Javier Barraycoa

Sin títuloSi bien esta nación resucitada tendría el derecho a la autodeterminación sobre cualquier otro principio político o histórico, este derecho no podría ser tampoco negado a los individuos que la componen. Cada uno de ellos, podría autodeterminarse en sus ideales y principios sin tener que someterse a referentes y principios más elevados. Por eso, y así lo intuye Prat de la Riba, la Cataluña catalanista, no podría ser nunca aquella de la que Torras i Bages había afirmado “Cataluña será cristiana o no será”. Y en respuesta al Obispo de Vich, Prat de la Riba pronuncia su famosa definición de Cataluña: “Una Cataluña libre podría ser uniformista, centralizadora, democrática, absolutista, católica, librepensadora, unitaria, federal, individualista, estatista, autonomista, imperialista, sin dejar de ser catalana”. No obstante, y en un acto de hipocresía, en la misma obra se atreve a citar como uno de sus referentes indispensables La Tradició catalana de Torras i Bages.

Se cumple así lo que denunciaba Gregorio XVI: uno de los males que derivan del liberalismo y de los tiempos modernos es precisamente la libertad de conciencia. Este mal es precisamente lo que expresa el texto de Prat de la Riba al imponer como valor absoluto la nacionalidad catalana por encima de los contenidos de las creencias y principios. El texto del Papa se antecede en casi 80 años al escrito de Prat de la Riba. Así se lee en su encíclica Mirari Vos: “10. De esa cenagosa fuente del indiferentismo mana aquella absurda y errónea sentencia o, mejor dicho, locura, que afirma y defiende a toda costa y para todos, la libertad de conciencia. Este pestilente error se abre paso, escudado en la inmoderada libertad de opiniones que, para ruina de la sociedad religiosa y de la civil, se extiende cada día más por todas partes, llegando la impudencia de algunos a asegurar que de ella se sigue gran provecho para la causa de la religión”.

Al convertirse la “nación” en una realidad divina pero absolutizada, el nacionalismo no puede menos que acabar siendo una forma pseudoreligiosa inmanentista. El inmanentismo permite aceptar la accidentalidad del contenido de una realidad siempre y cuando su forma sea absoluta. Esta es ni más ni menos que la famosa definición de democracia que nos propone Espinoza. Y ello nos hace comprender mejor la tesis de Prat de la Riba y el peligroso alcance de sus pensamientos.

El mal del inmanentismo

En esta misma revista, en un inolvidable artículo de Francisco Canals se exponía a uno de los aspectos más nucleares para la comprensión del nacionalismo: “El nacionalismo es al amor patrio lo que es un egocentrismo desordenado en lo afectivo (…). El nacionalismo, amor desordenado y soberbio de la “nación”, que se apoya con frecuencia en una proyección ficticia de su vida y de su historia, tiende a suplantar la tradición religiosa auténtica, y sustituirla por una mentalidad que conduce por su propio dinamismo a una “idolatría” inmanentista (…). El catalanismo está empujando siempre a los catalanes a avergonzarse de lo que han sido, y a ocultar todo aquello que en su historia no resulta coherente con la “Catalunya de paper” que Torras y Bages denunciaba (…). El catalanismo se ha ejercido en dirección antitética a la tradición catalana. (…) El idealismo romántico que inspira al nacionalismo relativiza y subordina al mito metafísico de la “nacionalidad” todos los bienes humanos, naturales y sobrenaturales. (…) El nacionalismo corre el riesgo de convertirse, en una enfermedad mental colectiva”.

(VERBO)