Entre la aurora y el ocaso
Si una casa sin niños es triste, una casa sin ancianos es incompleta. Para que la familia constituya la vida en todo aquello que tiene de más íntimo, es necesario que reúna los dos extremos: la senectud que sabe y es reflexiva, la infancia que ignora y es atrevida. El colegio y el asilo tienen algo de artificial, de museo, de prisión.
La flor separada de la planta pierde la mitad de su frescura, la rama desgajada pierde en seguida la lozanía. Los ancianos que, vistos separadamente, en la familia, tienen una belleza venerable muy suya, y convierten la casa en Sigue leyendo



