Una Epopeya misionera
Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R
Los resultados obtenidos por la providencial Epopeya Evangelizadora, son algo grandioso y único en su género: fe y santidad, lengua y cultura, sangre y héroes (15)
Los hijos de la epopeya
“La eficacia de la enseñanza colonial sólo puede desdeñarse echando al olvido el hecho real de la impresión que causa leer los escritos de los hombres cultos de la época colonial, por la riqueza de estilo de que hacen gala, la claridad de exposición, la lógica de los argumentos, todo eso que constituye los valores básicos de la enseñanza humanística”.
Vicente D. Sierra
La fe y la cultura—ampliamente diseminadas por los colonizadores—no tardaron en enjambrar. Las generaciones coloniales, preñadas de santos, hombres de ciencias, literatos y artistas, son la prueba más palpable.
Es verdad que en la historia de América no aparecen sabios que hayan realizado descubrimientos y observaciones trascendentales. No eran los reinos ultramarinos, en plena actividad comercial y económica, terreno apto para el desarrollo de eminencias científicas que hiciesen época; pero con todo brillaron acá y allá hombres verdaderamente capacitados en las ramas que cultivaron, algunos de los cuales no se limitaron a transmitir preclaramente la ciencia acumulada por los siglos, sino que la empujaron con sus investigaciones y experiencias por el camino del progreso. De estos avances se beneficiaron no sólo la Astronomía, la Náutica y la Geografía—asignaturas que lógicamente estaban ligadas a la trascendental empresa de los mares—, sino también el Derecho, la Medicina, la Antropología, la Botánica, la Lingüística y otras muchas ciencias, que deben a preclaros ingenios de la América colonial no pocos de sus capítulos y datos definitivamente asentados. Y, como observa Menéndez y Pelayo, hablando en general, “más honra a un país y más actividad científica demuestra en él la circunstancia de que haya producido doscientos sabios modestos y útiles que un solo genio”.
“Sabios modestos” pulularon en los virreinatos americanos bajo el señorío español, así como, más tarde, en las nuevas naciones independientes. Y más aún que los científicos, sobresalieron los hombres de letras; algunos han dejado páginas primorosas a la voluminosa literatura española. ¿Quién puede olvidar en el estudio de los clásicos al inca Garcilaso de la Vega, o a Ruiz de Alarcón, el afamado creador de La verdad sospechosa? Y entre los modernos, ¿quién no conoce a Rubén Darío, radical renovador de la métrica, o a Zorrilla San Martín, de profunda inspiración poética? Otros escritores americanos han dado a luz tratados de filología y gramática que formaron escuela. Hablamos de antes y después de la Independencia. Y también en América han nacido los García Moreno y los Andrés Bello, sabios y prudentes gobernantes. Y bajo la tutela de España se forjaron genios militares de la categoría de Bolívar, San Martín, Santander y Nariño. Por lo que toca a los santos, ya hemos hablado en otro apartado; pero no cabe duda que, con sus selectas cualidades humanas, ennoblecieron indudablemente el alodio de la estirpe.
Y toda esa imponente falange de hijos destacados de la epopeya hispánica es la más gloriosa proclamación de su grandeza duradera:
“De esta manera—comenta el Padre Berthe—, fieles a su misión divina, los monarcas españoles hicieron del Nuevo Mundo la Tierra de la Santa Cruz, como se la llamaba en el siglo XVI. Dotaron a aquéllos pueblos conquistados por su espada de la verdadera fe y de la verdadera civilización; y esta fe, como a menudo comprobaremos, de tal manera la anclaron en los corazones que parece imposible de arrancar”.
En el rico cúmulo de Pío XII hay numerosas referencias a esta floración humana de la América española en cuatro siglos. Las dulces figuras de los santos indianos campean por de pronto, en sus discursos, como hemos podido reparar. Pío XII hace también amables y frecuentes referencias a los literatos de marca y a los científicos señalados; los nombres de Ruiz de Alarcón, Andrés Bello, de Juan Ignacio Molina, de los dos Caro, y de tantas otras eminencias, no son ajenos a la atenta estimación del gran Pontífice.
Bástenos extraer, de las páginas emanadas de Su Santidad, un texto en que reúne, en común recuerdo, hablando al Ecuador, tres nombres eminentes que han hecho famoso al pequeño pero fecundo país. Tres nombres, símbolo además de las tres porciones que integran la legítima de la América española: la fe, la cultura y la lengua.
