D. José Guerra Campos
El octavo día
Editorial Nacional, Torrelara, Madrid, 1973

El 25 de julio, la Iglesia universal festeja al apóstol Santiago. En la ciudad de Compostela, nacida en torno de su sepulcro, se concentran en estos momentos numerosos fieles. Allí, España le honra como a su patrono. Allí confluyen, desde hace más de mil años, innumerables peregrinos de toda la cristiandad. Santiago, Roma y Jerusalén han sido, durante centurias las metas de las mayores peregrinaciones de la Iglesia católica.

Pasados veinte siglos, entre los sepulcros o lugares de los apóstoles, solamente Santiago en Compostela, San Pedro y San Pablo en Roma, conservan vivo todavía un culto resonante; y acaso el de Compostela sea el más afectuoso y el más popular.

¿Qué podemos esperar del apóstol Santiago?

Según un conocido testimonio de la Europa medieval, el motivo principal de atracción para los peregrinos de Santiago era “visitar el cuerpo de un Apóstol que, a su vez, había tenido la dicha de ver y de tocar a Dios hecho hombre” (1). Visitaban a un testigo del Señor.

La Iglesia es apostólica. Está fundada sobre testigos enviados por Jesús. Por ellos enlazamos de un modo sensible con el Hijo de Dios asociado a nuestra historia. Los Apóstoles, por tanto, son piezas básicas en la vida cristiana, ya que ésta no se alimenta sólo de aspiraciones o de teorías, sino de realidades atestiguadas. Todos los apóstoles podrían suscribir estas admirables palabras de San Juan, el hermano de Santiago: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos, lo que palparon nuestras manos tocando al Verbo de vida… -la vida eterna, que estaba en el Padre y que se manifestó…-, os lo anunciamos a vosotros, a fin de que viváis también en comunión con nosotros… para que sea vuestro gozo colmado” (2).

NOTAS:

(1) Libef Sancli Jacobi (siglo XII), lib. I, cap. 17.

(2) 1 Jn. 1, 1-4.