Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los resultados obtenidos por la providencial Epopeya Evangelizadora, son algo grandioso y único en su género: fe y santidad, lengua y cultura, sangre y héroes (2)

Catedral de Lima - PerúPero la labor civilizadora de España católica, no se quedó en el terreno estrictamente sobrenatural. Con la fe—y como medio necesario, para transmitirla con garantías de éxito y continuidad—los misioneros y colonizadores juzgaron sabiamente que se imponía el injerto en América del idioma castellano. Así, aquellos pueblos, por el medio cultural de una lengua latina, podrían entrar en contacto más fácil con Roma y con la cristiandad.

Por otra parte, las lenguas indígenas, pobres en recursos de gramática, y carentes de toda tradición literaria, estaban llamadas por la fuerza de las cosas, en una colonización verdaderamente tal, a ser absorbidas por el habla pingüe e ilustrada de los conquistadores. Estos conscientes de la necesidad de este proceso unificatorio, hicieron cuanto estaba en su mano para enseñar a los pueblos nativos su propio idioma. Los excelentes resultados de su esfuerzo están a la vista. En nuestros tiempos, las lenguas primitivas americanas han pasado casi totalizante a los archivos de la lingüística, al ser sustituidas felizmente por las dos lenguas cultas de Iberoamérica.

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La cultura, obligada secuela de la lengua, abordaba con el habla castellana a tierras americanas. En el saber literario y científico que difundían ampliamente las Universidades y los Colegios, encontraban los pueblos del Nuevo Mundo el segundo eje fundamental de toda civilización.

A osadas que civilizar, en su sentido auténtico –que es el cristiano—, no consiste en crear en las colonias unos cuantos centros de servicio médico, instalar ciertas redes de telégrafos y de ferrocarriles, y construir, determinado número de puertos, puentes y carreteras—con fines en mayor o menor grado desinteresados y altruistas—, mientras se abandona a los puebles coloniales—más o menos consciente y aún más o menos intencionadamente—en medio de sus fanáticos y feroces ritos religiosos, estancados en lenguas analfabetas, y entregados a sus costumbres depravadas y salvajes.

Una civilización verdaderamente tal ha de tender a perfeccionar al hombre mismo, más que al territorio donde mora y no de cualquier modo, sino en los órdenes más elevados y propios del ser inteligente. Los cuales no son, por supuesto, el industrial o económico, sino el sobrenatural de la fe y de la religión, y el natural de la cultura y del idioma.

En el respeto a esta jerarquía de valores se destacó soberanamente la civilización que podríamos llamar de tipo ibérico, para no llamarla con más propiedad de tipo cristiano a secas.

Esta civilización “integral”, que elevaba o educaba al hombre todo entero, al hombre “íntegro”, fue patrimonio exclusivo de la civilización creada en América por los dos pueblos hispanos, animados por el impulso de la Iglesia Católica. Un especialista en misionología ha tributado al sistema español de colonización este sincero elogio:

“Los españoles en todas, partes aparecen como constructores: iglesias catedrales, monasterios, hospitales, palacios de los gobernadores, fuertes que defienden todo esto. Ellos crean, no mesas de cambio o factorías, sino ciudades permanentes, tanto en el orden temporal como en el espiritual. Su idea, desde el principio es la misma: adquirir toda la región para la Iglesia Católica. Filipinas y la América española demuestran que obtuvieron un resultado que nadie ha obtenido”.

Si queremos comprender la causa de este singular éxito dentro de la historia misionera de la Iglesia, obligadamente hemos de acudir a la privilegiada situación de la España y Portugal de los siglos XVI y XVII. Ambas naciones contaban en aquel entonces común elemento casi esencial para llevar a naciones bárbaras, en un número de años relativamente corto, los tesoros de la fe y de la cultura cristiana. Este elemento era la mancomunidad de esfuerzos misionales entre la sociedad temporal y la sociedad espiritual, la confluencia en la empresa de todos los recursos de la nación.