Javier Barraycoa

Obispo Manuel Irurita AlmándozPara los pueblos, el único remedio contra el mal del nacionalismo está en reconocer que hay una trascendencia sobre a la propia vida nacional que impide idolatrar a la nación. Ello, a modo de ejemplo, queda reflejado en una preciosa pastoral -prácticamente desconocida- del obispo Irurita en la que decía: “¡Cataluña! Tú te sientes mal, desasosegada, y piensas hallar remedio en un cambio de postura. Pero, ¿a qué lado te quieres cambiar? Vuélvete a tu Virgen; en sus brazos maternales hallarás a Jesús, que es tu única salvación. Arroja lejos de ti la impiedad, la corrupción de costumbres, la maldita blasfemia, el espíritu de discordia y otras plagas morales que se han entrado por tus puertas. No es eso la herencia que te legaron tus mayores. No es eso Cataluña. He aquí el mejor cambio de postura que te conviene. Todos los demás no te darán la salud; como a un enfermo de huesos dislocados de nada le servirán los cambios de postura en la cama, mientras los huesos no vuelvan a su lugar”.

Este “desasosiego” que denuncia el obispo mártir Irurita, está en relación con fenómenos psicosociales que se escapan de lecturas meramente políticas y superficiales. Coincide con la expresión que recogíamos arriba del Doctor Canals: “El nacionalismo corre el riesgo de convertirse en una enfermedad mental colectiva”.

Josep Pla - EscritorRecientemente se han editado unos escritos que debían haber sido recopilados en el tomo XII de las obras completas de Josep Pla, en 1969, pero que se quedaron en algún cajón por algún motivo. Ahora han sido rescatados y nos ofrecen una visión inédita que Pla tenía de esta Cataluña “rota” por una especie de crisis colectiva radicada en su subconsciente colectivo. Un significativo y aterrador extracto dice así: “El catalán actual es un producto de la decadencia de Cataluña. Su rasgo característico es el complejo de inferioridad, fruto del deterioro de su personalidad. El catalán no tiene patria, por eso es un ser diferente que no puede compararse con quienes la tienen. Perdió la patria e hizo un gran esfuerzo para tener otra, sin lograrlo. El catalán no tiene un inconsciente sano, normal y abierto. Esto explica sus características: a veces es un engreído -la jactancia que nota Unamuno-. Pero a menudo también posee una humildad morbosa, humillada y ofendida, y por eso Unamuno dice que “hasta cuando parece que atacan, están a la defensiva”. Puede que esa vanidad insoportable sea una consecuencia del sentimiento de humillación, y viceversa la humillación crea, como una evasión incontenible, la vanidad. Encontrar un catalán normal es difícil”.

En la continuación de esta inquietante descripción, se van destacando las características propias del narcisismo, empezando por la doblez de la personalidad. Así, sigue relatando Pla: “El catalán de hoy tiene miedo de ser él mismo. Este miedo es como un tumor que lleva dentro. El catalán oculta sus verdaderos sentimientos, disimula su manera de ser, escamotea su autenticidad, aparenta ser diferente de quien es”. Ni más ni menos esta descripción es un reflejo de lo que Prat de la Riba detecta y expresa en La nacionalitat catalana, como algo propio del alma catalana pero que solo puede resolver el nacionalismo: “Era menester acabar de una vez y para siempre con esta monstruosa bifurcación de nuestra alma (sentirse españoles y catalanes a la vez); habíamos de saber que éramos catalanes y sólo catalanes. Esta obra, esta segunda fase del proceso de nacionalización, no la hizo el amor, sino el odio”. Si quisiéramos traducir la sentencia de Prat de la Riba a un lenguaje psicológico, diríamos que el odio a lo castellano sería el estresor que sublimaría el sentimiento narcisista del catalanismo.

(VERBO)