Una Epopeya misionera
Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R
Los resultados obtenidos por la providencial Epopeya Evangelizadora, son algo grandioso y único en su género: fe y santidad, lengua y cultura, sangre y héroes (5)
Veamos cómo Pío XII expone cada uno de esos seis elementos principales que integraron la colonización española.
La fe, sublime y verdadera civilización de las almas, es el mayor tesoro que llevó España a las tierras de su patrimonio (1).
“Nosotros encontramos una América idólatra y bárbara y se la entregamos, entre dolores de alumbramiento, a la civilización y a Dios”.
(Cardenal Gomá, 12-X-1934.)
“España rompió los viejos límites del mundo conocido, descubrió un continente nuevo y le evangelizó para Jesucristo”.
(Pío XII, 18-XI-1945).
Quién tiene en su inteligencia bien ordenados los criterios y rectamente jerarquizados los valores, es el único capacitado para apreciar la magnitud de la empresa española en América. El que confiese con la Iglesia que nada hay superior a la fe y al bautismo, y que ambos dones divinos valen más que todo lo creado, incluso la vida -pues estamos obligados a perderla antes que mancillar aquélla o no alcanzar aquél—, no dudará en admitir la infinita superioridad de la colonización española sobre otras protestantes o liberales. El solo hecho de que España facilitara la predicación de la verdadera fe y la administración del bautismo católico a millones de almas, de niños o adultos, levanta a nuestra epopeya por encima de cualquier otra colonización—por benéfica que haya podido ser en otros aspectos—si ha descuidado la difusión de la fe romana.
Supongamos, por un imposible histórico, que la colonización española no hubiera aportado ningún beneficio cultural o humano a los pueblos conquistados, sino sólo el don de la fe verdadera, aportación que pocos se atreven a negar. Imaginemos, por otra parte, una colonización acatólica o laica que hubiera conseguido incorporar seriamente a la cultura del espíritu humano y al progreso técnico a sus pueblos coloniales, pero que al mismo tiempo los hubiera dejado sumidos en sus falsos ritos y abyectas costumbres. ¿Cuál de las dos colonizaciones prevalece? Quien tenga, aunque sólo sea un rayito de fe, brillante aún en su espíritu, falle en este juicio… Más vale a ese pueblo—para aplicar una sentencia evangélica—cojo o tuerto o manco de bienes de esta vida, tener abierta la puerta del Cielo, que con los dos pies o los dos ojos y las dos manos, con trenes y pantanos, con institutos y academias, precipitarse en el infierno.
Pero la realidad, en nuestro caso, es aún más halagüeña. No sólo se aventaja la civilización española por la fe católica, única verdadera, que supo llevar a sus colonias, sino que además consiguió acompañarla de rica cultura y de esplendorosa civilización.
El profesor argentino Vicente Sierra, especialista en estas cuestiones, explica acertadamente la diferencia originaria entre la colonización de tipo ibérico, esencialmente religiosa, y las colonizaciones nórdicas o sajonas, concebidas en troqueles opuestos.
“Éticas distintas determinan hechos diferentes. Los historiadores que en la primera empresa de Colón sólo han visto fantasías orientales a la pesca de tesoros, no pueden acomodar este sentido expedicionario al misional que adquiere de inmediato la segunda expedición; y no lo pueden acomodar porque no advierten que hasta la avaricia necesita ser explicada por algo más que la simple atracción de la riqueza. Desprender la historia de sus contenidos morales es renunciar a hacer historia. Por eso, cuando se identifica la colonización española en América con tantas otras empresas de conquista realizadas por Inglaterra o por Holanda, para citar a las dos más altas expresiones de la colonización moderna, es que no se comprende que son cosas distintas, profundamente diferentes, sin sello alguno de identidad para poder compararlas. Obedecen a conceptos éticos opuestos que determinan dos posiciones económicas igualmente contrarias. Hay en una puros afanes de riqueza, hay en la otra puros afanéis de almas. Ambas responden a las directivas espirituales de las respectivas metrópolis, y es evidente que adentrándose en ellas, de la España de la conquista de Granada, de la Contrarreforma, de la de los Autos Sacramentales, de la del Concilio de Trento, de la de la Compañía de Jesús, de la de Vitoria y Suárez, no podía surgir una colonización, sino una misión; así como de la Inglaterra puritana, la de “Glorious revolution”, la de los robos de los bienes de la Iglesia, la de las leyes contra los pobres, la de los piratas y corsarios, la de la Economía política y el Libro de Oraciones aprobado por el Parlamento, no podía salir una misión, sino una colonización”.
Así como en el ambiente propicio, que había creado en América la fe derramada a manos llenas, pudieron germinar virtudes heroicas y forjarse santos, del mismo modo, en el terreno humano, gracias a la cultura profusamente extendida, aquella civilización hispanoamericana no ha dejado de producir en todo tiempo personas destacadas, hombres de carácter, egregios gobernantes, personalidades de reconocidos quilates científicos, que son hoy la prez de la obra cultural de España en los países otrora sometidos a su cetro.
España y Portugal—digámoslo como es—son los dos únicos Estados Misioneros que, en gran escala, se dedicaron a trasplantar a sus “colonias” la civilización integral de la metrópoli (257).
Pero la labor civilizadora de España católica, no se quedó en el terreno estrictamente sobrenatural. Con la fe—y como medio necesario, para transmitirla con garantías de éxito y continuidad—los misioneros y colonizadores juzgaron sabiamente que se imponía el injerto en América del idioma castellano. Así, aquellos pueblos, por el medio cultural de una lengua latina, podrían entrar en contacto más fácil con Roma y con la cristiandad.