Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

San Alfonso Mª de Ligorio - libroUna de las cosas que más nos cuesta entender es, que los sufrimientos que envía el Señor sean tan queridos por los santos. Nos cuesta entender los sufrimientos en su luz sobrenatural. Las cruces son dones de Dios, que elevan a las almas que las aceptan a la suprema perfección cristiana. Parece que sin cruces las almas no pueden unirse íntimamente al Señor.

Se nos olvida que las almas tienen que estar purificadas para unirse a la infinita pureza de Dios. Y es imposible llevarlo a la práctica sin mortificación y abnegación. No bastan nuestras propias mortificaciones y ayunos, es absolutamente necesario que el Señor nos envíe cruces corporales y espirituales. Nuestras miserias y apegos desordenados solo los puede purificar la gracia santificante y los dones del Espíritu Santo.

Cuando Dios quiere levantar a un alma a la cima de la santidad, les envía purificaciones pasivas. Si el alma no las acepta porque piensa que son superiores a sus fuerzas queda parasitada en una vida de mediocridad. No avanzan más por el camino de la perfección. Algunas incluso suelen retroceder. El señor que las ama infinitamente, con una gracia actual extraordinaria las vuelve al buen camino. Hemos leído, en la vida de muchos santos que, sólo a través de los sufrimientos y desolaciones aceptadas con amor, las almas ensanchan sus corazones y las hacen capaces de abrazar al mismo Dios.

Los santos nos dicen con sus vidas que es necesario abrazarse a la cruz para abrazar a Jesús. Y el Señor lo pide como una condición indispensable: “El que no toma mi cruz y sigue en pos de Mí no es digno de Mí” (Mt 10, 38). Se multiplican las incomprensiones, vienen las persecuciones, las calumnias ¡No importa siempre abrazados a la cruz de Cristo, a Cristo crucificado! No me interesa vivir felizmente sino es con Cristo crucificado. La cruz me llevará al Cielo.

Las cruces las llevamos con Jesús. Él siempre nos ayuda, aunque lleguemos a convencernos que no podemos más. No perdamos nunca la esperanza. Hay muchas almas que retroceden ante los sufrimientos. Se desaniman y llegan a olvidarse que Jesús va junto a ellas. Nunca estamos solos: “Creamos que es todo para nuestro bien, guíe su Majestad por donde quisiere; ya no somos nuestros, si no suyos”. Debemos olvidarnos de nosotros mismos, abandonarnos a la Divina Misericordia. Estamos en el corazón de Dios. La contemplación de la Virgen a pie de la cruz nos lanza a seguir la vida con las Cruces a cuestas.

Las almas perfectas nunca piensan en sí mismas. En todo buscan la gloria de Dios. Sus cruces son los instrumentos para expiar sus pecados y los de la humanidad. Un medio extraordinario para dar gloria a Dios. Tienen la seguridad de que Dios las ama por las cruces que van padeciendo. Cruces que unen a la cruz de Cristo para la salvación de sus hermanos. Santa Teresa de Jesús decía que: “La medida del poder llevar gran cruz o pequeña es la del amor”.

Muchas almas no llegan a la unión con Dios porque no quieren entrar por el camino estrecho que lleva a la santidad y salvación eterna. No quieren sufrimientos, ni cruces. Solo quieren consuelos y gustos espirituales. El momento más necesario para demostrar que amamos a Dios es abandonarse totalmente en Dios en los días de tinieblas y desconsuelos humanos. Fiarse totalmente de Dios. Ni un solo instante deja de amarnos. No podemos sospechar lo que Dios nos ama. No temamos nunca y con Jesús digamos: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Comprendamos que la unión con Dios Padre no está en los gustos y sentimientos extraordinarios. Está en hacer todo la voluntad de Dios Padre Todopoderoso.