Obra Cultural

Entre la aurora y el ocaso

Si una casa sin niños es triste, una casa sin ancianos es incompleta. Para que la familia constituya la vida en todo aquello que tiene de más íntimo, es necesario que reúna los dos extremos: la senectud que sabe y es reflexiva, la infancia que ignora y es atrevida. El colegio y el asilo tienen algo de artificial, de museo, de prisión.

La flor separada de la planta pierde la mitad de su frescura, la rama desgajada pierde en seguida la lozanía. Los ancianos que, vistos separadamente, en la familia, tienen una belleza venerable muy suya, y convierten la casa en santuario, reunidos en un asilo presentan la visión peyorativa de la vejez, y ofrecen un tema de meditación triste como un atardecer.

Los niños quieren a los viejos, les aman y son los únicos que no se fijan ni poco ni mucho en las mejillas rugosas, en la boca sin dientes, en el cuerpo encorvado; se aferran al abuelo, a la abuela a la criada anciana, se abandonan sobre sus rodillas, asoman la cabecita por encima de sus hombros. Cuando todo natural atractivo les abandona, la Providencia regala a los ancianos de vida intachable el reverente afecto dé los jóvenes y el amor de los niños. La indiferencia, el descuido y algunas veces el desdén por los viejos, se despierta más tarde en los jóvenes que quieren saber más que el maestro y campar por sus respetos, no en los niños. Para éstos, son generalmente los abuelos unos aliados contra la severidad de los padres, unos con descendientes compañeros de juegos, unos magos que saben el por qué de todos los misterios, el modo de reparar todos los disparates, el secreto de los cuentos maravillosos e interminables.

Los padres

Los padres no se escogen cual se puede escoger a la amiga o el marido. La Providencia nos los da, y tanto los necesitamos de pequeños, que sólo el pensar que podemos perderlos nos espanta. Nuestro amor instintivo es tan grande como nuestra necesidad, y encuentra en la madre un luminoso sosiego. Con la madre se aprende a conocer la vida a través de la bondad y del amor; con eI padre, a través del trabajo, del esfuerzo, de la lucha.

El cuarto mandamiento dice: «Honra a tu padre y a tu madre» No dice ama, porque supone el amor hacia los padres tan naturalmente espontáneo, que no es preciso mandarlo, mientras que no siempre son espontáneas la gratitud, la deferencia, la obediencia, con las cuales se honra a alguno. El amor natural es casi siempre egoísta y, cuando ha conseguido su objeto, se apaga; mas donde termina el sentimiento espontáneo que nos tiene sometidos, empieza el deber de honrar a los padres, teniendo muy presente cuánto han hecho y cuánto hacen por nosotros, la madre con su abnegación sin límites, el padre con su trabajo vigilante. Sólo cuando la muerte nos los arrebata, apreciarnos como es debido el amor de los padres; o también cuando llegamos a serlo, cuando sabemos por experiencia propia cuánto cuestan y cuánto se quiere a los hijos. Entonces, como movidos por una profunda piedad hacia nosotros mismos, nos volvemos con gratitud hacia quien nos amó con el amor que más se asemeja al de Dios: a pesar de nuestros defectos, sin ningún cálculo y con el solo deseo de nuestro bien.

«Honrar» significa amar a los padres con hechos y demostrarlo en el talante de cada día y en las cosas pequeñas, sin esperar las grandes que quizás no se nos presentarán nunca; significa vencer la soberbia que nos vuelve reservados y desconfiados, y abrirles nuestra alma; como a representantes de Dios; significa dedicarles nuestro tiempo, nuestras sonrisas, nuestra dulzura, la flor de nuestra alegría y de nuestra cortesía, pensando que el reservar la frialdad y los desaires para los que nos aman y que estamos seguros no pueden dejar de amarnos, es una forma de ingratitud y villanía. No puede ser sinceramente bueno con los extraños quien no es bueno en familia, y vale poco para el progreso del espíritu, el lograr mucho honor delante del mundo, cuando se contrista a los padres. No se puede decir al Señor con pleno abandono: «Padre nuestro que estás en los cielos» cuando la conciencia nos acusa de haber ofendido a nuestro padre de la tierra, que tiene sobre nosotros derechos casi divinos.

