. No puedo negar que es algo extraordinario…».

«RECOBRAR LA FE ES MAS QUE RECOBRAR LA VISTA».

«MARIA ES PORTAESTANDARTE Y GLORIA DEL PUDOR VIRGINAL», dice San Buenaventura. Muchos no dominan sus vicios porque no rezan cada mañana y cada noche las TRES AVEMARIAS.