Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Sentido misionero de la conquista y colonización de América (3)

Reina Isabel la CatólicaPero si Fernando e Isabel trabajaron de mancomún en la realización de la conquista y pacificación, nadie ignora que la católica Reina de Castilla, “princesa bienaventurada”, como la llama Fray Luis de León, tuvo en todo lo relacionado con América un punto destacadísimo.

“Fue Isabel—como recuerda Rohrbacher—quien sostuvo a Colón en la peligrosa empresa; y, en este sentido, es merecedora con él de la gloria del descubrimiento del Nuevo Mundo. Su exclusivo deseo, al favorecer las expediciones de Colón, fue contribuir a la propagación de la fe cristiana entre los pueblos salvajes cercados de tinieblas. Mientras vivió, no sólo proveyó a la instrucción de sus nuevos súbditos, sino que les procuró un gobierno dulce y humano”.

Conocida es también su frase, que luego pasó a las Leyes de Indias: “Los naturales de Indias son tan vasallos nuestros como los nacidos en Castilla”.

Ultimo y precioso recuerdo de los sublimes ideales de Isabel la Católica es su testamento. Dictado en el castillo de La Mota, expresa así, en una de sus cláusulas, el anhelo misionero de la gran reina, cuyo proceso de beatificación acaba de introducirse:

“Ítem: Por cuanto al tiempo que nos fueron concedidas por la Sede Apostólica las islas y tierra firme del mar Océano, descubiertas y por descubrir, nuestra principal intención fue, al tiempo que lo suplicábamos al Papa Alejandro VI, de buena memoria, que nos hizo la dicha concesión, de procurar introducir y traer los pueblos de ellas y los convertir a nuestra santa fe católica, y enviar a las dichas islas y tierra firme prelados y religiosos y clérigos y otras personas doctas y temerosas de Dios para instruir a los vecinos y moradores de ellas en la fe católica, y los enseñar a doctor de buenas costumbres, y poner en ello la diligencia debida, según más largamente en las letras, de dicha concesión se conviene; por ende, suplico al Rey mi Señor, muy afectuosamente, y encargo y mando a la dicha princesa mi hija y al dicho príncipe su marido, que así lo hagan y cumplan, y que éste sea su, principal fin, y que en ello pongan mucha diligencia, y no consientan ni den lugar que los indios, vecinos y moradores de las dichas Indias y tierra firme, ganadas y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas y bienes; mas manden que sean bien y justamente tratados; y si algún agravio han recibido, lo remedien y provean, por manera que en la dicha concesión nos es inungido y mandado”.