Contracorriente

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Contracorriente

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Ordenar los afectos

15 jueves Ago 2019

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano

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Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Santa Teresa de Jesús - San Juan de la CruzSan Ignacio de Loyola dice que sus Ejercicios Espirituales son para: «vencerse a sí mismo y ordenar su vida sin determinarse por afección alguna que desordenada sea». Es decir, los Ejercicios son para ordenar la vida en el amor a Dios y al prójimo. San Juan de la Cruz, asegura en la Subida al Monte Carmelo, que: «El alma no tiene más de una voluntad, y esa, si se embaraza y emplea en algo no queda libre sola y pura como se requiere para la divina transformación». Libres para cumplir el precepto de nuestro Señor Jesucristo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente», combatir nuestros afectos desordenados.

Los afectos desordenados al propio yo y a las cosas creadas por Dios, nos apartan de la santidad y nos hacen tibios y mundanos. Tenemos que arrancarlos de nuestras almas para que todos nuestros afectos estén conforme con la voluntad de Dios. El desasimiento total de las cosas es necesario para amar a Dios de todo corazón. Debemos dar gusto a Dios, no hacer nuestros gustos. Los afectos desordenados retrasan la perfección cristiana, el encuentro con Dios.

Santa Teresa de Jesús decía a sus monjas: «¿Pues por qué, mis hermanas, no les mostramos nosotras (a Dios) en cuanto podamos, el amor? Mirad que es hermoso trueque dar nuestro amor por el suyo; mirad que lo que puede todo y acá no podemos nada sino lo que Él nos hace poder. Pues ¿qué es esto que hacemos por Vos, Señor, Hacedor nuestro? Que es tanto como nada una determinacioncilla. Pues si lo que no es nada quiere Su Majestad que merezcamos por ello el todo, no seamos desatinados». No seamos tontos. Dios quiere corazones enteros.

No se trata de un desasimiento material, sino afectivo, espiritual. Tener el corazón libre de todo apego desordenado. Debemos dejar las relaciones inútiles con las cosas de este mundo, los propios gustos, las cosas superfluas. Sí, vivimos en el mundo pero Jesucristo nos dice que «no somos de este mundo», “pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Col. 3, 1-2). Cuanto más profunda es la renovación del alma en Cristo resucitado, más necesidad siente de Dios y de las cosas celestiales y más se desprende de las cosas de la tierra para volverse a las del Cielo.

Tenemos que poner el hacha a la raíz, sacando la raíz del amor propio y el deseo desordenado de gozar por encima de todo; así encontraremos la paz para gozar de Dios. Apartemos inmediatamente de todo cuanto nos aparta de Dios. Vicios, ocasiones de pecado, mediocridad… No estamos solos, el Señor nos ayuda. San Juan de la Cruz dice: «Cualquiera gusto que se le ofreciera a los sentidos como no sea puramente para honra y gloria de Dios, renúncielo que quédese vacío de él por amor de Jesucristo, el cual en esta vida no tuvo otro gusto ni le quiso, que hace la voluntad de su Padre».

Nuestro orgullo y egoísmo lo tenemos enraizado hasta las plantas de los pies. No les demos ninguna satisfacción. “Dios Nuestro Señor ha creado miles de maravillas. No miremos nada que pueda alterar nuestros corazones con malos deseos. No hay término medio: vivir para el propio yo o vivir para Dios. San Juan de Eudes exclamaba: «¡Oh Dios mío! Me doy a tí, como a mí fin, como  mí Centro, como a mí bien supremo. Atráeme a tí ¡Que yo tienda siempre a tí y que tú seas siempre todas mis delicias, toda mi gloria, mi tesoro y mi todo!» Nos espera una felicidad eterna. La Virgen María está preparando los últimos detalles.

La revelación de Dios

08 jueves Ago 2019

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano

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Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Fundamento de la IglesiaLa Santa Iglesia enseña que Dios puede ser conocido con certeza mediante la luz natural de la razón humana a partir de las cosas creadas (Concilio Vaticano I).

