Contracorriente

~ Blog del P. Manuel Martínez Cano, mCR

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Publicaciones de la categoría: Hispanoamérica. La verdad

Hispanoamérica. La verdad 139

10 jueves Oct 2019

Posted by manuelmartinezcano in Hispanoamérica. La verdad

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Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los resultados obtenidos por la providencial Epopeya Evangelizadora, son algo grandioso y único en su género: fe y santidad, lengua y cultura, sangre y héroes (15)

Los hijos de la epopeya

“La eficacia de la enseñanza colonial sólo puede desdeñarse echando al olvido el hecho real de la impresión que causa leer los escritos de los hombres cultos de la época colonial, por la riqueza de estilo de que hacen gala, la claridad de exposición, la lógica de los argumentos, todo eso que constituye los valores básicos de la enseñanza humanística”.

Vicente D. Sierra

La fe y la cultura—ampliamente diseminadas por los colonizadores—no tardaron en enjambrar. Las generaciones coloniales, preñadas de santos, hombres de ciencias, literatos y artistas, son la prueba más palpable.

Es verdad que en la historia de América no aparecen sabios que hayan realizado descubrimientos y observaciones trascendentales. No eran los reinos ultramarinos, en plena actividad comercial y económica, terreno apto para el desarrollo de eminencias científicas que hiciesen época; pero con todo brillaron acá y allá hombres verdaderamente capacitados en las ramas que cultivaron, algunos de los cuales no se limitaron a transmitir preclaramente la ciencia acumulada por los siglos, sino que la empujaron con sus investigaciones y experiencias por el camino del progreso. De estos avances se beneficiaron no sólo la Astronomía, la Náutica y la Geografía—asignaturas que lógicamente estaban ligadas a la trascendental empresa de los mares—, sino también el Derecho, la Medicina, la Antropología, la Botánica, la Lingüística y otras muchas ciencias, que deben a preclaros ingenios de la América colonial no pocos de sus capítulos y datos definitivamente asentados. Y, como observa Menéndez y Pelayo, hablando en general, “más honra a un país y más actividad científica demuestra en él la circunstancia de que haya producido doscientos sabios modestos y útiles que un solo genio”.

“Sabios modestos” pulularon en los virreinatos americanos bajo el señorío español, así como, más tarde, en las nuevas naciones independientes. Y más aún que los científicos, sobresalieron los hombres de letras; algunos han dejado páginas primorosas a la voluminosa literatura española. ¿Quién puede olvidar en el estudio de los clásicos al inca Garcilaso de la Vega, o a Ruiz de Alarcón, el afamado creador de La verdad sospechosa? Y entre los modernos, ¿quién no conoce a Rubén Darío, radical renovador de la métrica, o a Zorrilla San Martín, de profunda inspiración poética? Otros escritores americanos han dado a luz tratados de filología y gramática que formaron escuela. Hablamos de antes y después de la Independencia. Y también en América han nacido los García Moreno y los Andrés Bello, sabios y prudentes gobernantes. Y bajo la tutela de España se forjaron genios militares de la categoría de Bolívar, San Martín, Santander y Nariño. Por lo que toca a los santos, ya hemos hablado en otro apartado; pero no cabe duda que, con sus selectas cualidades humanas, ennoblecieron indudablemente el alodio de la estirpe.

Y toda esa imponente falange de hijos destacados de la epopeya hispánica es la más gloriosa proclamación de su grandeza duradera:

“De esta manera—comenta el Padre Berthe—, fieles a su misión divina, los monarcas españoles hicieron del Nuevo Mundo la Tierra de la Santa Cruz, como se la llamaba en el siglo XVI. Dotaron a aquéllos pueblos conquistados por su espada de la verdadera fe y de la verdadera civilización; y esta fe, como a menudo comprobaremos, de tal manera la anclaron en los corazones que parece imposible de arrancar”.

En el rico cúmulo de Pío XII hay numerosas referencias a esta floración humana de la América española en cuatro siglos. Las dulces figuras de los santos indianos campean por de pronto, en sus discursos, como hemos podido reparar. Pío XII hace también amables y frecuentes referencias a los literatos de marca y a los científicos señalados; los nombres de Ruiz de Alarcón, Andrés Bello, de Juan Ignacio Molina, de los dos Caro, y de tantas otras eminencias, no son ajenos a la atenta estimación del gran Pontífice.

