Obra Cultural

Los diez mandamientos.jpgLos católicos sabemos que la Ley de Dios debe regir, no solamente en la vida particular sino en la vida política. Es la peor desgracia para una nación que su ley fundamental esté al margen o sea contraria a la Ley de Dios. Dios tiene derecho a ser reconocido en la vida pública. Y los Estados tienen la obligación de proteger el culto privado y también las manifestaciones públicas de la religión. Podríamos decir que la piedra dé toque, para conocer si un candidato puede ser o no votado, sería preguntarle si apoyará o se acomodará a una Constitución que prescinda de la Ley de Dios.

Pero no basta con lamentarse. Hay momento en que hay que tomar alguna decisión. Y no hay que abstenerse cuando se puede apoyar a candidatos que seriamente busquen el bien común, cuya primada es el reconocimiento de la Ley de Dios en la vida social…

A quienes no debes dar tu voto

-A aquellos candidatos que han dado su voto a leyes anticristianas, como es la ley del divorcio, la ley del aborto y la opresión a la escuela católica. Hay que enterarse, porque votarles es cor-responsabilizarse con su actuación.

-A quienes tienen en sus programas -en los que presentan para las elecciones en los que aprobaron en sus congresos- un esquema de enseñanza y educación totalmente laico, es decir, sin que cuenta para nada la religión.

– A quienes, penetrados de ideologías materialistas y ateas, piensan que la fami­lia constituida conforme a la doctrina cristiana, ha de ser destruida y cambiada de lugar. Así no tienen inconveniente en desvalorizar el matrimonio canónico con el matrimonio civil, apoyándose en una legalidad que quiere presentar estas conductas­ como algo normal y correcto.

– A quienes aprovechan los centros de orientación familiar, costeados con el dinero de todos los contribuyentes, para inducir a las mujeres, en cosa tan important­e como el matrimonio y la maternidad, aconsejando métodos anticonceptivos de toda índole.

– A quienes abusan de los medios de comunicación social, para cambiar la mentalidad de los cristianos, poniéndolos en manos de quienes saben que están dispuestos a hacer tabla rasa de los principios cristianos.

– A quienes dejan sin freno el libertinaje del individuo, incluso del moralmente sabido, con el consiguiente desorden para el mismo y la sociedad. Nos referimos a la legalización y tolerancia de la drogadicción, de la prostitución, del travestismo y de la delincuencia.

– A quienes apoyan el cine pornográfico y violento. A los que fomentan películas denigrantes de la Persona divina de Cristo, de la Santísima Virgen, de la Iglesia y de las cosas santas, empleando los medios de comunicación y los recur­sos legales con mentiras, sarcasmos y descalificaciones.

– A aquellos candidatos que han dado su voto a leyes anticristianas, como es la ley del divorcio, la ley del aborto y la opresión a la escuela católica. Hay que ente­rarse, porque votarles es corresponsabilizarse con su actuación.

– A quienes piensan equivocadamente en materias de fe y de moral, se les debe tener todas las consideraciones personales correctas y mantener con ellos los deberes de caridad fraterna, pero esta misma caridad cristiana nos obliga a rechazar a unos posibles gobernantes a quienes por su ateísmo, por su laicismo, por su amoralismo en materias fundamentales, no tienen condiciones para intervenir en el go­bierno de la sociedad.

A quienes debes dar tu voto

– A los que libres de los fallos enumerados, se comprometan a hacer respetar la ley de Dios en la vida pública. La papeleta en la mano, no es un juguete, es una responsabilidad, y, por tanto, hay que hacer saber a los candidatos, que sin el reconocimiento de la Ley de Dios en la constitución del Estado, no hay ninguna garantía seria para el bien común. El voto también entra en lo que enseñan los Hechos de los Apóstoles: «HAY QUE OBEDECER A DIOS ANTES QUE A LOS HOMBRES» (5,29).

Y Dios es Creador, Legislador y Juez universal (Mt 22,21); Mc 12,17; Lc 20,25).