Sin embargo, en las condiciones históricas que se encuentra la persona humana experimenta muchas dificultades para conocer a Dios con solo la luz de la razón. Por ello el hombre necesita ser iluminado por la Revelación de Dios, no solamente en las verdades que superan su entendimiento, sino también en las verdades religiosas y morales que, de suyo, son accesibles a la razón. Sólo así puede conocer estas verdades con una certeza «firme y sin mezcla de error» (Concilio Vaticano I).

Revelación es lo mismo que remoción de un velo, o sea, la manifestación de una cosa oculta.

La Revelación divina es la manifestación sobrenatural hecha por Dios a la Humanidad en orden a su salvación eterna.

Por una decisión enteramente libre, Dios se reveló al hombre. Lo hizo manifestando su misterio, su amor divino y eterno a los hombres. Dios Padre revela plenamente su plan divino enviando a su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, y al Espíritu Santo.

Al revelarse a sí mismo, Dios quiere hacer a los hombres capaces de responderle, de conocerle y de amarle más allá de lo que ellos serían capaces por sus propias fuerzas.

Dios se reveló a los hombres, directamente: Adán y Eva, Moisés, etc.; y también habló a los hombres mediante los ángeles: San Gabriel a la Virgen María; o por medio de los Profetas y los Apóstoles.

Revelación divina pública es la que Dios manifestó con carácter oficial y obligatorio para todo el género humano. Fue manifestada por Dios en el Antiguo Testamento, confirmada y completada por Nuestro Señor Jesucristo en el Nuevo testamento y predicada por los Apóstoles. Con la muerte del último de ellos, San Juan, se cierra el ciclo de la revelación pública.

Revelación divina privada es la que hace Dios con carácter oficioso y particular a ciertas personas o grupos, aunque de ella pueda beneficiarse toda la Humanidad. Tales son, entre otras, las revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita Mª de Alacoque y las apariciones de la Virgen en Lourdes y Fátima, y la de la Divina Misericordia a Santa Faustina Kowalska.

La Revelación divina pública la hizo Dios por etapas, según las necesidades y disposición de la Humanidad.

Primero habló Dios a Adán y Eva y luego a Noé. Es la etapa primitiva de la Revelación, que lleva en germen la promesa de un Redentor.

Después habló Dios a los Patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, destinatarios de la promesa mesiánica y padres del Pueblo de Dios; es la etapa patriarcal.

Luego habló Dios a Moisés y al mismo Pueblo escogido, especialmente en la Revelación del monte Sinaí; es la etapa mosaica.

Dios, por medio de los Profetas, mantuvo viva la expectación mesiánica del Redentor prometido al pueblo escogido, Israel; es la etapa profética.

Por último, «cuando vino la plenitud de los tiempos» (Gal. 4, 4) llegó también la plenitud de la Revelación divina al presentarse el Hijo de Dios hecho hombre entre los hombres.

La historia de la Revelación divina, aunque es antigua y sobrenatural, aparece ante la investigación y a la crítica como una historia verdadera, bien fundada y documentada, vinculada a dos pueblos de singular relieve histórico: el pueblo de Israel y el pueblo cristiano, la Iglesia.

La Revelación divina llega a los hombres por medio de dos conductos o fuentes: la Tradición divina y la Sagrada Escritura. Estas dos fuentes de revelación están tan unidas entre sí como las aguas del río a su cauce, de tal modo que no puede concebirse una Sagrada Escritura independiente de la Tradición divina ni una Tradición independiente de la Escritura. Son las dos fuentes de la Revelación que contienen el único depósito de la fe revelado por Dios a los hombres.

La Tradición divina es la transmisión y conservación de la doctrina revelada por Dios desde el tiempo de los Apóstoles hasta nosotros, por medio de la predicación oral y la fe de la Iglesia.

Jesucristo no escribió; predicó y enseñó de viva voz y encargó a los Apóstoles, no que escribieran, sino que predicasen. San Pablo decía a los primeros cristianos: «Os alabo porque en todas las cosas os acordéis de mí y conservéis las tradiciones, tal como os la he transmitido» (1ª Cor. 11, 2).

La Tradición divina la tenemos hoy en:
a) El consentimiento unánime de los Santos Padres sobre una doctrina de fe o costumbres que ellos tienen por cierta, como testigos o como doctores auténticos y acreditados.
b) El sentir unánime de los teólogos.
c) El sentir unánime del pueblo cristiano.
d) Las definiciones de los Concilios y de los Papas.
e) Las profesiones de fe o credos.