Bástenos extraer, de las páginas emanadas de Su Santidad, un texto en que reúne, en común recuerdo, hablando al Ecuador, tres nombres eminentes que han hecho famoso al pequeño pero fecundo país. Tres nombres, símbolo además de las tres porciones que integran la legítima de la América española: la fe, la cultura y la lengua.

“Por eso Nos sirve de especial satisfacción el oír de sus labios que Nuestras incesantes solicitudes por la paz entre las naciones hallen tan cordial comprensión en un país como el Ecuador, ante cuya evocación es difícil permanecer indiferente, pues en él, como en los escarpados y blancos de esos Andes que, más que su osamenta, son casi su robusto cuerpo todo, la elevación, la tendencia a lo alto y a lo grande se diría que son como algo connatural: “bello, majestuoso, sublime” en su cielo y en su suelo—para decirlo con frases de un geógrafo poeta—, pero no menos bello ni menos sublime en las almas de sus hijos: —Una Azucena de Quito, la flor cándida y mortificada que poco a poco va acercándose a los supremos honores de los altares; un García Moreno, el gobernante genial, el fiel hijo de la Iglesia, el mártir de su fe (290)—.

Gabriel García Moreno(290) Gabriel García Moreno (1821-1875), Presidente de El Ecuador durante quince años y defensor integérrimo de los derechos sociales de Jesucristo, fue vilmente asesinado por los sicarios de la Revolución. Mientras agonizaba exclamó: “Dios no muere”. Al conocer su óbito, Pío IX lloró y dijo: “García Moreno ha caído víctima de su fe y de su caridad cristiana hacia su patria”. León XIII más tarde calificaba al cristiano gobernante de “campeón de la fe católica, a quien se aplican justamente las palabras con que la Iglesia celebra la memoria de los santos mártires Tomás de Cantorbery y Estanislao de Polonia: ha sucumbido por la Iglesia bajo el puñal de los impíos.

Ni menos bello tampoco en el buen decir de su inspirada poesía, en cuyos primeros balbuceos fue actor principal nada menos que un Lorenzo de Cepeda, hermano del extático Serafín del Carmelo”.

(Discurso a D. Carlos Manuel Larres Ribadeneira, nuevo embajador del Ecuador ante la Santa Sede, 13-VII-1948.)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hispanoamérica. La verdad 138

01 martes Oct 2019

Posted by manuelmartinezcano in Hispanoamérica. La verdad

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Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los resultados obtenidos por la providencial Epopeya Evangelizadora, son algo grandioso y único en su género: fe y santidad, lengua y cultura, sangre y héroes (14)

La lengua castellana, otra joya heredada por los pueblos hispánicos de su madre común

“Fusión de lengua en esta labor pacientísima con que los misioneros ponían en el alma y en los labios, de los indígenas el habla castellana… Y paulatinamente se hizo el milagro de una Babel a la inversa, trocándose un pueblo de mil lenguas en una tierra que, valiéndome de una frase bíblica, no tenía más que un labio y una lengua, en la que se entendieron todos. Era la lengua ubérrima, dulce, clara y fuerte de Castilla”.

(Cardenal Gomá, 12-X-1934).

*     *     *

Dejando de lado los valores humanos que la lengua española posee en sí misma—cada idioma posee los suyos—, el espíritu sobrenatural e independiente de Pío XII para mientes, sobre todo, en su aspecto de canal de la verdad evangélica en el Nuevo Mundo.

Fray Juan de ZumárragaEs verdad que los misioneros al principio se dedicaron a aprender con paciente amor la algarabía de las lenguas indígenas, y por medio de ellas enseñaban a los aborígenes los rudimentos de nuestra fe. Numerosos vocabularios, catecismos, devocionarios, evangelios, etc., fueron primorosamente dispuestos en los dialectos, indígenas y editados por los misioneros. Diccionarios y gramáticas de las lenguas americanas completaron poco a poco la ingente obra. Pero este laudable esfuerzo no bastaba. Sí se quería elevar a aquellas gentes a la altura de la Europa cristiana, era indispensable proporcionarles una lengua culta, acueducto exclusivo de hecho para recibir la ciencia eclesiástica superior. Por ello, los misioneros juzgaron necesario asimilar aquellos pueblos al habla castellana, y se entregaron con ánimo a la ímproba tarea. Fue un proceso de siglos; aún hoy no ha acabado del todo (284).

