Mientras oraba antes de acostarse, un niño pidió con devoción: «Señor, No quiero pedirte nada especial ni inalcanzable, como ocurre con otros niños que se dirigen a ti cada noche. Tú eres bueno y proteges a todos los niños de la tierra, hoy quiero pedirte un gran favor, sin que se enteren mis padres.
Transfórmame en un televisor, para que mis padres me cuiden como cuidan al televisor, para que me miren con el mismo interés con que mi madre mira su telenovela preferida, o mi padre su programa deportivo favorito. Quiero hablar como ciertos animadores que cuando lo hacen, toda mi familia se calla para escucharlos con atención y sin interrumpirlos.
Quiero ver a mi madre suspirar frente a mí como lo hacen cuando mira un desfile de modas, o poder hacer reír a mi padre como lo logran ciertos programas humorísticos, o simplemente que me crean cuando les cuento mis fantasías sin necesidad de decir ¡es cierto! yo lo escuche en la tele. Quiero representar al televisor para ser el rey de la casa, el centro de atención que ocupa el mejor lugar para que todas las miradas se dirijan a mí.
Quiero sentir sobre mí la preocupación que experimentan mis padres cuando el televisor comienza a fallar y rápidamente llaman al técnico. Quiero ser televisor para ser el mejor amigo de mis padres, el héroe favorito, el que más influya en sus vidas, el que recuerde que soy su hijo y el que ojalá les mostrara más paz que violencia. Señor por favor déjame ser televisor aunque sea por un día.
Pero si éste es el clima que se respira en la Cataluña decimonónica, a finales de aquel siglo empieza a desarrollarse esa ideología llamada a transformarla, el nacionalismo. En 1886 Valentí Almirall publicaba Lo catalanisme, la obra que daría pie a la aparición de un nacionalismo revolucionario y jacobino y contra la que Torras i Bages escribirá La Tradició catalana en 1892. Esta última es considerada por algunos como una obra ya contaminada de un incipiente nacionalismo, aunque lo cierto es que Torras i Bages nunca transigió con la ideología nacionalista. Consciente de que algunos nacionalistas querían manipular su obra, añadió a la segunda edición de la misma un prólogo en el que definía España como “Un conjunto de pueblos unidos por la Providencia”. Baste para comprender el porqué de la poca atención que Torras i Bages recibe por parte del nacionalismo en la actualidad citar la reflexión que el obispo de Vic escribió para el día decimosexto de su popular Mes del Sagrado Corazón: “También descubrirás, cristiano, en el Corazón de Jesús un gran amor a la patria. Hijo de Judea, lloró con amarguísimas lágrimas su perdición e hizo cuanto pudo para salvarla. (…) Procuró por todos los medios la salvación de su pueblo. (…) ¡Oh Corazón perfectísimo del buen Jesús!, rectificad todos nuestros sentimientos y enseñadnos la manera como hemos de amar a la patria, en la cual nos habéis hecho nacer, y cómo hemos de cumplir las obligaciones que con ella tenemos. Ruega, pues, cristiano de un modo particular, por España, y pide al Sagrado Corazón que derrame sobre ella los tesoros de su fe y las finezas de su amor”.
Una noche me despertó a las dos de la madrugada el inesperado canto del salmo «Laudate», una melodía tan sublime y celestial que no dudé en que eran los ángeles que alababan a Dios después de la Comunidad, pues ésta se había retirado para descansar después de rezar maitines y no había nadie en el coro. Eran voces que nunca había oído; quise levantarme para ir al coro, pero una fuerza superior y misteriosa me sujetaba, me retuvo y no me fue posible seguir adelante. Estos cantos también fueron escuchados por otras religiosas.
No se puede pasar por alto la vitalidad de esa Iglesia en Cataluña, aún libre de nacionalismo, que asistió a la labor de San Antonio María Claret, fundador de los Misioneros del Corazón de María y luego arzobispo de La Habana y confesor de Isabel II; de la Beata Madre Rafols, fundadora de las hermanas de la Caridad de Santa Ana; de Santa Joaquina de Vedruna fundadora de las Carmelitas de la Caridad; de Santa Teresa Jornet fundadora de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados; del Beato Francisco Palau, fundador de las Carmelitas Misioneras Teresianas; del Beato Manuel Domingo y Sol, fundador de los Operarios Diocesanos; de San Enrique de Ossó, fundador de la Compañía de Santa Teresa; de Santa María Rosa Molas, fundadora de la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de la Consolación; de la Beata María Ana Mogas fundadora de las Franciscanas Misioneras de la Madre del Divino Pastor; de Ana Mª Janer, fundadora de las Hermanas de la Sagrada Familia de Urgell; de San Francisco Coll, fundador de las Dominicas de la Anunciata; o de San José Mañanet fundador de los Hijos y de las Hijas de la Sagrada Familia y que inspiró en su amigo Antonio Gaudí la idea de construir el templo de la Sagrada Familia. Contrasta poderosamente el gran número de santos y fundaciones en esta Cataluña no nacionalista del siglo XIX con la sequedad y esterilidad de la Iglesia en la Cataluña actual en la que el nacionalismo se ha hecho hegemónico, también en la vida eclesial.
Comienza en la transición la necesidad y conveniencia de desmontar el régimen de Francisco Franco, tanto en su entramado filosófico político, como en el resultado de sus obras, materializado en un estado del bienestar y una nueva clase media, desconocida en la historia de España, hasta entonces. Había que establecer «un relato» acorde a los tiempos que manejaba el liberalismo europeo para España y el tipo de sociedad «domesticada» que se imponía. Para ello tanto en la enseñanza primaria y secundaria, como en las universidades y en todos los medios de comunicación de masas, series televisivas etc. debía imponerse el antifranquismo más radical y sin fisuras. No se puede ser y que te consideren demócrata, sino te declaras antifranquista, aunque en la izquierda hubiera «demócratas» tan ejemplares como Santiago Carrillo, la Pasionaria y toda la plana mayor del totalitarismo comunista. Pero los acomplejados del tardo franquismo, UCD y PP, estaban entregando la victoria real, moral y política que Franco y su generación habían obtenido de manera lícita y heroica, a los destructores de la II República, causantes del caos, ruina y violencia desatada en España para imponer el comunismo, como fácilmente puede colegirse viendo lo ocurrido en la guerra civil en el llamado «bando rojo».