Sufrimiento y amor a Dios

01 jueves Ago 2019

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano

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Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

San Alfonso Mª de Ligorio - libroUna de las cosas que más nos cuesta entender es, que los sufrimientos que envía el Señor sean tan queridos por los santos. Nos cuesta entender los sufrimientos en su luz sobrenatural. Las cruces son dones de Dios, que elevan a las almas que las aceptan a la suprema perfección cristiana. Parece que sin cruces las almas no pueden unirse íntimamente al Señor.

Se nos olvida que las almas tienen que estar purificadas para unirse a la infinita pureza de Dios. Y es imposible llevarlo a la práctica sin mortificación y abnegación. No bastan nuestras propias mortificaciones y ayunos, es absolutamente necesario que el Señor nos envíe cruces corporales y espirituales. Nuestras miserias y apegos desordenados solo los puede purificar la gracia santificante y los dones del Espíritu Santo.

Cuando Dios quiere levantar a un alma a la cima de la santidad, les envía purificaciones pasivas. Si el alma no las acepta porque piensa que son superiores a sus fuerzas queda parasitada en una vida de mediocridad. No avanzan más por el camino de la perfección. Algunas incluso suelen retroceder. El señor que las ama infinitamente, con una gracia actual extraordinaria las vuelve al buen camino. Hemos leído, en la vida de muchos santos que, sólo a través de los sufrimientos y desolaciones aceptadas con amor, las almas ensanchan sus corazones y las hacen capaces de abrazar al mismo Dios.

Los santos nos dicen con sus vidas que es necesario abrazarse a la cruz para abrazar a Jesús. Y el Señor lo pide como una condición indispensable: «El que no toma mi cruz y sigue en pos de Mí no es digno de Mí» (Mt 10, 38). Se multiplican las incomprensiones, vienen las persecuciones, las calumnias ¡No importa siempre abrazados a la cruz de Cristo, a Cristo crucificado! No me interesa vivir felizmente sino es con Cristo crucificado. La cruz me llevará al Cielo.

Las cruces las llevamos con Jesús. Él siempre nos ayuda, aunque lleguemos a convencernos que no podemos más. No perdamos nunca la esperanza. Hay muchas almas que retroceden ante los sufrimientos. Se desaniman y llegan a olvidarse que Jesús va junto a ellas. Nunca estamos solos: «Creamos que es todo para nuestro bien, guíe su Majestad por donde quisiere; ya no somos nuestros, si no suyos». Debemos olvidarnos de nosotros mismos, abandonarnos a la Divina Misericordia. Estamos en el corazón de Dios. La contemplación de la Virgen a pie de la cruz nos lanza a seguir la vida con las Cruces a cuestas.

Las almas perfectas nunca piensan en sí mismas. En todo buscan la gloria de Dios. Sus cruces son los instrumentos para expiar sus pecados y los de la humanidad. Un medio extraordinario para dar gloria a Dios. Tienen la seguridad de que Dios las ama por las cruces que van padeciendo. Cruces que unen a la cruz de Cristo para la salvación de sus hermanos. Santa Teresa de Jesús decía que: «La medida del poder llevar gran cruz o pequeña es la del amor».

Muchas almas no llegan a la unión con Dios porque no quieren entrar por el camino estrecho que lleva a la santidad y salvación eterna. No quieren sufrimientos, ni cruces. Solo quieren consuelos y gustos espirituales. El momento más necesario para demostrar que amamos a Dios es abandonarse totalmente en Dios en los días de tinieblas y desconsuelos humanos. Fiarse totalmente de Dios. Ni un solo instante deja de amarnos. No podemos sospechar lo que Dios nos ama. No temamos nunca y con Jesús digamos: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Comprendamos que la unión con Dios Padre no está en los gustos y sentimientos extraordinarios. Está en hacer todo la voluntad de Dios Padre Todopoderoso.

