Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Santa Teresa de Jesús - San Juan de la CruzSan Ignacio de Loyola dice que sus Ejercicios Espirituales son para: “vencerse a sí mismo y ordenar su vida sin determinarse por afección alguna que desordenada sea”. Es decir, los Ejercicios son para ordenar la vida en el amor a Dios y al prójimo. San Juan de la Cruz, asegura en la Subida al Monte Carmelo, que: “El alma no tiene más de una voluntad, y esa, si se embaraza y emplea en algo no queda libre sola y pura como se requiere para la divina transformación”. Libres para cumplir el precepto de nuestro Señor Jesucristo: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente”, combatir nuestros afectos desordenados.

Los afectos desordenados al propio yo y a las cosas creadas por Dios, nos apartan de la santidad y nos hacen tibios y mundanos. Tenemos que arrancarlos de nuestras almas para que todos nuestros afectos estén conforme con la voluntad de Dios. El desasimiento total de las cosas es necesario para amar a Dios de todo corazón. Debemos dar gusto a Dios, no hacer nuestros gustos. Los afectos desordenados retrasan la perfección cristiana, el encuentro con Dios.

Santa Teresa de Jesús decía a sus monjas: “¿Pues por qué, mis hermanas, no les mostramos nosotras (a Dios) en cuanto podamos, el amor? Mirad que es hermoso trueque dar nuestro amor por el suyo; mirad que lo que puede todo y acá no podemos nada sino lo que Él nos hace poder. Pues ¿qué es esto que hacemos por Vos, Señor, Hacedor nuestro? Que es tanto como nada una determinacioncilla. Pues si lo que no es nada quiere Su Majestad que merezcamos por ello el todo, no seamos desatinados”. No seamos tontos. Dios quiere corazones enteros.

No se trata de un desasimiento material, sino afectivo, espiritual. Tener el corazón libre de todo apego desordenado. Debemos dejar las relaciones inútiles con las cosas de este mundo, los propios gustos, las cosas superfluas. Sí, vivimos en el mundo pero Jesucristo nos dice que “no somos de este mundo”, “pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Col. 3, 1-2). Cuanto más profunda es la renovación del alma en Cristo resucitado, más necesidad siente de Dios y de las cosas celestiales y más se desprende de las cosas de la tierra para volverse a las del Cielo.

Tenemos que poner el hacha a la raíz, sacando la raíz del amor propio y el deseo desordenado de gozar por encima de todo; así encontraremos la paz para gozar de Dios. Apartemos inmediatamente de todo cuanto nos aparta de Dios. Vicios, ocasiones de pecado, mediocridad… No estamos solos, el Señor nos ayuda. San Juan de la Cruz dice: “Cualquiera gusto que se le ofreciera a los sentidos como no sea puramente para honra y gloria de Dios, renúncielo que quédese vacío de él por amor de Jesucristo, el cual en esta vida no tuvo otro gusto ni le quiso, que hace la voluntad de su Padre”.

Nuestro orgullo y egoísmo lo tenemos enraizado hasta las plantas de los pies. No les demos ninguna satisfacción. “Dios Nuestro Señor ha creado miles de maravillas. No miremos nada que pueda alterar nuestros corazones con malos deseos. No hay término medio: vivir para el propio yo o vivir para Dios. San Juan de Eudes exclamaba: “¡Oh Dios mío! Me doy a tí, como a mí fin, como  mí Centro, como a mí bien supremo. Atráeme a tí ¡Que yo tienda siempre a tí y que tú seas siempre todas mis delicias, toda mi gloria, mi tesoro y mi todo!” Nos espera una felicidad eterna. La Virgen María está preparando los últimos detalles.