Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los resultados obtenidos por la providencial Epopeya Evangelizadora, son algo grandioso y único en su género: fe y santidad, lengua y cultura, sangre y héroes (11)

Las diecinueve Universidades erigidas por España en el Nuevo Mundo son una gloria imperecedera de la colonización española (1)

Real y Pontificia Universidad Santo Tomás de Aquino

“Fundáronse Universidades, que llegaron a ser famosas, en Méjico y Perú, en Santa Fe de Bogotá, en Lima y en Córdoba de Tucumán, que atraían a la juventud del Río de la Plata. Con la ciencia florecían las artes…”.

(Cardenal Gomá, 12-X-1934).

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Con el “esfuerzo educativo y escolar, grandioso y profundamente duradero”, que realizó la Nación Madre en favor de los íncolas americanos, docenas de pueblos fueron introducidos en el vasto campo del saber romano-cristiano. Aztecas, incas araucanos y guaraníes dejaron sus toscas instituciones y sus primitivos lenguajes, y abrazaron las ubérrimas tradiciones intelectuales de que era transmisora la fecunda lengua de la meseta ibérica. A esta perfecta asimilación de los indios a la cultura superior, con que se les pretendía enriquecer, colaboraron con eficiencia las innumerables Universidades que se fundaron en el Nuevo Mundo, establecidas—no lo olvidemos—tanto para los peninsulares y criollos como para los mestizos y naturales. Ya hemos visto que el “ayudar con sus aulas a estabilizar en los principios cristianos a los indios convertidos”, era uno de los principales fines a que aspiraban los monarcas españoles al decretar la erección de estos establecimientos docentes. Asilo alegaban en sus cartas a la Santa Sede cuando presentaban demanda de privilegios pontificios para las Universidades transmarinas.

Tales centros de alta ciencia, bien dotados y estratégicamente diseminados, desde Méjico, en el Norte, hasta Córdoba, en el Sur, son una gloria imperecedera de Hispanoamérica. Ha dicho Pío XII al V Congreso Iberoamericano de Educación Católica, moderno eslabón de la ininterrumpida cadena cultural que siempre ha ligado con la Iglesia a las tierras de Colón.

“En no pocas zonas del Nuevo Mundo, los movimientos sociales y políticos, que siguieron a su independencia, vieron penetrar en el campo de la enseñanza ideas y principios que, partiendo de un liberalismo y de un laicismo que audazmente, pretendía dominarlo todo, desembocaban en un monopolio, escolar, con daño evidente de la integral formación cristiana…

Y eso en un mundo como el vuestro, iberoamericano, en el que la Iglesia, plenamente consciente de la misión cultural que acompaña a su mensaje religioso, desplegó con fray Juan de Zumárraga, fray Alonso de la Vera Cruz y el gran Obispo Vasco de Quiroga, en Méjico; con fray Jerónimo de Loaisa, José de Acosta y el excelso metropolitano limeño Santo Toribio de Mogrovejo, en el Perú; y con los jesuitas Torres Bollo, Manuel de Nobrega y San Pedro Claver, en el antiguo Paraguay, en el Brasil y en la Nueva Granada, un esfuerzo educativo y escolar que, dada la escasez de medios de aquella centuria y las dificultades que a él se oponían, Nos complacemos en llamar grandioso y profundamente duradero. Basta recordar el intento, en gran parte logrado, de aquellos grandes misioneros, secundados por el espíritu universal y católico de la legislación de sus monarcas, de fundir en un solo pueblo, mediante la catequesis, la escuela y los colegios de Letras Humanas, el elemento indígena con las clases cultas venidas de Europa o nacidas ya en tierra americana. Ni ese esfuerzo se limitó a la enseñanza elemental y humanística. Porque es gloria imperecedera de Hispanoamérica que en el siglo XVIII florecieran en diecinueve de sus ciudades otros tantos o más centros universitarios, inspirados y dirigidos por la Iglesia, que fueron objeto de la admiración y los elogios de un Alejandro de Humboldt” (276).

(276) El Barón Alejandro de Humboldt (1769-1859), eminente naturalista e historiador alemán, recorrió, a finales del siglo XVIII, la América española, publicando a continuación durante veinte años las observaciones recogidas en su largo y paciente viajé. Su obra, editada en París, alcanza los treinta volúmenes.

(Radiomensaje al V Congreso de la Confederación interamericana de Educación Católica, reunido en La Habana, 12-I-1954).