Obispo José Guerra Campos (15)

GRACIAS, SR. OBISPO

Era 13 de junio, festividad de S. Antonio de Padua. La noche anterior, un grupo de alumnas y madres habíamos estado acompañando a Jesús en la Adoración Nocturna que todos los meses se celebra en el Colegio Corazón Inmaculado de María. Durante la reunión que precede a los diversos turnos, el P. Cano nos encomendó que pidiésemos especialmente por Monseñor Guerra Campos, que hacía días había llegado al Colegio para restablecerse de una enfermedad coronaria que le había dejado sin fuerzas para poder llevar una vida normal. También nos habló de la santidad y sabiduría del señor Obispo y de que era muy necesario que se recuperase para que pudiese así orientar con sus escritos a la Iglesia.          

No recuerdo exactamente el turno que me tocó. Serían sobre las 2 o las 3 de la madrugada. En el silencio de aquella hora recordé la recomendación del Padre y encomendé especialmente al Sto. Obispo pidiéndole al Señor que, si era su voluntad, le curase. Y pensando en él me preguntaba cómo podría yo transmitirle humildemente cariño, fuerza, ánimo, y el saber que todos rogába­mos por él para que se recuperase pronto. Y el Señor, que no habla entre grandes ruidos, sino en el silencio, se hizo luz en mí y me inspiró que a la mañana siguiente le llevase una flor de mi jardín y una carta en la que más o menos le decía que contase con mis oraciones y trabajos de ama de casa ofrecidos por su mejoría y para que pudiese seguir escribiendo mucho. Di la carta al P. Cano para que se la llevase y me dijo que se había puesto muy contento. Yo me alegré de ello y pensaba en su sencillez de aceptar con tanto gusto ese pequeño detalle.

Pero cuál no fue mi sorpresa al día siguiente, cuando me dice el Padre: ¡Tengo para ti una carta del Señor Obispo! ¡Eso sí que no me lo esperaba yo! ¡Un Señor Obispo y de la santidad de Monseñor, contestando mi carta!

La carta más o menos decía que agradecía mucho el detalle de flor, imagen del Amor a Dios, y mis palabras para confortar su “corazón desfalleciente”, que él rezaba por mí, para fortalecerme en mi vocación de esposa de familia.

Guardo la carta en el cajón de mi mesita de noche y desde aquel día la he leído con frecuencia. Leyéndola repetidas veces he visto con más claridad lo hermoso que es ser sencillo y agradecido, como lo fue Monseñor, con el caritativo gesto de dignarse contestar una humilde carta de una madre de familia, estando él tan cansado y enfermo. Cuando uno se olvida de sí mismo en la oración y pide por los demás, Dios siempre le bendice, como a mí en este caso, que gocé del privilegio de recibir una de las últimas cartas de Monse­ñor, de saber que pedía por mí y de recibir su bendición.

Monseñor, pienso que estará usted ya en el Cielo, por eso nuestras oraciones por usted seguramente se aplicarán a otros. Por este motivo le pido que sea usted quien interceda por todos ahora ya no con un “corazón desfalleciente” sino en la plenitud de la vida. Ruegue por el Centro y la Unión Seglar y por esa España a la que tanto ama. Que todos sigamos siendo fieles a lo que la Iglesia siempre enseñó y usted quiso siempre recordar en sus muchísimos escritos.

Descanse en paz, Monseñor Guerra Campos

Montserrat Sanmartí