“Misterio de la cruz: el poder de Dios, manifestado en Cristo, no actúa como un realizador satisfactorio de nuestras pretensiones inmediatas, sino como demostración de que nos ama y de que está con nosotros para realizar un programa de vida superior, cuya prenda tangible es la resurrección de Jesucristo”.

D. José Guerra Campos
El octavo día
Editorial Nacional, Torrelara, Madrid, 1973

Misterio de la cruz: el poder de Dios, manifestado en Cristo, no actúa como un realizador satisfactorio de nuestras pretensiones inmediatas, sino como demostración de que nos ama y de que está con nosotros para realizar un programa de vida superior, cuya prenda tangible es la resurrección de Jesucristo.

Santiago, patrono de España, nos ha inspirado siempre este aprecio de la fe, como valor primario. Con su protección se ha dado en nuestra patria un prodigio histórico: que, a través de siglos de presencia mahometana, se haya conservado la continuidad de un pueblo cristiano, sin diluirse, mientras, por ejemplo, las espléndidas cristiandades del país de San Cipriano o de San Agustín se han desvanecido. Y no fue una conservación meramente defensiva: la fe, que había sido el aglutinante supremo en el interior del país, impulsó en su momento a España a una expansión misionera que, juntamente con Portugal, le dio a la Iglesia su universalidad geográfica. La fidelidad se mostró, una vez más, como fuerza creadora. Son hechos innegables por los que nosotros y el mundo entero debemos dar gracias a Dios. No tenemos por qué avergonzarnos de que nuestros padres hayan estimado la fe como el bien máximo que podían ofrecer a sus hermanos en todo el mundo. Lamentaremos, si acaso, en la presencia de Dios lo que haya habido de defectuoso en el cumplimiento de dicha tarea.

En las actuales condiciones de la historia, vuelve Jesús a preguntarnos, como a Santiago, si estamos dispuestos a seguirle. La tentación de ahora no es urgir al Señor para que instaure un reino temporal, ni pedirle los primeros puestos. La tentación es más bien invitarle a que se retire, a que nos deje concentrar toda nuestra esperanza y todo nuestro corazón en el reino que nosotros mismos intentamos construir en el tiempo. Es decirles a los apóstoles que han dado demasiada importancia a la fe. Se aboga por que los pueblos renuncien a su consagración, a las motivaciones trascendentes; se busca un modo prácticamente ateo, como forma de convivencia, con peligro de que se convierta en forma de vida.

Yo espero que el Apóstol vele sobre nosotros, sobre nuestras familias, sobre todo el pueblo de España, para que se reavive el gozo y el compromiso de la fe. Y como la fe, que es don continuamente ofrecido por Dios a cada uno, nos ha venido ligada a una tradición, que también es don de Dios, haga el Apóstol que las generaciones sucesivas hereden de nosotros la fidelidad al Evangelio.

(24 de julio de 1972).