(284) Los mismos reyes fomentaban el estudio de nuestra lengua entre los naturales. Así vemos a Felipe IV mandar que se enseñe el idioma español a los indias para facilitar su evangelización, “y como quiera que esto, es de gran importancia… por consistir en el cumplimiento de esta orden el bien espiritual de esos naturales, excuso el encargaros su ejecución: porque si no velaseis en ello… faltaríais a vuestra obligación, con mucho riesgo de vuestra conciencia, que en esta parte os encargo, descargando la mía” (véase ,C. Bayle: Expansión misional dé España, pág. 14).

Con la unidad de fe, de cultura y de lengua se alcanzaba el ideal altísimo vislumbrado: “fundir en un solo pueblo—como ha dicho Pío XII—mediante la catequesis, la escuela y los colegios de Letras Humanas, el elemento indígena con las clases cultas venidas de Europa”, o—para emplear la frase con que el Papa. Clemente VIII había definido la admirable fusión de pueblos obrada en Filipinas—, obtener “repúblicas constituidas por la unión de miembros y elementos del Nuevo y del Viejo Mundo”.

Para este logro, la lengua castellana ha sido un elemento providencial, como dice expresamente Su Santidad Pío XII a los filipinos.

“Y ahora, para terminar, dos palabras, todavía, en una lengua para vosotros conocida (el Papa, que hasta aquí había hablado en inglés, continúa en castellano), que en estos momentos solemnes Nos ha parecido oportuno utilizar, no sólo por lo que ella supone en vuestra gloriosa historia, sino también, y mucho más, por lo que ha significado como elemento providencial para la evangelización de un gran pueblo—el vuestro—, cuya especial vocación parece ser la de abanderado mayor del Evangelio y de la Cruz en esas playas extremas del mundo, abiertas, como una promesa, a las inconmensurables extensiones del Pacífico”.

(Radiomensaje al II Congreso Eucarístico Nacional de Filipinas, 2-XII-1956).

Hablando al Perú, el Papa de la Hispanidad califica de preciado tesoro—junto con la fe y la civilización cristiana—la lengua que América aprendió de labios de su Madre espiritual.

“En Lima, ciudad de los Reyes, centro de vuestra nación, a la cual la gran Madre Patria, la católica España, llevó los preciosos tesoros de la fe, de la civilización cristiana y de la lengua, elegisteis rey vuestro a Cristo. Rey invisible de los sagrados tabernáculos, y jurasteis en vuestras almas servirle a Él sólo”.

(Radiomensaje al II Congreso Eucarístico Nacional del Perú, celebrado en Arequipa, 27-X-1940).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hispanoamérica. La verdad 137

23 lunes Sep 2019

Posted by manuelmartinezcano in Hispanoamérica. La verdad

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Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los resultados obtenidos por la providencial Epopeya Evangelizadora, son algo grandioso y único en su género: fe y santidad, lengua y cultura, sangre y héroes (13)

Las diecinueve Universidades erigidas por España en el Nuevo Mundo son una gloria imperecedera de la colonización española (3)

Colegio de Belén en La Habana, Cuba“Saludamos en vosotros a universitarios de Méjico, que es como decir a los seguidores y continuadores de una gloriosa tradición de cultura superior. Tuvo la vieja Universidad mejicana la fortuna de contar entre sus creadores a hombres como el virrey don Antonio de Mendoza y fray Juan de Zumárraga, introductores de los estudios superiores en la Nueva España (280).

(280) Don Antonio de Mendoza (+ 1552) fue el primer Virrey de Nueva España. Durante los años de su gobierno demostró ser un hombre íntegro y justiciero, amado de todos. Fundó la Universidad y varios Colegios. Escribió, además, varias obras. Fomentó las minas, acuñó moneda y dictó sabias leyes administrativas. En 1550 fue trasladado al Virreinato del Perú.

Todo se unió y concertó para hacer de la Universidad de Méjico lo que realmente fue: mina copiosa de recios varones como fray Alonso de la Vera Cruz y Ruiz de Alarcón (281).

(281) Fray Alonso de la Vera Cruz, religioso agustino español, fue profesor de Sagrada Escritura y de Teología escolástica en la Universidad mejicana, cuando su fundación (1551). Escribió diversas obras de valor teológico reconocido. García Icazalceta le llama “lumbrera de aquel siglo”.

Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza, nacido en Méjico en 1581, murió en Madrid en 1639. Es uno de los mejores poetas dramáticos del Siglo de Oro español. De la categoría quizá de Tirso de Molina y de Lope de Vega. En sus obras se inspiraron grandes dramaturgos nacionales y extranjeros.

