Creación y caída del hombre

Padre Manuel Martínez Cano mCR.

ELEVACIÓN SOBRENATURAL DEL HOMBRE

Dios pudo haber creado al hombre en un estado puramente natural, destinado a un fin puramente natural. Pero no fue así: Dios creó al hombre en estado de gracia, elevándolo al orden sobrenatural, como había hecho con los ángeles, y destinándolo, como a ellos, a un fin sobrenatural.

El estado sobrenatural del hombre comprendía los dones sobrenaturales y los preternaturales.

Dones sobrenaturales: La gracia santificante, las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo.

La gracia santificante es un don sobrenatural que da como una segunda naturaleza al alma para que participe, en cierto modo, de la vida divina.

Las virtudes sobrenaturales son disposiciones permanentes del alma, por las que el hombre hace el bien moral de manera sobrenatural y meritoria.

Los dones del Espíritu Santo son perfecciones sobrenaturales que Dios concede para obedecer dócil y prontamente sus inspiraciones y facilitarnos el ejercicio de las virtudes.

Dones preternaturales: don de integridad, don de impasibilidad, don de inmortalidad y don de ciencia infusa.

El don de integridad consiste en el dominio de la concupiscencia: las pasiones de Adán y Eva estaban encauzadas por la razón y la razón la tenían supeditada a la Ley de Dios.

El don de impasibilidad es la inmunidad de sufrimientos, es decir, el don de no sufrir.

El don de inmortalidad consistía en que el cuerpo humano mortal por naturaleza no sufriría la muerte.

El don de ciencia infusa es el conocimiento infundido por Dios de muchas verdades naturales y sobrenaturales, suficientes para conocer todo lo que les convenía a nuestros primeros padres.

CAÍDA DE ADÁN Y EVA

Dios impuso a nuestros primeros padres el deber de abstenerse de comer del fruto de un árbol del Paraíso. Ellos, haciendo mal uso de su libertad, desobedecieron a Dios.

“La serpiente (el Diablo) era el más astuto de todos los animales del campo que Yahvé Dios había hecho. Y dijo a la mujer: ¿Cómo es que Dios ha dicho: No comáis de ninguno de los árboles del jardín? Respondió la mujer a la serpiente: Podemos comer del fruto de los árboles del jardín. Más del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte. Replicó la serpiente a la mujer: De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él se os abrirá los ojos y seréis como dioses, porque conoceréis el bien y el mal.

Y como la mujer vio que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió. Entonces se les abrieron a los dos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos y cogiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores” (Gen. 3, 1-7).

“Adán que estaba destinado a ser plenamente divinizado por Dios, por seducción del Diablo quiso ser como Dios, pero sin Dios, antes que Dios y según Dios” (San Máximo).

Dios expulsó del paraíso terrenal a Adán y Eva. Adán y Eva tuvieron muchos hijos e hijas, los nombres de los tres hijos que conocemos son Caín, Abel y Set.

Como el pecado de nuestros primeros padres es la base de los dogmas del pecado original y de la redención del género humano, ha de admitirse la historicidad del relato bíblico tal y como la narra el Génesis.

La respuesta de la Comisión Bíblica del año 1909, decía que no es lícito poner en duda el sentido literal histórico con respecto a los hechos siguientes: a) al primer hombre le fue impuesto un precepto por Dios para probar su obediencia; b) Adán transgredió este precepto divino por insinuación del Diablo, presentado bajo la forma de una serpiente; c) nuestros primeros padres se vieron privados del estado primitivo de inocencia.