En el hospital

25 jueves Jul 2019

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano

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Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Jesús en el hospitalHe estado ingresado seis días en un hospital de la Seguridad Social. La llegada a urgencias, un poco deprimente box repletos, pasillos lo mismo. Análisis, radiografías, analítica. Total: neumonía. Pasé la noche en el box. Durante el día estaban de trabajos de albañilería encima. Aquello parece un mar de sufrimientos que suben hasta el Cielo.

Me trasladaron a una habitación del primer piso. Más comodidades. Tuve como compañero a un padre de familia joven, de Nigeria (África), de religión evangelista. Nuestro nigeriano era muy respetuoso conmigo. Siempre me decía “padre” está bien, “padre” ¿cómo ha dormido? Sus visitas también eran muy respetuosas conmigo. Inclinaban la cabeza, a veces, con las manos juntas. Los Misioneros de Cristo Rey, siempre me estuvieron cuidando, de noche y de día.

Un día pregunté a su hijo que ha terminado segundo de ESO, si se metían contra él en el instituto. Me dijo que les respetaban todos sus compañeros. Son tres hermanos él es el del medio. Se quieren mucho.

Un día le visitó un matrimonio joven con dos hijos. Uno de diez años y una de cuatro. Al estar ante el enfermo, la señora inclinó la cabeza y doblo las rodillas como señal de respeto. Al despedirse hizo lo mismo.

Llega el día de su alta médica y al despedirse con la ropa de calle, se pone de rodillas ante mí con bata de enfermo. Me dice: «Padre, deme usted su bendición».

Me traían la comunión al hospital dos párrocos cercanos al hospital y un diácono permanente. Un apostolado que llena de gozo al Corazón de Jesús.

La responsabilidad y profesionalidad de médicos, enfermeras, auxiliares, señoras de limpieza… perfecta. Un trabajador me dijo que muchos enfermos se quejan de la comida. Yo no me quejo. Como tampoco en mi casa. A la doctora que me entregó el alta de salida, le dije que me acordaría de ella en Roma. Se puso muy contenta. Es italiana.

Última radiografía. Pregunto al joven que me lleva en la silla de ruedas, si conocía a una antigua alumna de nuestro colegio. Me contestó: Sí, es una gran trabajadora y muy responsable. El último día vino a visitarme una antigua alumna que hace pocos meses ha entrado a trabajar en el hospital. Le felicité porque llevaba la medalla escapulario a la vista de todos. Me dijo: Padre mucha gente me pregunta y yo le explico la historia del escapulario de la Virgen del Carmen. Estas letras las he escrito en torno a las cuatro de la madrugada.

Lo primero que he leído en casa, en la revista juvenil Meridiano Católico, es lo que sigue: “Nigeria, el país más poblado de África, viene siendo azotado por dos frentes de islamistas radicales. Las milicias de Boko Haram han causado más de 20.000 muertos desde 2009, además de provocar una catástrofe humanitaria que se cuenta en dos millones de refugiados y millones de personas que dependen de la ayuda humanitaria. Han secuestrado a miles de jóvenes y mujeres, que han sido esclavizados o reclutados para las milicias y los atentados terroristas. Actualmente más de 2000 personas siguen secuestradas. Los cautivos son obligados a convertirse, a casarse con militantes y los que se niegan sufren una violencia extrema.

El otro frente de muerte está a cargo de los pastores musulmanes Fulani, que han provocado también miles de muertes, atacando con especial saña a los agricultores cristianos”.

“La madre de Leah, Rebeca, ha pedido que continúen las oraciones por Leah: “Sé que en todo el mundo los fieles están orando y abogando por la liberación de mi hija, pero hasta ahora no he visto a mi Leah. Quiero suplicar a los cristianos: No os canséis de rezar por ella hasta que vuelva”.

Su negativa a apostatar de su fe en Cristo ha hecho que su padre, Nathan, se sienta conmovido por el testimonio de su hija: “La confianza y la fe de mi hija me han hecho darme cuenta de que he estado viviendo bajo el mismo techo con una admirable discípula de Cristo, su testimonio de que nunca renunciará a Cristo incluso ante la muerte en manos de Boko Haram, me hacen sentirme orgulloso por su fuerte fe en el Señor”.

En octubre, el grupo terrorista publicó un vídeo amenazando con mantener a Leah como “esclava de por vida”.