Dentro de esta historia secular, entronca, cual vigoroso renuevo, vuestra joven Universidad al lado de la Universidad Nacional, para mantener encendida la antorcha de la ciencia y de la fe, en la tierra de Sor Juana Inés de la Cruz y en todo el continente Centro y Sudamericano” (282).

(282) Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695), poetisa mejicana de rara inteligencia, a los diecisiete años pasó los exámenes de todas las facultades de la Universidad de Méjico, ante cuarenta profesores: teólogos, filósofos, humanistas y matemáticos. Ingresó años más tarde en la Orden de las Jerónimas. Su obra poética es amplísima y de reconocido mérito. “Sus versos —dice Menéndez Pelayo—son de los más suaves y delicados que han salido de pluma de mujer”. Además de su obra poética, tiene teatro teológico y obras de pura teología.

(Discurso a un grupo de estudiantes de la Universidad Iberoamericana de Méjico, 16-I-1957).

Lima fue para América del Sur lo que Méjico para el centro y Norte del continente: foco de cultura y capital del saber colonial. Su Universidad fue fundada muy poco antes que la mejicana (1551). En breve se convirtió en un emporio de la ciencia, donde profesaban ingenios siempre más que excelentes, y donde todas las ramas del saber eran cultivadas con primor no menor que en Salamanca o Alcalá.

De sus aulas salieron tantos y tantos personajes ilustres que dan colorido y brillo a las páginas de la historia científica y literaria del virreinato del Perú.

“La Universidad de San Marcos de Lima, gloria ínclita Del Perú, y celebrada en sus memorables fastos, respetable por su antigüedad, va a celebrar el cuarto centenario de su fundación. Y se nos ha significado que de algún modo tomáramos parte en dichas solemnidades seculares, completando de este modo su alegría. Por el afecto que sentimos por el pueblo peruano, que sabemos, por experiencia, fielmente católico, ejemplarmente adicto e incondicional de la Sede Apostólica, gustosamente hemos accedido a tal invitación…”.

(Carta pontificia al Legado del Papa en las fiestas del IV Centenario de la Universidad de Lima, 1-V-1951).

En especial, recuerda Pío XII la tradición cristiana de la Universidad limeña, cuyo nombre de “San Marcos” es ya por sí solo evocador del sentido profundamente espiritual que le supieron dar los que procuraron su establecimiento.

“Vuecencia, señor embajador, viene a Nos Como representante e intérprete de un país cuya cultura puede decirse que nació con la vieja Universidad Mayor de San Marcos de Lima, la más antigua de su clase en América, donde florecieron la Teología y el Derecho Canónico y donde sus graduados juraban defender el dogma de la Inmaculada; de una nación cuyos hijos ven en el cultivo de las confiadas y cordiales relaciones con esta Sede de Pedro una de las tradiciones nacionales que quisieron custodiar con más amor y diligencia, para ponerla al seguro de todo riesgo y de todo daño”.

(Discurso a don Felipe Portocarrero, nuevo embajador del Perú ante la Santa Sede, 17-VIII-1949.)

Saquemos del arsenal de Pío XII un postrer texto referente a la labor cultural de España en Indias. En él se mencionan varias instituciones docentes superiores, de carácter exclusivamente eclesiástico, preludio de las modernas Universidades católicas y honor de quienes las idearon y establecieron en el suelo americano.

“Esta vez, vuestra reunión ha encontrado acogida señorial en esa espléndida ciudad de San Cristóbal de La Habana, donde habéis podido admirar Una Universidad fundada por la Iglesia nada menos que en 1728, y tan pujantes instituciones docentes católicas como la moderna Universidad de Santo Tomás de Villanueva y ese grandioso Colegio de Belén, que es honor de la Iglesia y orgullo de Cuba católica” (283).

(283) El Colegio de Belén, en la capital cubana, está dirigido por Padres de la Compañía de Jesús, y cuenta con 1.900 alumnos. Anejos al Colegio funcionan una escuela electromecánica, con, 600 alumnos, un Seminario Menor y un magnífico Observatorio de fama internacional. Se puede decir que desde su fundación (1857) lo más granado de Cuba católica ha pasado por las aulas del Colegio de Belén. Evidentemente, el régimen hostil de Castro no ha respetado a este baluarte de Cuba católica.