“Por eso Nos sirve de especial satisfacción el oír de sus labios que Nuestras incesantes solicitudes por la paz entre las naciones hallen tan cordial comprensión en un país como el Ecuador, ante cuya evocación es difícil permanecer indiferente, pues en él, como en los escarpados y blancos de esos Andes que, más que su osamenta, son casi su robusto cuerpo todo, la elevación, la tendencia a lo alto y a lo grande se diría que son como algo connatural: “bello, majestuoso, sublime” en su cielo y en su suelo—para decirlo con frases de un geógrafo poeta—, pero no menos bello ni menos sublime en las almas de sus hijos: —Una Azucena de Quito, la flor cándida y mortificada que poco a poco va acercándose a los supremos honores de los altares; un García Moreno, el gobernante genial, el fiel hijo de la Iglesia, el mártir de su fe (290)—.
(290) Gabriel García Moreno (1821-1875), Presidente de El Ecuador durante quince años y defensor integérrimo de los derechos sociales de Jesucristo, fue vilmente asesinado por los sicarios de la Revolución. Mientras agonizaba exclamó: “Dios no muere”. Al conocer su óbito, Pío IX lloró y dijo: “García Moreno ha caído víctima de su fe y de su caridad cristiana hacia su patria”. León XIII más tarde calificaba al cristiano gobernante de “campeón de la fe católica, a quien se aplican justamente las palabras con que la Iglesia celebra la memoria de los santos mártires Tomás de Cantorbery y Estanislao de Polonia: ha sucumbido por la Iglesia bajo el puñal de los impíos.
Ni menos bello tampoco en el buen decir de su inspirada poesía, en cuyos primeros balbuceos fue actor principal nada menos que un Lorenzo de Cepeda, hermano del extático Serafín del Carmelo”.
(Discurso a D. Carlos Manuel Larres Ribadeneira, nuevo embajador del Ecuador ante la Santa Sede, 13-VII-1948.)
Es verdad que los misioneros al principio se dedicaron a aprender con paciente amor la algarabía de las lenguas indígenas, y por medio de ellas enseñaban a los aborígenes los rudimentos de nuestra fe. Numerosos vocabularios, catecismos, devocionarios, evangelios, etc., fueron primorosamente dispuestos en los dialectos, indígenas y editados por los misioneros. Diccionarios y gramáticas de las lenguas americanas completaron poco a poco la ingente obra. Pero este laudable esfuerzo no bastaba. Sí se quería elevar a aquellas gentes a la altura de la Europa cristiana, era indispensable proporcionarles una lengua culta, acueducto exclusivo de hecho para recibir la ciencia eclesiástica superior. Por ello, los misioneros juzgaron necesario asimilar aquellos pueblos al habla castellana, y se entregaron con ánimo a la ímproba tarea. Fue un proceso de siglos; aún hoy no ha acabado del todo (284).
“Saludamos en vosotros a universitarios de Méjico, que es como decir a los seguidores y continuadores de una gloriosa tradición de cultura superior. Tuvo la vieja Universidad mejicana la fortuna de contar entre sus creadores a hombres como el virrey don Antonio de Mendoza y fray Juan de Zumárraga, introductores de los estudios superiores en la Nueva España (280).
La Universidad y la tipografía. Ya existían el Colegio de Tlatelolco, para indios, y los de San Juan de Letrán y La Concepción, para mestizos, cuando el Cabildo de la ciudad solicitó, y concedió el virrey, licencia para que se fundase “una Universidad de todas ciencias, donde los naturales y los hijos de los españoles fuesen industriados en las cosas de nuestra santa fe católica y en las demás facultades”. Contribuyó Mendoza con rentas propias para los primeros gastos de la fundación, y aun llegó a designar maestros; pero la gloria de llevar a cabo el establecimiento de las escuelas corresponde a su sucesor, don Luis de Velasco, que fue el encargado de poner en ejecución la Real Cédula del emperador Carlos V, fechada en Toro a 22 de septiembre de 1551, por virtud de la cual la Universidad de México, dotada con mil pesos de oro de minas al año, comenzó a gozar los mismos privilegios y franquicias que la de Salamanca. Otra Cédula de Felipe II, fechada en Madrid a 17 de Octubre de 1562, confirmó y aun amplió estos privilegios, después que la Sede Apostólica, en 1555, había dado a la Universidad el título de Pontificia, concediendo el patronato de ella a los reyes de España.