El lugar de los ancianos

La conciencia cristiana se siente hoy sacudida por interrogantes tan incisivos como éstos: «¿Estorba el anciano en el hogar?» «¿Será el Estado quien deba atender en exclusiva las exigencias de la tercera edad?» «¿Subsidios, residencias o asnos son la solución adecuada a las necesidades de los ancianos?» Para calificar la calidad hogareña de una familia, tal vez uno de los tests más reveladores pudiera ser la clase de trato dispensado a sus ancianos. Nuestra sociedad es progresivamente utilitarista: prefiere la mesa metálica funcional, fabricada por máquinas anónimas, al antigua bargueño labrado pieza a pieza por una artesanía paciente. El valor clave que manda en nuestra civilización es el «económico». Y la familia, y con ella los ancianos, se incrustan en esta sociedad de marcado sello económico ¿El anciano -se pregunta hoy- es útil? ¿El anciano produce? Según se responda a estas cuestiones, se optará por la admisión acogedora en el hogar o por el envío «librador» al asilo o residencia. Está cada vez más arraigada en la mentalidad corriente la idea de que los ancianos sólo significan un peso para el hogar, porque agudizan los problemas de la convivencia. Se ha tratado de dar un enfoque social al problema y así han nacido los asilos, las residencias.

Alegrarles la vida

El anciano es alguien que ha vivido, que ha desarrollado su actividad en otro tiempo. Y en aquel «otro tiempo» se encontraba encajado, a gusto, porque participaba en su construcción. Pero hoy se encuentra fuera de tiempo y de lugar, se siente incómodo, porque el mundo sigue haciéndose sin él. Precisamente por ello necesita más que nadie un cierto calor afectivo en su entorno. Sólo el amor puede mantenerlo integrado, es decir, viviendo con la suficiente fuerza. El amor de la gente que le rodea. El respeto de quienes viven con él. Sólo cuando un anciano no se siente amado es cuando se siente totalmente inútil. Sólo los abandonados, los solitarios, pierden amor a la vida. Ser anciano es ya una dosis de soledad inevitable. Pero ser anciano «abandonado» es la soledad total. Una sociedad incapaz de amar y respetar a sus ancianos es una sociedad indigna, cancerosa, condenada, a su vez, a una futura y total soledad.

Darles categoría

De todo lo cual se deduce que «la familia» es el lugar ideal para la vida de los ancianos. La casa de siempre, con los hijos, los nietos, la familia, quienes pueden y deben amarlos por encima de problemas, desánimos, defectos y altercados. Aunque ese amor sea menos cargado de comodidades y soluciones prácticas. La integración familiar de todos sus miembros, incluso en momentos de conflicto o especial dificultad, como pueden ser la enfermedad o la vejez, es condición indispensable para la auténtica convivencia en el amor. La vida social es un conglomerado en que cada ser humano, los niños, los adolescentes, los jóvenes, los maduros, los ancianos, padres hijos y nietos, tiene algo que aportar a los demás, algo de lo que todo el conjunto se beneficia. Sólo cuando resulte absolutamente imposible la integración da los ancianos en su familia, se puede permitir la existencia de asilos o residencias, por lujosas y superespecializadas que éstas sean. El sitio del anciano en su familia es un sitio que se merece, que no se le da «por favor». Un sitio donde mucho puede dar con su mera presencia.

Pensemos que, si Dios no nos llama antes a rendirle cuentas, un día u otro llegaremos también nosotros a la ancianidad. Tratemos, pues, hoy a nuestros ancianos, como desearemos ser nosotros tratados cuando ocupemos su lugar.

Comprenderlos

Para comprenderlos es necesario amarlos. Acercándonos íntimamente a ellos, se descubre que tienen las mismas pasiones que los jóvenes, exacerbadas o purificadas por los años; si exacerbadas, son abominables; si purificadas, son dignas de estudio y aun de admiración. Un anciano vicioso, que no obra el mal porque no puede, repele y produce náuseas; un hombre para quien los años han sido peldaños para superarse a sí mismo y a las cosas, alcanza con las canas una serenidad, una elevación, una humanidad tan clara y poderosa, que subyuga como las blancas cimas de los Alpes. Familias de ancianos de esta veta, están fundadas sobre roca. Los jóvenes aprenden de ellos a bien vivir y a amar la vida.

«DIOS TE SALVE, LLENA DE GRACIA, EL SEÑOR ES CONTIGO», dijo el Arcángel San Gabriel, como consta en la Biblia. ¡Dichosos los que cada mañana y cada noche rezan las TRES AVEMARÍAS, para asegurar su salvación!