Mons. Guerra Campos

D. José Guerra Campos
El octavo día
Editorial Nacional, Torrelara, Madrid, 1973

Un modo especial de ser infiel al testimonio apostólico, según nos explica Pablo VI, se da ahora, más que con nuevas especulaciones, con una reducción o selección de las verdades (8). Reducción a un supuesto núcleo de verdades básicas, con exclusión y olvido de las demás.

Pero el que cae por una escalera está en peligro de no parar hasta la portería: la arbitrariedad cercena sucesivamente ese núcleo hasta terminar por vaciar la fe de todo contenido revelado. ¿Se pone -por ejemplo- el núcleo en la Santísima Trinidad? Alguien dirá que basta hablar genéricamente de Dios. ¿Se pone en que Cristo es Dios? Alguien dirá que basta ver en el hombre Jesús una manifestación indefinida de lo divino. ¿Se pone en la resurrección de Jesús? Alguien dirá que no es necesario aceptar una resurrección corpórea; que basta creer en que Cristo vive. Pero ¿vive Él? ¿Vive sólo en nuestro recuerdo? ¿Vive sólo en cuanto que la “idea” o la “causa” sustentada por Él sigue siendo todavía interesante? De escalón en escalón, la revelación de Cristo ya no sería más que una expresión intensa del sentir o conciencia humana. Y al final, hasta la misma existencia de Jesús termina por ser indiferente. Otro escalón más: tampoco interesa ya la relación con Dios.

Notas:

(8) “Los remedios que desde muchos lugares se intenta aplicar a las modernas crisis de fe son, frecuentemente, engañosos. No falta quien, para devolver su crédito al contenido de la fe, lo reduce a algunas proposiciones básicas, que piensa son el auténtico significado de las fuentes del cristianismo… No es necesario decir cuán arbitrario y desastroso es tal procedimiento, aunque vaya revestido de apariencias científicas… Los hay que con criterios de un empirismo desconcertante se arrogan el derecho de hacer una selección entre las muchas verdades contenidas en nuestro Credo…” (Alocución del 30 de octubre de 1968).