Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los resultados obtenidos por la providencial Epopeya Evangelizadora, son algo grandioso y único en su género: fe y santidad, lengua y cultura, sangre y héroes (3)

Inmaculada Concepción - con la lunaEspaña y Portugal—digámoslo como es—son los dos únicos Estados Misioneros que, en gran escala, se dedicaron a trasplantar a sus “colonias” la civilización integral de la metrópoli (257).

(257) Decimos “en gran escala”, porque nadie ignora, por ejemplo, la admirable obra de los franceses en Canadá, de resultados tan duraderos. Una personalidad canadiense—el Cardenal Léger—llamaba a la obra colonizadora de la nación hermana en América del Norte el “fait français en Amérique”. “El hecho francés en América—decía el eminente purpurado—ha sido la expresión pura y alta de una verdadera civilización y un esfuerzo de libertad, cuya trama cotidiana fue tejida por un heroísmo que sacaba sus energías de la fe en los valores espirituales del catolicismo romano… ¿Por qué los fundadores de Nueva Francia no se acogieron nunca a la seguridad temporal detrás de los mostradores de una factoría de pieles? Es que estaban convencidos de que su misión respondía a una vocación, y hubieran experimentado un sentimiento de culpabilidad si la tierra entera no hubiera oído su mensaje… Champlain, Jolliet, Marquette, Iberville, La Vérendrye no vinieron aquí para enriquecerse ni para descansar. Las playas de dorada arena no les atraían, dejaban las presas de caza a los indígenas; despreciaban los yacimientos de oro… Una energía indomable los empujaba hasta los extremos de este imperio; el fin que perseguían mantenía en su voluntad y en su corazón una rectitud que parecía suprimir todas las distancias” (Discurso del Cardenal Léger en Springfield (EE. UU.), 23-V-1954, en la Documentation Catholique, 22-VIII-1954).

Y el mismo Padre Santo, Pío XII, ha dado un testimonio bellísimo del “fait français en Amérique”; “El Canadá desde que recibió la buena nueva, que, a precio de su sudor y de su sangre, le llevaban intrépidos misioneros, no podía ser una excepción en esta regla de oro de la economía divina. El día en que Santiago Cartier plantaba la cruz en las orillas del San Lorenzo, y en cada punto donde abordaba, mostrándola con las manos a los salvajes y alzando los ojos al Cielo; el día en que, poniendo en un árbol la imagen de la Virgen, le confiaba la salvación de su expedición, puesta en peligro por la epidemia, Jesús tomaba posesión de vuestra tierra con su cruz y con su Madre… Por iniciativa de Champlain comenzó a sonar allí en 1634, lo mismo que en la madre patria, el toque del Angelus por la mañana, a mediodía y por la tarde…

Hace más de tres siglos que en vuestro país se daba ya el nombre de María al río y al lago, al pico de la montaña y a la bahía, mientras que la devoción a su corazón purísimo iba santificando las familias y los hogares. El primer establecimiento pudo ser poco más que unas toscas cabañas a lo largo de la ribera de un río; pero hasta allí se consagró una capillita a Dios para honrar a la Inmaculada Concepción de María. Espíritus aguerridos fueron penetrando rio arriba, y la ciudad que fundaron fue ciudad de María, y hasta su mismo grito de batalla, frente a los salvajes de la floresta, fue siempre: Ave Purísima. Pero aquellos viejos campeones… no hubieran podido jamás imaginar una escena como la que hoy presenta el Canadá…, miles y miles de fieles reunidos hacen pública profesión de fe; de una fe que es la rica herencia que el Canadá ha recibido de la vieja Francia…” (Radiomensaje al Congreso Mariano del Canadá, 19-VI-1947).

La Iglesia fecunda madre de instituciones, ha sido la gran inspiradora de estos dos Estados Misioneros. Así como en la Edad Media había hecho germinar, con su vital impulso, un Imperio sagrado, brazo secular de la Iglesia, que fuera ejemplo típico de Poderes al servicio total de la Esposa de Cristo, así también, en la Edad Moderna, supo dar aliento y vida a dos naciones misioneras, modelos únicos de Estados que, conscientes del fin último de todos los hombres, se han dedicado a extender la fe cristiana a otros pueblos. Si sacros imperios no hay más que uno en la historia de la Iglesia, el que se llamó Romano Germánico, los Estados Misioneros se han concentrado en la Península Ibérica.

Por ello, Iberoamérica—con algún pequeño país más—es monotipo de tierras de misiones transformadas definitiva y radicalmente en territorios civilizados y cristianos.