Cardenal F. X. Nguyen van Thuan

Catorce pasos del camino con Jesús

Señor Jesús, en el camino de la esperanza, desde hace dos mil años, tu amor, como una ola, ha arrollado a muchos peregrinos. Ellos te han amado con un amor palpitante, con sus pensamientos, sus palabras y sus acciones. Te han amado con un corazón más fuerte que la tentación, más fuerte que el sufrimiento y más aún que la muerte. Ellos han sido en el mundo tu palabra. Su vida ha sido una revolución que ha renovado el rostro de la Iglesia.

Contemplando desde mi infancia estos fúlgidos modelos, he tenido un sueño: ofrecerte mi vida entera, mi única vida que estoy viviendo, por un ideal eterno e inalterable. ¡Lo he decidido! Si cumplo tu voluntad, Tú realizarás este ideal y yo me lanzaré en esta maravillosa aventura.

Te he elegido y nunca he tenido añoranzas. Siento que Tú me dices: “Permanece en mí. ¡Permanece en mi amor!”.

Pero ¿podría permanecer en otro? Sólo el amor puede realizar este misterio extraordinario. Comprendo que Tú quieres toda mi vida. “¡Todo! ¡Y por amor a Ti!”.

En el camino de la esperanza sigo cada uno de tus pasos.

Tus pasos errantes hacia el establo de Belén.

Tus pasos inquietos en el camino a Egipto.

Tus pasos veloces hacia la casa de Nazaret.

Tus pasos gozosos para subir con tus padres al Templo.

Tus pasos fatigados en los treinta años de trabajo.

Tus pasos solícitos en los tres años de anuncio de la Buena Nueva.

Tus pasos ansiosos que buscan a la oveja perdida.

Tus pasos dolorosos al entrar en Jerusalén.

Tus pasos solitarios ante el pretorio.

Tus pasos pesados bajo la cruz camino del Calvario.

Tus pasos fracasados, muerto y sepultado en una tumba que no es tuya.

Despojado de todo, sin vestidos, sin un amigo, abandonado hasta por el Padre pero siempre sometido al Padre. Señor Jesús, arrodillado, de tú a tú ante el sagrario, comprendo: no podría elegir otro camino, otro camino más feliz, aunque, en apariencia, hay otros más gloriosos. Pero Tú, amigo eterno, único amigo de mi vida, no estás presente en ellos. En ti está todo el Cielo con la Trinidad, el mundo entero y la humanidad entera.

Tus sufrimientos son los míos. Míos todos los sufrimientos de los hombres. Mío todo lo que no tiene paz ni gozo, ni belleza, ni comodidad, ni amabilidad. Mías todas las tristezas, las desilusiones, las divisiones, el abandono, las desgracias. Mío es todo lo tuyo, porque Tú lo tienes todo; lo que hay en mis hermanos, porque Tú estás en ellos. Creo firmemente en porque tú has dado pasos de triunfo. “Sé valiente. Yo he vencido al mundo”.

Tú me has dicho: “Camina con pasos de gigante. Ve por todo el mundo, proclama la Buena Nueva, enjuga las lágrimas de dolor, reanima los corazones desalentados, reúne los corazones divididos, abraza el mundo con el ardor de tu amor, acaba con lo que ha de ser destruido, deja en pie sólo la verdad, la justicia, el amor”.

Pero, Señor, ¡yo conozco mi debilidad! Líbrame del egoísmo, de mis seguridades, para que deje de temer el sufrimiento que desgarra. Soy tan indigno de ser apóstol. Hazme fuerte ante las dificultades. Haz que no me preocupe de la sabiduría del mundo. Acepto que me traten como loco por Jesús, María, José… Quiero ponerme a prueba, dispuesto a todas las consecuencias, despreocupado de todas ellas, porque me has enseñado a afrontarlo todo. Si me ordenas dirigir mis pasos valerosos hacia la cruz, me dejaré crucificar. Si me ordenas entrar en el silencio de tu sagrario hasta el fin de los tiempos, me dejaré envolver por él con pasos aventurados. Perderé todo: pero me quedarás Tú. Allí estará tu amor para inundar mi corazón. Mi felicidad será total… Y por eso repito: Te he elegido. Sólo te quiero a Ti y tu gloria.

(Cardenal F. X. Nguyen van Thuan)