Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los resultados obtenidos por la providencial Epopeya Evangelizadora, son algo grandioso y único en su género: fe y santidad, lengua y cultura, sangre y héroes (4)

Apología de la HispanidadAsí como en el ambiente propicio, que había creado en América la fe derramada a manos llenas, pudieron germinar virtudes heroicas y forjarse santos, del mismo modo, en el terreno humano, gracias a la cultura profusamente extendida, aquella civilización hispanoamericana no ha dejado de producir en todo tiempo personas destacadas, hombres de carácter, egregios gobernantes, personalidades de reconocidos quilates científicos, que son hoy la prez de la obra cultural de España en los países otrora sometidos a su cetro.

No menos florecieron en el periodo colonial artistas y literatos de ingenio. Se ha dicho, con razón, que “el arte y la poesía son el espejo de la civilización de los pueblos”. En efecto, en ambas disciplinas se expansionan las potencias superiores del hombre, cuando han Regado al culmen de su desarrollo natural.

Las eminencias que ilustraron América, tanto las científicas como las literarias, pregonan con sus brillantes obras la excelencia de la civilización a cuyo calor se formaron.

Por eso, hemos separado algún testimonio de Pío XII sobre las lumbreras destacadas de Hispanoamérica.

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A este bosquejo de la estructura colonial hispanoamericana añadiremos un último trazo: la fusión de las razas, lograda por medio del noble y cristiano cruzamiento. Elemento de civilización no necesario de sí, pero—hay que reconocerlo—eficacísimo, y casi imprescindible en la práctica, para alzar a un pueblo del salvajismo a una vida auténticamente civilizada.

La religión y la cultura -factores esenciales de toda civilización- pueden, sí, ser infundidos en los pueblos colonizados sin que sea menester al colonizador mezclar su propia sangre con la sangre conquistada. Pero el proceso de asimilación es mucho más lento, y no alcanza los resultados asombrosos del mestizaje. Antes de poner peros a esta afirmación se ha de tener en cuenta que las razas: salvajes arrastran generalmente en sus venas las inmundicias amontonadas por degradantes vicios ancestrales. La lujuria más antinatural, la crueldad, la holgazanería, han ido dejando su poso envilecedor en el caudal hereditario de la mayor parte de los pueblos inferiores. Cuando un pueblo superior se impone la dura función de purificar ese caudal, dos caminos se ofrecen a su noble afán: el primero, que rechaza el mestizaje o la mezcla de la raza superior con la inferior, trata de purificar el alma salvaje, creando en ella nuevos hábitos a fin de que éstos logren tras recias luchas, continuadas durante varias generaciones, contrarrestar y superar el pernicioso remanente requisito acumulado durante varias centurias; el segundo camino consiste en infundir directamente en las arterias de la raza sangre más pura, más casta, más trabajadora, más cristiana. Este segundo proceso es, a no dudarlo, más rápido y más eficaz.

Pues, bien: España prefirió heroicamente este segundo, dejando el primero a otros pueblos que no tuvieron valor y arrestos cristianos para abajar su sangre hasta fundirla con la de otras estirpes.

Sabido es que se ha dado un tercer método de “purificación” (¡o de exterminación!) a cargo de ciertas colonizaciones de tipo protestante, que, sin ningún temor de Dios y ávidas solamente de oro y especias, no se han detenido ante ningún horror. Consiste este método en hacer desaparecer la sangre impura por la destrucción sistemática de sus representantes. Más que purificar la sangre, se trata de purificar el territorio… Pero, claro está, la opción de este camino inhumano no es lícita en ningún caso a cualquier pueblo que conserve algún asomo de cristianismo.

El primer método es, pues, la mera cohabitación de estirpes. El segundo es la cristiana fusión de estirpes. El tercero entraña, la exterminación de la estirpe inferior.

Es gloria imperecedera de España católica el que en la civilización de las Indas Occidentales adoptara decididamente el sistema de la fusión de las razas; y su ejemplo a lo cristiano adquiere hoy plena actualidad cuando renacen con marcada crudeza los eternos problemas raciales, y los hombres de buena voluntad anhelan encontrarles soluciones estables.

Religión, santidad, lengua, cultura, héroes y sangre, he aquí, pues, las seis perlas con que España adornó la frente lozana de América al redimirla de la esclavitud material y espiritual en que yacía, para presentarla al gran Rey de las Naciones. Añadiremos una nota más, típica de la colonización española, y avalada por un preciosísimo texto de Pío XII, cuando no era aún más que Cardenal. Nota derivada más o menos de las anteriores, y marco espléndido de su realización: la Realeza pública de Jesucristo, aplicada íntegramente en la sociedad colonial americana.

El Salvador del mundo, recordémoslo una vez más, reinaba en aquel Imperio plenamente, como había reinado en la Edad Media en toda Europa, y como aún reinaba en los Estados europeos de origen latino, preservados de la herejía protestante. La América española venía a formar parte cabal de la cristiandad. Las Indias eran, en realidad, dentro de su pleno sentido, una Nueva España, pues allí como aquí—es frase del Cardenal Pacelli—, “al proclamarse la realeza de Cristo, no se pronunciaba una palabra vacía, ni siquiera una palabra mutilada en su más hondo sentido, sino una palabra llena de asombrosas realidades”.