Los Reyes Católicos - montados en caballo

Javier Barraycoa

Introducción

El nacionalismo catalán no deja de ser más que el fruto -podrido- de una reacción mediada por el resentimiento. El catalanismo es una reacción al Estado liberal desde el liberalismo camuflado originalmente de pseudotradicionalismo que prontamente derivó en conservadurismo y, a la postre, se manifestó con su crudeza revolucionaria. Ello no nos debe extrañar, ya que ya avisaba León XIII que el nacionalismo es fruto del liberalismo y su consecuencia lógica. Pues si la libertad individual no queda limitada por nada superior, lo mismo ha de ocurrir con la “voluntad general”. O con otras palabras si la libertad es absoluta, queda legitimado el derecho de autodeterminación. Por tanto si alguien se empeña que un pueblo es una nación dominada por un Estado liberal, encontrará en la fundamentación filosófica del Estado “opresor” los argumentos para justificar su escisión.

El mal del liberalismo

El tan proclamado derecho de autodeterminación, sin ser citado expresamente, ya queda reprobado por Pío IX en la Quanta Cura, cuando afirma que “algunos despreciando y dejando totalmente a un lado los certísimos principios de la sana razón, se atreven a proclamar que la voluntad del pueblo manifestada por la opinión pública, que dicen, o por de otro modo, constituye la suprema ley independiente de todo derecho divino y humano; y que en el orden público los hechos consumados, por la sola consideración de haber sido consumados, tienen fuerza de derecho”. El principio de autodeterminación nunca será utilizado por el liberalismo -bajo sus múltiples formas- para proclamar un serviam, sino que evidentemente se convierte en un sinónimo del tristemente famoso non serviam.

Igualmente, el principio de autodeterminación, en cuanto forma de autodivinización colectiva, permite hilarse con el relato romántico que el catalanismo fue creando de sí mismo. El Ave Fénix se convirtió en el icono de la “Renaixença” o renacimiento del “espíritu nacional catalán”. Si seguimos los relatos de Prat de la Riba, y otros tantos teóricos originarios del catalanismo, en ellos se describen la muerte de la Cataluña al quedar “desnacionalizada” por la acción de los Borbones centralizadores. Ello llevaría a la muerte de la lengua catalana (el Verbo) y por tanto a la de la conciencia colectiva. Pero en el siglo XIX se produciría la milagrosa resurrección de la lengua (Verbo) y con ella la del espíritu nacional catalán. Así en el siglo XIX el renacimiento literario precedería al renacimiento político de principios del siglo XX (lógicamente coincidiendo con la etapa de esplendor de la Lliga Regionalista). Muerto y resucitado, el cuerpo místico catalán tiene evidentemente todo el derecho a autodeterminarse.

Esta afirmación no es una mera extrapolación de las actitudes nacionalistas, sino que se expresa literalmente infinidad de veces en las plumas catalanistas. Por ejemplo, en La nacionalitat catalana, Prat de la Riba cita un texto de una conferencia de Puig y Cadafalch en el Centro Escolar Catalanista. La cita es suficientemente reveladora: “Somos (en referencia a los catalanes) una voz en el concierto de los pueblos que resucitan como si hubieran sentido el mandamiento divino que señala la hora de volver a vivir sobre la tierra de las antiguas nacionalidades naturales”.

Desde hace tiempo ha sido suficientemente estudiada la influencia romántica en los orígenes del catalanismo y otros movimientos nacionales. Pero sólo muy recientemente han empezado a aparecer estudios que sostienen tesis más atrevidas, sugerentes y, a nuestro entender, verdaderas. Estas propuestas se concretarían en que la “Renaixença” simplemente no existió. Ha sido un constructo, un relato, desarrollado con carácter retroactivo para justificar las tesis políticas que habían surgido a finales del XIX. Al respecto es fundamental la voluminosa obra aparecida recientemente de Joan-Lluís Marfany en la que el autor se plantea: “En eso que suele llamarse “Renaixença” no hubo nunca ningún propósito de hacer renacer nada… La “Renaixença”, entonces, no fue ningún renacimiento, pero entonces ¿qué fue? Esta es la pregunta a la cual mi trabajo querría dar respuesta”.

(VERBO)