– El voto no puede ser contaminado por el utilitarismo a favor de un candidato que ofrezca ventajas materiales para ti. Ni puede estar influido por la estrecha visión parcial de un determinado problema o de la situación inmediata local. Ni por motivos superficiales de simpatías, de amiguismo, de buena apariencia física. La opción del voto debe proceder de ideas meditadas y estudiadas y de la lectura y confrontación profunda de los programas políticos, en cuya primacía siempre debe prevalecer la Ley de Dios y el magisterio eclesiástico.

Dice el gran teólogo P. Royo Marín: «En los países donde funciona el sufragio universal, es un gravísimo deber de los católicos votar a los candidatos que ofrez­can mayores garantías de respetar los derechos de Dios y de la Iglesia, y una gravísima responsabilidad abstenerse de votar con peligro de contribuir al triunfo de los candidatos anticatólicos».

-A los que se comprometan a la protección legal y real de la vida humana, des­de la concepción hasta la muerte, al reconocimiento efectivo de las libertades públicas y sociales frente a la hegemonía de los poderes del Estado.

-A la protección positiva de la familia y sus derechos, al respeto real, a la liber­tad y a los sentimientos religiosos de los ciudadanos.

-Al establecimiento del régimen de enseñanza en libertad de igualdad de opor­tunidades para todos, al progreso de la calidad de vida en lo económico, cultural y moral. A los que reuniendo estas condiciones tienen mayores posibilidades de conseguir algún representante para el Congreso y/ o para el Senado. No sería lógi­co malgastar el voto en candidatos que de antemano se sabe no van a salir elegidos.

Orientaciones conciliares y pontificias que hay que tener presentes

«Es evidente que la comunidad política y la autoridad pública se fundan en la naturaleza humana, y, por lo mismo, pertenecen al orden previsto por Dios, aun cuando la determinación del régimen político y la designación de los gobernantes se dejen a la libre designación de los ciudadanos. Síguese también que el ejercicio de la autoridad política, así en la comunidad en cuanto tal, como en las institu­ciones representativas, debe realizarse siempre dentro de los límites del orden mo­ral, para procurar el bien común -concebido dinámicamente- según el orden jurídico legítimamente estatuido o por establecer. Es entonces cuando los ciudadanos están obligados en conciencia a obedecer. De todo lo cual se deduce la responsabilidad, la dignidad y la importancia de los gobernantes.» (GS IV, 74).

«La disciplina de partido no puede dispensar jamás de actuar personalmente en conciencia… Cuando se permite legalmente algo que es malo moralmente, se produce enseguida una confusión en las conciencias y una degradación de las costumbres.» (Juan Pablo II, 3-III-1981, a los parlamentarios franceses).

«Es cosa noble estar predispuesto a comprender a todo hombre, a analizar todo sistema, a dar razón a todo lo que es justo; esto no significa absolutamente perder la certeza de la propia fe, o debilitar los principios de la moral, cuya falta se hace sentir muy pronto en la vida de las sociedades enteras, determinando entre otras cosas consecuencias deplorables.» (Juan Pablo II, «Redemptor hominis», 6).

«TODOS LOS VERDADEROS HIJOS DE DIOS Y PREDESTINADOS TIENEN A DIOS POR PADRE Y A MARÍA POR MADRE, Y QUIEN NO TIENE A MARÍA POR MADRE, NO PUEDE TENER A DIOS POR PADRE»; dice San Luis María de Montfort. Si todos necesitamos conocer a Dios, el medio más rápido para llegar a Él es pedirlo a la Virgen. Nadie como Ella está cerca de Dios. Por esto, lo mínimo que hace cualquier cristiano es rezar cada mañana y cada noche. No somos bestias, ni máquinas, ni robots, ni estómagos. Somos hombres, con alma y cuerpo. Necesitamos comida, cultura, confort, desahogos. Pero mucho más necesitamos a Dios. ¿Qué menos que cada mañana y cada noche rezar, sin rutinas ni tonterías, sino con fe y de corazón, TRES AVEMARÍAS a la Santísima Virgen, pidiéndole que nos lleve a Dios, ¿que nos salve de los peligros y que alcancemos la salvación eterna?

«NADIE ME ARRANCARÁ LA IMAGEN DE LA VIRGEN QUE LLEVO GRABADA EN MI CORAZÓN», dice San Luis M.ª de Montfort. Y la imagen de María palpita especialmente cada mañana y cada noche en los que rezan las TRES AVEMARÍAS.