Oremos insistentemente. Más, más y más.

Pasiones y acto humano

18 jueves Jul 2019

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano

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Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Jesucristo y el lagoPasión es el movimiento del apetito sensitivo que se suscita ante el bien o el mal sensible que produce cierta conmoción, más o menos intensa, en la persona (amor, odio, gozo, tristeza, ira, etc.), que influye en el acto humano.

Las pasiones son en sí mismas indiferentes, pero se convierten en buenas o malas según el acto al que incitan. A las pasiones que incitan hacia lo pecaminoso se les llama pasiones desordenadas.

El cristiano debe gobernar sus pasiones por la razón y la fe, y regirlas por su voluntad, con la ayuda de Dios.

Para luchar eficazmente contra las pasiones desordenadas es necesario rechazarlas inmediatamente, haciendo actos contrarios para centrar la atención en otra cosa. Un medio eficaz es acudir a las jaculatorias, que son oraciones cortas: ¡oh buen Jesús, hazme manso y humilde como Tú!; ¡oh buen Jesús, hazme paciente como Tú!

Los actos realizados impulsados por las pasiones son perfectamente voluntarios y libres y, por consiguiente, plenamente responsables.

Únicamente cuando la pasión sea tan grande y repentina que impida toda deliberación, o llegara a privar totalmente del uso de razón, sería involuntaria e irresponsable.

Los hábitos son las costumbres contraídas por la repetición de actos. Estos hábitos pueden ser buenos (virtudes) o malos (vicios).

Los hábitos, voluntariamente adquiridos y no rechazados, aumentan la voluntariedad del acto humano y su responsabilidad, aunque disminuye su libertad.

Los actos procedentes de hábitos voluntarios, rechazados por la voluntad, no tienen responsabilidad alguna, cuando se realizan inconscientemente debido a la costumbre inveterada; pero conservan su responsabilidad si la persona se da cuenta del acto que realiza: la persona que adquirió el hábito de blasfemar y lo retractó, mediante un serio arrepentimiento y el empleo oportuno de los medios para no recaer, no peca cuando se le escapa, sin darse cuenta, una blasfemia.

La violencia es la fuerza física o moral ejercida sobre una persona para obligarla a hacer una cosa contra su voluntad. (Violencia física es una paliza; violencia moral, los halagos o promesas que puedan hacerte).

La violencia física absoluta se da cuando la persona violentada ha puesto toda la resistencia posible, sin poder vencerla.

La violencia relativa cuando la persona violentada no resiste cuanto puede y debe.

La violencia física absoluta quita toda responsabilidad y culpabilidad a la persona violentada.

La violencia física relativa disminuye la responsabilidad, pero no excusa de pecado a la persona que sufre esta violencia.

La violencia moral nunca quita la responsabilidad, pues bajo su influjo la persona permanece en todo momento dueño de su libertad, aunque pueda disminuirla un tanto.

Un acto moral es el acto humano realizado con perfecta advertencia de que lo que se hace es bueno o malo.

La norma objetiva de moralidad de los actos humanos (para saber si son buenos o malos) es la ley de Dios. Por tanto, los actos humanos sólo serán buenos moralmente cuando se ajusten a la ley de Dios y serán malos cuando contradicen la ley de Dios.

La norma subjetiva de moralidad de los actos humanos es la conciencia rectamente formada, porque advierte a las personas lo que es bueno o malo.

Para emitir un juicio acertado sobre la bondad o maldad de un acto humano, es preciso considerar tres elementos: el objeto, las circunstancias y el fin que se propone la persona que realiza el acto.

Para que un acto sea moralmente bueno, tiene que serlo íntegramente, es decir, que ha de ser bueno a la vez por su objeto, por su fin y por sus circunstancias, «bonum, ex integra causa; malum, ex quocumque defectu».

Dar limosna es un acto bueno. Dar limosna con el fin de corromper a una persona es un acto malo.

Robar es un pecado; robar en una iglesia es un sacrilegio.

El acto moral bueno es digno de alabanza y premio.

Al acto meritorio sobrenatural, realizado bajo el influjo de la gracia divina, corresponde un premio sobrenatural, propio de la vida sobrenatural y eterna del hombre.

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