Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los resultados obtenidos por la providencial Epopeya Evangelizadora, son algo grandioso y único en su género: fe y santidad, lengua y cultura, sangre y héroes (12)

Las diecinueve Universidades erigidas por España en el Nuevo Mundo son una gloria imperecedera de la colonización española (2)

Méjico tiene la gloria de haber albergado uno de estos primeros centros de cultura superior en el continente americano. Oigamos a Menéndez y Pelayo explicar su origen, su constitución y los valiosos éxitos reportados:

“Tuvo el virreinato de Nueva España (como la parte predilecta y más cuidada de nuestro imperio colonial y aquella donde la cultura española echó más hondas raíces) las más antiguas instituciones de enseñanza del Nuevo Mundo, y también la primera imprenta (277).

(277) V. Sierra, catedrático argentino, realza el importante papel de esta primera imprenta del Nuevo Mundo: Uno de los primeros países de Europa que tuvo imprenta fue España, y en América ya hemos visto cómo a los pocos años de la conquista funcionaba una en México. Se calcula que de los tórculos coloniales de México salieron 11.652 obras conocidas, cifra que le hace decir a un escritor de ese país: “Cuántos países del viejo continente se habrían sentido orgullosos de una producción científica y literaria como la nuestra, que, iniciada por el religioso dominico fray Juan de la Magdalena, a raíz de consumada la conquista, en creciente progresión llegó hasta la consumación de nuestra independencia, con las alas siempre abiertas” (El sentido misional de la conquista de América, pág 542).

A los nombres venerables del primer Arzobispo, fray Juan de Zumárraga, y del primer virrey, don Antonio de Mendoza, va unida la introducción de estos dos capitales elementos de cultura:

Universidad de Santo Tomás - Manila (Filipinas)La Universidad y la tipografía. Ya existían el Colegio de Tlatelolco, para indios, y los de San Juan de Letrán y La Concepción, para mestizos, cuando el Cabildo de la ciudad solicitó, y concedió el virrey, licencia para que se fundase “una Universidad de todas ciencias, donde los naturales y los hijos de los españoles fuesen industriados en las cosas de nuestra santa fe católica y en las demás facultades”. Contribuyó Mendoza con rentas propias para los primeros gastos de la fundación, y aun llegó a designar maestros; pero la gloria de llevar a cabo el establecimiento de las escuelas corresponde a su sucesor, don Luis de Velasco, que fue el encargado de poner en ejecución la Real Cédula del emperador Carlos V, fechada en Toro a 22 de septiembre de 1551, por virtud de la cual la Universidad de México, dotada con mil pesos de oro de minas al año, comenzó a gozar los mismos privilegios y franquicias que la de Salamanca. Otra Cédula de Felipe II, fechada en Madrid a 17 de Octubre de 1562, confirmó y aun amplió estos privilegios, después que la Sede Apostólica, en 1555, había dado a la Universidad el título de Pontificia, concediendo el patronato de ella a los reyes de España.

No cayó la semilla en terreno estéril, ni pasó mucho sin que la naciente Universidad, cuyos estudios se inauguraron en 3 de junio de 1553, con inmenso concurso de gentes y asistencia del virrey y de la Audiencia a las primeras cátedras, comenzase a dar muestras de actividad científicas dignas de hombres nada vulgares que hicieron sonar en ellas su voz desde el primer día”.

Y más abajo explica el letrado autor el florecimiento humanístico en la provincia de Méjico, fecundado por las copiosas aguas que se desbordaban de su primera Universidad:

“De tales humanistas y poetas (algunos españoles, que residieron en Méjico) recibió México la iniciación literaria, así como del admirable prosista, autor del Guzmán, de Alfarache, Mateo Alemán, que en 1609 imprimió allí su Ortografía castellana. La cosecha fue en breve tiempo tan abundante que, ya en 1610, podía escribir el dramaturgo Fernán González de Eslava: “Hay más poetas que estiércol” A un solo certamen de 1585, solemnísimo a la verdad, puesto que lo autorizaron con su presencia siete obispos juntos para el concilio provincial mexicano, concurrieron nada menos que trescientos poetas, según refiere Bernardo de Valbuena, que fue uno de los laureados, y que no se harta de encarecer “los delicados ingenios de aquella florida juventud, ocupados en tanta diversidad de loables estudios, donde sobre todo la divina alteza de la poesía más que en otra parte resplandece”. México empezaba a cobrar el nombre de Atenas del Nuevo Mundo”.