(Radiomensaje al V Congreso de la Confederación Interamericana de Educación Católica, reunido el La Habana, 12-1-1954.)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hispanoamérica. La verdad 136

16 lunes Sep 2019

Posted by manuelmartinezcano in Hispanoamérica. La verdad

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Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los resultados obtenidos por la providencial Epopeya Evangelizadora, son algo grandioso y único en su género: fe y santidad, lengua y cultura, sangre y héroes (12)

Las diecinueve Universidades erigidas por España en el Nuevo Mundo son una gloria imperecedera de la colonización española (2)

Méjico tiene la gloria de haber albergado uno de estos primeros centros de cultura superior en el continente americano. Oigamos a Menéndez y Pelayo explicar su origen, su constitución y los valiosos éxitos reportados:

“Tuvo el virreinato de Nueva España (como la parte predilecta y más cuidada de nuestro imperio colonial y aquella donde la cultura española echó más hondas raíces) las más antiguas instituciones de enseñanza del Nuevo Mundo, y también la primera imprenta (277).

(277) V. Sierra, catedrático argentino, realza el importante papel de esta primera imprenta del Nuevo Mundo: Uno de los primeros países de Europa que tuvo imprenta fue España, y en América ya hemos visto cómo a los pocos años de la conquista funcionaba una en México. Se calcula que de los tórculos coloniales de México salieron 11.652 obras conocidas, cifra que le hace decir a un escritor de ese país: “Cuántos países del viejo continente se habrían sentido orgullosos de una producción científica y literaria como la nuestra, que, iniciada por el religioso dominico fray Juan de la Magdalena, a raíz de consumada la conquista, en creciente progresión llegó hasta la consumación de nuestra independencia, con las alas siempre abiertas” (El sentido misional de la conquista de América, pág 542).

A los nombres venerables del primer Arzobispo, fray Juan de Zumárraga, y del primer virrey, don Antonio de Mendoza, va unida la introducción de estos dos capitales elementos de cultura:

Universidad de Santo Tomás - Manila (Filipinas)La Universidad y la tipografía. Ya existían el Colegio de Tlatelolco, para indios, y los de San Juan de Letrán y La Concepción, para mestizos, cuando el Cabildo de la ciudad solicitó, y concedió el virrey, licencia para que se fundase “una Universidad de todas ciencias, donde los naturales y los hijos de los españoles fuesen industriados en las cosas de nuestra santa fe católica y en las demás facultades”. Contribuyó Mendoza con rentas propias para los primeros gastos de la fundación, y aun llegó a designar maestros; pero la gloria de llevar a cabo el establecimiento de las escuelas corresponde a su sucesor, don Luis de Velasco, que fue el encargado de poner en ejecución la Real Cédula del emperador Carlos V, fechada en Toro a 22 de septiembre de 1551, por virtud de la cual la Universidad de México, dotada con mil pesos de oro de minas al año, comenzó a gozar los mismos privilegios y franquicias que la de Salamanca. Otra Cédula de Felipe II, fechada en Madrid a 17 de Octubre de 1562, confirmó y aun amplió estos privilegios, después que la Sede Apostólica, en 1555, había dado a la Universidad el título de Pontificia, concediendo el patronato de ella a los reyes de España.

No cayó la semilla en terreno estéril, ni pasó mucho sin que la naciente Universidad, cuyos estudios se inauguraron en 3 de junio de 1553, con inmenso concurso de gentes y asistencia del virrey y de la Audiencia a las primeras cátedras, comenzase a dar muestras de actividad científicas dignas de hombres nada vulgares que hicieron sonar en ellas su voz desde el primer día”.

Y más abajo explica el letrado autor el florecimiento humanístico en la provincia de Méjico, fecundado por las copiosas aguas que se desbordaban de su primera Universidad:

“De tales humanistas y poetas (algunos españoles, que residieron en Méjico) recibió México la iniciación literaria, así como del admirable prosista, autor del Guzmán, de Alfarache, Mateo Alemán, que en 1609 imprimió allí su Ortografía castellana. La cosecha fue en breve tiempo tan abundante que, ya en 1610, podía escribir el dramaturgo Fernán González de Eslava: “Hay más poetas que estiércol” A un solo certamen de 1585, solemnísimo a la verdad, puesto que lo autorizaron con su presencia siete obispos juntos para el concilio provincial mexicano, concurrieron nada menos que trescientos poetas, según refiere Bernardo de Valbuena, que fue uno de los laureados, y que no se harta de encarecer “los delicados ingenios de aquella florida juventud, ocupados en tanta diversidad de loables estudios, donde sobre todo la divina alteza de la poesía más que en otra parte resplandece”. México empezaba a cobrar el nombre de Atenas del Nuevo Mundo”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hispanoamérica. La verdad 135

09 lunes Sep 2019

Posted by manuelmartinezcano in Hispanoamérica. La verdad

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Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los resultados obtenidos por la providencial Epopeya Evangelizadora, son algo grandioso y único en su género: fe y santidad, lengua y cultura, sangre y héroes (11)

Las diecinueve Universidades erigidas por España en el Nuevo Mundo son una gloria imperecedera de la colonización española (1)

Real y Pontificia Universidad Santo Tomás de Aquino

“Fundáronse Universidades, que llegaron a ser famosas, en Méjico y Perú, en Santa Fe de Bogotá, en Lima y en Córdoba de Tucumán, que atraían a la juventud del Río de la Plata. Con la ciencia florecían las artes…”.

