Padre Manuel Martínez Cano mCR.

San Francisco de Sales - OraciónSigamos con el tema de la conciencia, ha despertado cierto interés:

Conciencia cierta es la que juzga de la bondad o malicia de un acto con firmeza y sin miedo a  equivocarse.

Sólo la conciencia cierta es norma legítima del bien obrar, porque el que duda si lo que va a hacer es bueno o malo acepta la posibilidad de ofender a Dios y, por lo mismo, peca realizando con duda esa acción.

Para juzgar de la bondad o malicia de un acto no es necesario tener certeza absoluta, que excluya toda duda, basta la certeza moral.

Conciencia dudosa es la que vacila sobre la licitud o ilicitud de un acto sin determinarse a emitir un juicio.

Propiamente hablando, no es verdadera conciencia, puesto que se abstiene de emitir un juicio, que es el acto esencial de la conciencia.

Los principios fundamentales que regulan la conciencia dudosa son los siguientes: No es lícito obrar con duda, pues se aceptaría la posibilidad de ofender a Dios y cometer un pecado mortal o venial.

¿Qué debe hacer el que se encuentra en duda de la licitud de un acto? Una de dos: elegir la parte más segura, que es la favorable a la Ley, (si dudo si hoy obliga la Misa y no puedo salir de la duda, voy a Misa); o llegar a una certeza práctica sobre la moralidad de la acción que va a realiz.ar por el estudio diligente del asunto; consultando a las personas competentes, etc.

Conciencia perpleja es la que cree pecar tanto si realiza como si omite un determinado acto.

Quien tiene este tipo de conciencia debe consultar a quien esté bien formado para ir saliendo de ella, pues siempre se ha de obrar con conciencia verdadera y cierta: cuando no es posible consultar antes de hacer un acto concreto, debe escoger lo que le parezca menos malo, y si ambas cosas le parecen igualmente malas, no peca al elegir cualquiera de ellas.

Conciencia escrupulosa es la que con insuficientes e insignificantes motivos cree que hay pecado donde no lo hay, o que es pecado mortal lo que sólo es pecado venial.

La mayoría de las veces, los escrúpulos obedecen a causas puramente naturales, de tipo físico o moral. Pero algunas veces proceden de una disposición del mismo Dios (valiéndose de causas naturales o preternaturales) para ejercitar al alma en la paciencia, humildad, y obediencia, o para efectos purificadores de sus pasadas faltas, o en vistas a un mayor grado de santidad, como ocurrió a San Ignacio de Loyola, San Francisco de Sales o Santa Teresita del Niño Jesús.

El escrupuloso debe actuar contra sus escrúpulos enérgicamente porque si no le invadirán vanos temores. El escrupuloso debe obedecer al director espiritual, sin consultar a otros confesores ni consejeros, y renunciar a sus propios criterios aunque le parezca ver claro lo contrario de lo que el director espiritual le manda. Ya sonará la hora de Dios cuando Él lo estime conveniente y el alma escrupulosa saldrá de su dolorosa prueba vigorizada y purificada.