Javier Barraycoa

Sin títuloEl complejo de superioridad es la visibilización de otro trastorno que nunca se quiere reconocer: el complejo de inferioridad. Por eso las manifestaciones de externas son lo contrario de lo que las causa. El complejo de superioridad se manifiesta por el exceso de orgullo que a uno le hace sentirse por encima de los demás. Para el individuo o colectivo que lo sufre, los demás siempre están equivocados y hay que enderezarlos. Son arrogantes, altivos, prepotentes. Y ante todo necesitan ser reconocidos. Un texto de uno de los racistas catalanes más curiosos, nos ilustra perfectamente esta descripción clínica. El texto lo entresacamos de la ya citada Herejías de Pompeyo Gener Babot (a) Peius (1848-1920). Peius Gener defenderá ardientemente la superioridad de la raza catalana. En su obra anunciaba su teoría racial: España estaba dominada por elementos semíticos y negroides, excepto en las zonas del norte, especialmente en Cataluña, donde predominaban rasgos arios: “En España, en suma, la población puede dividirse en dos razas. La Aria (celta, grecolatina, goda) o sea del Ebro al Pirineo; y la que ocupa del Ebro al Estrecho, que, en su mayor parte, no es Aria sino semita, presemita y aun mongólica (gitana) (…). Pues bien, la que proporciona la mayoría de funcionarios, de adeptos, y de gente que acata y sufre resignada esa máquina dificultativa del funcionamiento administrativo-gubernamental, es la raza del Ebro al Estrecho de Gibraltar, castellanos, andaluces, extremeños, murcianos etc.”. En tono despreciativo, manifestaba el complejo de superioridad con sentencia tales como: “No sabemos ya si el intelecto español, en general, es capaz de progresar y civilizarse a la moderna (…) hay demasiada sangre semítica y berber esparramada (sic) por la península”.

Este “supremacismo” es el mero escudo del que sufre un complejo de inferioridad. Según los manuales clínicos de psicología, el que lo sufre es en el fondo débil y es fácil herirle. Por ello, debe articular un relato de superioridad. Nuevamente nos encontramos con esa dualidad no resuelta en el alma catalana que facilita la autoconvicción del relato nacionalista. Pongamos varios ejemplos. Cataluña nunca llegó a ser un reino, ni siquiera una nación (en sentido moderno). De ahí la insistencia de arrebatarle una dignidad superior a Aragón e inventarse aquellos de la “Corona catalano-aragonesa”. Otra duplicidad constante es el discurso del victimismo: Catilla (o España) nos ha dominado. Sin embargo, si los catalanes pertenecemos a una raza aria y superior, cómo es posible que se nos hayamos dejado dominar por razas inferiores e impuras. La lista sería larga, pero otro ejemplo patente en las contradicciones del relato nacionalista lo encontramos en relación al tema de América. Por un lado, son innumerables los textos nacionalistas que acusan a Castilla, de cometer un genocidio en América. Pero, por otro lado, son innumerables la quejas por no permitir a los catalanes viajar a América (¿para colaborar con el genocidio?, nos preguntamos).

Con una sutilidad maravillosa, el texto de Pla que vamos siguiendo, nos confirma en nuestra propia reflexión. Escribe el ampurdanés: “El arrinconamiento al que aludo -dice Pla- crea en el catalán un sentimiento de inferioridad permanente. Al ser el sentimiento de inferioridad algo doloroso, desagradable y abrumador, el catalán ha realizado, colectiva y, en muchos casos, personalmente, un gran esfuerzo para superarlo: ha hecho todo lo posible para abandonar su auténtica personalidad, para desprenderse de ella, pero no lo ha conseguido. Esto ha dado lugar a una psicología curiosa: la psicología de un hombre dividido, que tiene miedo de ser él mismo, y al mismo tiempo, no puede dejar de ser quien es, que se niega a aceptarse tal y como es y que no puede dejar de ser como es. No son elucubraciones mías, son hechos. Son las señales típicas del complejo de inferioridad”. Y prosigue: “La enfermedad catalana yace en el subconsciente del país… El catalán es un fugitivo. A veces huye de sí mismo y otras, cuando sigue dentro de sí, se refugia en otras culturas, se extranjeriza, se destruye; escapa intelectual y moralmente. A veces parece un cobarde y otras un ensimismado orgulloso. A veces parece sufrir de manía persecutoria y otras de engreimiento. Alterna constantemente la avidez con sentimientos de frustración enfermiza. Aspectos todos ellos característicos de la psicología del hombre que huye, que escapa (…). La careta que lleva puesta toda su vida le causa un febril desasosiego interno. Es un ser humano que se da -que me doy- pena”. Duras son estas palabras de Pla, y aunque escritas hace décadas, hoy cobran una relevancia especial para entender los desvaríos del nacionalismo. Por tanto, cabe preguntarse, cuál es el remedio ante estos males.