Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Indios Bautizándose

Los resultados obtenidos por la providencial Epopeya Evangelizadora, son algo grandioso y único en su género: fe y santidad, lengua y cultura, sangre y héroes (1)

“Porque ésta es la característica de la obra de España, en América: darse toda, y darlo todo, haciendo sacrificios inmensos, que tal vez trunquen en los siglos futuros su propia historia, para que los pueblos aborígenes se den todos y lo den todo a España; resultando de este sacrificio mutuo una España nueva con la misma alma de la vieja España, pero con distinto sello y matiz en cada una de las grandes demarcaciones territoriales”.

(Cardenal Gomá, 12-X-1934).

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España había recibido de Dios una gracia singular, una heroica y providencial vocación. Más eso no bastaba. España hubiera podido, en rigor, ser infiel a su destino como pueblo. Pero no, como hemos oído también de boca de Pío XII, la nación que sentía correr por sus venas sangre misionera y anhelaba ser madre de pueblos, acudió generosamente al llamamiento divino, convirtiéndose en el heraldo del Evangelio en el Nuevo Mundo.

Los resultados de la larga obra, en parte los vocean incansables las crónicas indianas, y en parte los podemos contemplar nosotros mismos, plasmados en los veinte pujantes retoños del viejo árbol peninsular.

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La fe católica es el primer resultado de la epopeya de los mares, y la más hermosa joya con que la Madre España atavió a sus hijas en su nacimiento a la civilización.

La Historia atestigua que, al finalizar el siglo XVI, florecientes misiones santificaban las amplias latitudes americanas, y que grandes contingentes de indios habían ya abrazado la fe católica y estaban sometidos al suave cetro de Jesucristo: el continente podía considerarse ya vasallo del Rey de reyes (254).

(254) Se ha calculado que a finales del siglo XVI, es decir, cien años después del descubrimiento del Nuevo Mundo, había unos catorce millones de indios bautizados. Véase CHARLES: Dassier de l`Action Missionnaire, número 67, Lovaina, 1926-29.

La Iglesia continuaría en los períodos subsiguientes laborando con ánimo constante hasta arrebatar los últimos reductos de la infidelidad. Y hoy las misiones vivas en América están reducidas a menguadas zonas del interior o de las extremas latitudes, cuyos aborígenes quedan por entrar en el redil de la Iglesia. De tal manera que las tierras que dependían en otro tiempo de las dos Coronas ibéricas son actualmente pueblos católicos en su inmensa mayoría; y, a pesar de las corrientes liberales que los han azotado durante más de cien años, muchos de ellos hacen constar valientemente en sus constituciones que el Catolicismo es la religión de la generalidad de su pueblo y la única del Estado (255).

(255) Por ejemplo, Venezuela, Perú, Santo Domingo, Costa Rica, Ecuador, Paraguay, Bolivia, Argentina (véase el discurso en que Pío XII felicita a esta última nación por su catolicismo oficial, 6-III-1948), etc. (Datos tomados del Diccionario abreviado Espasa Calpe, 1955)

Haber engendrado tan intrépida descendencia es el más bello blasón del león, ibérico, y sus cachorros son su gloria y su corona.

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La santidad es fruto exclusivo de una fe arraigada: los santos no nacen en campos estériles bañados por aguas superficiales. La flor, delicada de la virtud heroica necesita, por lo general, para poder brotar, una tierra cultivada ya durante varias generaciones por sólidas virtudes cristianas. Y éstas son patrimonio de países franca y profundamente creyentes.

La hagiografía de veinte siglos de cristianismo hace palmaria esta verdad: ¡Los santos no se improvisan!

Ahora bien, la floración de mártires, confesores y vírgenes, que adornó profusamente el vergel colonial de las Indias—episodio señero de dos anales de las misiones católicas—, es un indicio claro de que el catolicismo americano no era algo superficial y pasajero, como se ha repetido tan: machacona como indocumentadamente por los adversarios de esta gran hazaña misionera, sino que había penetrado hondamente en los pueblos coloniales. En realidad, no era sino el añejo y generoso catolicismo español, que, trasegado cuidadosamente cual preciado licor, a nuevas y espaciosas bodegas en el otro lado del mar, seguía produciendo sus dulces efectos.