(Cardenal Gomá, 12-X-1934).

*     *     *

Con el “esfuerzo educativo y escolar, grandioso y profundamente duradero”, que realizó la Nación Madre en favor de los íncolas americanos, docenas de pueblos fueron introducidos en el vasto campo del saber romano-cristiano. Aztecas, incas araucanos y guaraníes dejaron sus toscas instituciones y sus primitivos lenguajes, y abrazaron las ubérrimas tradiciones intelectuales de que era transmisora la fecunda lengua de la meseta ibérica. A esta perfecta asimilación de los indios a la cultura superior, con que se les pretendía enriquecer, colaboraron con eficiencia las innumerables Universidades que se fundaron en el Nuevo Mundo, establecidas—no lo olvidemos—tanto para los peninsulares y criollos como para los mestizos y naturales. Ya hemos visto que el “ayudar con sus aulas a estabilizar en los principios cristianos a los indios convertidos”, era uno de los principales fines a que aspiraban los monarcas españoles al decretar la erección de estos establecimientos docentes. Asilo alegaban en sus cartas a la Santa Sede cuando presentaban demanda de privilegios pontificios para las Universidades transmarinas.

Tales centros de alta ciencia, bien dotados y estratégicamente diseminados, desde Méjico, en el Norte, hasta Córdoba, en el Sur, son una gloria imperecedera de Hispanoamérica. Ha dicho Pío XII al V Congreso Iberoamericano de Educación Católica, moderno eslabón de la ininterrumpida cadena cultural que siempre ha ligado con la Iglesia a las tierras de Colón.

“En no pocas zonas del Nuevo Mundo, los movimientos sociales y políticos, que siguieron a su independencia, vieron penetrar en el campo de la enseñanza ideas y principios que, partiendo de un liberalismo y de un laicismo que audazmente, pretendía dominarlo todo, desembocaban en un monopolio, escolar, con daño evidente de la integral formación cristiana…

Y eso en un mundo como el vuestro, iberoamericano, en el que la Iglesia, plenamente consciente de la misión cultural que acompaña a su mensaje religioso, desplegó con fray Juan de Zumárraga, fray Alonso de la Vera Cruz y el gran Obispo Vasco de Quiroga, en Méjico; con fray Jerónimo de Loaisa, José de Acosta y el excelso metropolitano limeño Santo Toribio de Mogrovejo, en el Perú; y con los jesuitas Torres Bollo, Manuel de Nobrega y San Pedro Claver, en el antiguo Paraguay, en el Brasil y en la Nueva Granada, un esfuerzo educativo y escolar que, dada la escasez de medios de aquella centuria y las dificultades que a él se oponían, Nos complacemos en llamar grandioso y profundamente duradero. Basta recordar el intento, en gran parte logrado, de aquellos grandes misioneros, secundados por el espíritu universal y católico de la legislación de sus monarcas, de fundir en un solo pueblo, mediante la catequesis, la escuela y los colegios de Letras Humanas, el elemento indígena con las clases cultas venidas de Europa o nacidas ya en tierra americana. Ni ese esfuerzo se limitó a la enseñanza elemental y humanística. Porque es gloria imperecedera de Hispanoamérica que en el siglo XVIII florecieran en diecinueve de sus ciudades otros tantos o más centros universitarios, inspirados y dirigidos por la Iglesia, que fueron objeto de la admiración y los elogios de un Alejandro de Humboldt” (276).

(276) El Barón Alejandro de Humboldt (1769-1859), eminente naturalista e historiador alemán, recorrió, a finales del siglo XVIII, la América española, publicando a continuación durante veinte años las observaciones recogidas en su largo y paciente viajé. Su obra, editada en París, alcanza los treinta volúmenes.

(Radiomensaje al V Congreso de la Confederación interamericana de Educación Católica, reunido en La Habana, 12-I-1954).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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