Súplicas
¡Oh dulcísimo Señor! A Ti vengo por remedio, a Ti acudo por consejo y alivio.
Hablo a quien todo lo sabe, a quien son manifiestos todos los secretos de mi corazón, y a quien sólo me puede consolar y ayudar perfectamente.
Tú sabes los bienes que más falta me hacen y cuán pobre soy en virtudes.
Vedme aquí delante de Ti pobre y desnudo, pidiendo gracia e implorando misericordia.
Da de comer a este tu hambriento mendigo, enciende mi frialdad con el fuego de tu amor, alumbra mi ceguedad con la claridad de tu presencia.
Levanta mi corazón a Ti en el Cielo y no me dejes andar vagando por la tierra.
Tú solo me seas dulce desde ahora para siempre: pues Tú solo eres mi manjar y bebida, mi amor, mi gozo, mi dulzura y todo mi bien.
Dirigidme con vuestra sabiduría, consoladme con vuestra clemencia, protegedme con vuestro poder.
Haced que procure obedecer a los superiores, favorecer a los amigos y perdonar a los enemigos, volviéndoles bien por mal.
¡Oh si me encendieses todo con tu presencia, y me abrasases y transformases en Ti, para ser un espíritu contigo por la gracia de la unión interior y por la efusión de un amor abrasado!
No consientas que me separe de Ti ayuno y seco, sino pórtate conmigo piadosamente, como lo has hecho muchas veces con tus Santos de un modo admirable.
Dadme Señor que consiga la santidad con la frecuente y devota participación del cuerpo de Cristo, con la pura intención del corazón, que evite el infierno y que obtenga la gloria del Paraíso. Por nuestro Señor Jesucristo. Así sea.
