Obra Cultural
La Virgen María, según la Biblia, es Madre del Mesías, es Madre del Salvador, es Madre del Redentor, es Madre de Jesucristo, es verdadera Madre de Dios. Y por ser Madre de Dios -escribe Santo Tomás de Aquino- la Virgen María adquiere una dignidad casi infinita, inferior ciertamente a Dios, pero muy superior a toda criatura, sea humana, sea angélica, sea creada ya, sea en potencia (o en el futuro). Y esta dignidad le viene a la Virgen de haber dado la carne y la sangre propia a su hijo Jesucristo: porque la carne de la Virgen pasó a ser también carne de Dios, y porque la sangre de la Virgen pasó a ser también sangre de Dios.
En el Nuevo Testamento, la Virgen María sigue paralelamente su Hijo. Y donde se encuentre el Hijo ha de encontrarse la Madre. Tenemos así la Anunciación del Arcángel San Gabriel; tenemos la Visitación de la Virgen a su prima Santa Isabel; tenemos el Nacimiento de Dios en Belén; la Presentación del Hijo de Dios en el Templo de Jerusalén; tenemos a la Virgen en las bodas de Caná de Galilea; tenemos a la Virgen en el monte Calvario junto a la cruz de su Hijo; tenemos a la Virgen en el Cenáculo presidiendo el retiro de los Apóstoles esperando al Espíritu Santo; tenemos a la Virgen en el Apocalipsis…
A todos estos pasajes bíblicos donde encontramos a la Virgen la Sigue leyendo

Para los católicos, la doctrina del Concilio Vaticano II acerca del culto que debemos tributar a la Santísima Virgen María, no es ninguna novedad, sino la confirmación de lo que enseñó y practicó siempre la Iglesia Católica desde hace más de mil quinientos años. Dice el Vaticano: «María, ensalzada por gracia de Dios, después de su Hijo, por encima de todos los ángeles y de todos los hombres, por ser Madre Santísima de Dios, que tomó parte en los misterios de Cristo, es justamente honrada por la Iglesia con un culto especial. Y ciertamente, desde los tiempos más antiguos, la Virgen es venerada con el título de «Madre de Dios», a cuyo amparo los fieles suplicantes se acogen en todos sus peligros y necesidades».
Reflexiones de un católico sobre la demoledora afirmación radical de los testigos de Jehová que se expresa así: Jesucristo no es Dios.
Los católicos sabemos que la Ley de Dios debe regir, no solamente en la vida particular sino en la vida política. Es la peor desgracia para una nación que su ley fundamental esté al margen o sea contraria a la Ley de Dios. Dios tiene derecho a ser reconocido en la vida pública. Y los Estados tienen la obligación de proteger el culto privado y también las manifestaciones públicas de la religión. Podríamos decir que la piedra dé toque, para conocer si un candidato puede ser o no votado, sería preguntarle si apoyará o se acomodará a una Constitución que prescinda de la Ley de Dios.