Una Epopeya misionera
Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R
Sentido misionero de la conquista y colonización de América (4)
Pío XII recordará, por su parte, al ocurrir el V centenario del nacimiento de Isabel, las ansias maternales de la santa reina por el bien espiritual y material de los indígenas de América, que ella misma llamaba “mis hijos de Indias”.
“No puede existir la menor duda acerca del puesto que en esta lucha (lucha por la paz), trabada con los más nobles fines, le corresponde, a España. Vuestra excelencia viene precisamente de aquellas tierras hacia las que se volvieron los ojos moribundos de la gran Isabel—cuyo centenario este año se celebra-, de aquel espíritu singular del que en estos momentos querríamos evocar no tanto la fortaleza o la visión política, cuanto las ansias maternales de paz, dictadas por un concepto profundamente cristiano de la vida que pedía para los que llamaba sus hijos de América un trato llenó de dulzura y devoción.
Lo que predicaron los apóstoles hispanos en el Perú y en toda América, lo que enseñaron sus filósofos y teólogos en Salamanca, en Alcalá y en Trento; lo que cantaron sus poetas en estrofas inspiradas; lo que pregonaron sus santos con sus vidas ejemplares, lo que testimoniaron heroicamente sus mártires de todos los tiempos, estrellas son en el Cielo de su historia, a cuya luz jamás podrán resistir mucho tiempo las nieblas densas, pero artificiosas, suscitadas por el espíritu del mal. El nexo vivo y vital que une a la vieja España con el resto de la comunidad de las naciones se podrá olvidar temporalmente o menospreciar ante la presión de opiniones o de corrientes transitorias. Pero Nos pedimos al Cielo que no tarde la hora en que las disonancias y las distancias de hoy se pierdan en una fructuosa armonía de propósitos y de actividades…” (163).
(163) No se olvide que entonces arreciaba el famoso “bloqueo” de España en la O. N. U.
(Discurso a D. Fernando María Castiella, nuevo embajador de España ante la Santa Sede, 13-XI-1951.)
Los primeros Reyes Católicos, con su celosa postura ante el descubrimiento, marcaban una ruta cristianísima a sus sucesores en el trono. Sus hijos y nietos—que se llamen Carlos, Felipe o Fernando—sabrán continuar protegiendo a las cristiandades nacientes y alentando nuevas y arriesgadas expediciones de conquista y evangelización. A menudo, los gastos generales de las misiones se hacían a costa del erario público, que los monarcas no dudaban en agotar cuando se trataba de extender el ámbito del Evangelio (164).
(164) He aquí un ejemplo de lo que supuso para el Tesoro español el solo envío de misioneros, según un cálculo realizado en 1939. Una media de 200 religiosos, se trasladaban a América y Filipinas todos los años, y cada viaje de misionero, desde la salida del convento basta su arribo a la misión, con pasaje, bolsa de provisiones, etc., costaba unos 1.000 pesos: 200 X 1.000 = 200.000 pesos por año de envío de misioneros; cantidad que, multiplicada por trescientos años que duró la ininterrumpida evangelización, asciende a 60 millones de pesos, es decir, 600 millones de pesetas de 1939. Eso sólo por el traslado de misioneros; añádase construcción y dotación de catedrales, iglesias, manutención del clero, ornamentos, etc.
Pero si Fernando e Isabel trabajaron de mancomún en la realización de la conquista y pacificación, nadie ignora que la católica Reina de Castilla, “princesa bienaventurada”, como la llama Fray Luis de León, tuvo en todo lo relacionado con América un punto destacadísimo.
“Aquellos Reyes Católicos que se propusieron, como motivo fundamental de sus empresas, la propagación de la fe y la dilatación del reino de Cristo en la tierra”.
“Abordamos en las costas de América, no para uncir el Nuevo Mundo al carro de nuestros triunfos, que esto lo hubiese hecho un pueblo calculador y egoísta, sino para darle nuestra fe y hacerle vivir al unísono de nuestro sobrenaturalismo cristiano. Así quedamos definitivamente unidos, España y América, en lo más sustancial de la vida, que es la religión”.
Pero lo que parece más cierto—después de estudiar sus discursos—es que Pío XII, el Papa de las grandes visiones del porvenir, bahía barruntado en la Hispanidad uno de los más recios baluartes de la civilización del mañana. Y quería a toda costa, asegurar la base esencial de esta Hispanidad: su catolicismo romano. De ahí su constante empeño en recordar, por activa y por pasiva, que la esencia de los pueblos hispánicos, la antorcha común que iluminó su entrada en la Historia fue la fe cristiana.