Obispo José Guerra Campos (14)

UN BUEN PASTOR

Siempre me ha llamado la atención la imagen, para mi tan familiar, del pastor guardando su rebaño.

Yo he crecido en un pueblecito de la provincia de Cuenca donde todavía hay pastores. A menudo, desde el borde de la carretera o de cualquier camino he visto su figura, la de todos los pastores, en una misma posición resignada: de pie, abrigados en invierno y en verano, apoyados sobre su cayado de una curiosa manera, que sólo ellos saben soportar.

Y… ¿qué hacen durante todo el día en el campo? Según veo, vigilan el rebaño, contemplan Cielo y tierra y ¡dejan pasar los minutos y las horas con una misma actitud paciente!

Me parece imposible que hayan aceptado este modo de vida. Me llama la atención su paciencia.

Pero la sublimación de esta paciencia del pastor la he visto encarnada, aunque en un orden analógico superior, en el que fue, hasta no hace mucho, Pastor de la Diócesis de Cuenca: Monseñor Guerra Campos. Para acreditarlo no referiré la multitud de testimonios que he oído de parte de sacerdotes y fieles a él allegados. Me ceñiré a la vida sencilla de cada día. Durante los días de reposo que pasó en el Colegio Corazón Inmaculado de María de Sentmenat, tuve el honor de prepararle el desayuno. Siendo un hombre que no sabía “perder el tiempo”, ocupadísimo en hacer cosas provechosas y eminente en sus ideas, nunca desdeñó atender con sobrada solicitud a las pregun­tas que le hice o a los razonamientos que le manifesté. Horas enteras dedicó a ilustrar mi entendimiento con su sabiduría y consolar mi corazón con su bondad.

Nunca miró el reloj en tanto que yo siguiera manifestando alguna inquietud.

Pienso que este Pastor de la Santa Madre Iglesia en quien la Gracia perfeccionó tanto la naturaleza, vivió convencido de que la caridad enriquece más al que la practica que al que recibe sus efectos y que todo consiste en amar del modo más conveniente al beneplácito divino. Don José tuvo muy claro que el tiempo no es algo que nos pertenece sino que es un don de Dios que posibilita convertir un momento presente en un valor eterno. Se gozaba “dejando pasar” los minutos y las horas en cualquier actividad que mostrase la Bondad, la Sabiduría y Belleza de Dios al Pueblo que él guiaba. Fue un Pastor que inyectó dosis de paciencia en su pastoreo: en la escucha y en la enseñanza; a su rebaño o a una sola de sus ovejas. Verdaderamente, atrajo mi atención porque en él vi al Buen Pastor.

P. Jesús Muñoz Plaza