Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Jesús y niñoHace años, el padre Alba me encargó confeccionar unas lecciones, de moral para nuestros alumnos. Salió un texto de 32 lecciones con temas de este tenor: La ley, la conciencia, justicia conmutativa (tres lecciones) justicia legal, justicia distributiva, justicia social… la primera lección de justicia conmutativa, “Respeto a la vida” contiene los siguientes apartados: Noción de justicia y derecho, respetar la vida, la muerte del inocente, abortar es matar a una persona inocente, aborto terapéutico, ético y eugenésico, la eutanasia, la muerte del injusto agresor, la muerte del culpable. Toda esta doctrina extraída de los libros que yo había estudiado.

En el punto “La muerte del culpable” escribí: Por derecho natural (por la potestad recibida de Dios) y siempre que lo requiera el bien común, la autoridad pública puede aplicar la pena de muerte a los malhechores, culpables de gravísimos crímenes.

La pena de muerte es lícita si así lo requiere el bien común, única causa proporcionada para aplicar una pena tan grave (garantizar el orden y la paz con el escarmiento de los demás).

La Sagrada Escritura relata muchos casos de pena de muerte: “El que hiera mortalmente a otro será castigado con la muerte” (Ex 21, 12).

Hay criminales que sólo retroceden ante la perspectiva de una pena de muerte.

Santo Tomás de Aquino, único teólogo expresamente recomendado por el Concilio Vaticano II, enseña: “Es lícito matar al malhechor en cuanto se ordena a la salud de toda la sociedad, y, por lo tanto, corresponde a aquél a quien esté confiado el cuidado de su conservación, como al médico compete el amputar el miembro podrido cuando le fuera encomendada la salud de todo el cuerpo. Y como el cuidado del bien común está confiado a los príncipes, que tienen pública autoridad, solamente a éstos es lícito matar a los malhechores, y no lo es a las personas particulares”.

El Catecismo de la Iglesia Católica, dice: “La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte, si ésta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas.

Pero si los medios incruentos bastan para proteger y defender del agresor la seguridad de las personas, la autoridad se limitará a estos medios, porque ellos corresponden mejor a las condiciones concretas del bien común y son más conformes con la dignidad de la persona humana. (n. 2267).

Jamás será lícito matar al malhechor por iniciativa privada; nunca será lícito el llamado “linchamiento” popular del malhechor, sorprendido haciendo el mal.

Del apartado “La muerte del inocente” transcribo estos testimonios: Sólo la ignorancia o la maldad puede afirmar que el feto no es ya una vida humana. La ciencia ha demostrado que “toda distinción entre el huevo, el embrión y el feto es arbitraria; el hombre entero se encuentra en el óvulo fecundado” (Jean Rostand).

“La ciencia y el sentido común prueban que la vida humana comienza en el momento de la concepción. Los padres no tienen ningún derecho sobre la nueva vida, sino que tienen la obligación de protegerla” (Asamblea del Consejo de Europa).

“La vida humana da comienzo en el momento de la fecundación y, por tanto, la interrupción de la misma, en cualquier momento que se realice conlleva la supresión de la vida” (Real Academia de Medicina de España).

“El aborto es una pena de muerte inhumana, practicada con premeditación y alevosía” (Real Academia de Doctores).

“Quien negara la defensa de la persona humana inocente y débil, a la persona ya concebida aunque todavía no nacida, cometería una gravísima violación del orden moral. ¡Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente!” (San Juan Pablo II). Es “un crimen abominable” (Concilio Vaticano II).

Jesús dijo a los escribas y fariseos “¡Raza de víboras!, ¿cómo podéis decir cosas buenas si sois malos? Porque de lo que rebosa el corazón habla la boca”. (Mateo 12, 34), “Él les contestó: “Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás”. (Mateo 12, 39).

Vivimos en una generación perversa y adúltera, raza de víboras. Políticas satánicas, diabólicas, luciferinas que llevarán muchas almas al infierno. Quien muera con un solo pecado mortal, se condenará para siempre. El aborto es un pecado mortal gravísimo.

Jesús dijo: “Dejad que los niños se acerquen a Mí”. Dejad que nazcan los niños, son hijos de Dios. Acercaros a un bebé, contemplar su rostro, sus sonrisas, sus manitas, sus pies; contemplad la belleza, ternura e inocencia de Dios. Os convertiréis en fervientes católicos.