Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Fundamento de la IglesiaLa Santa Iglesia enseña que Dios puede ser conocido con certeza mediante la luz natural de la razón humana a partir de las cosas creadas (Concilio Vaticano I).

Sin embargo, en las condiciones históricas que se encuentra la persona humana experimenta muchas dificultades para conocer a Dios con solo la luz de la razón. Por ello el hombre necesita ser iluminado por la Revelación de Dios, no solamente en las verdades que superan su entendimiento, sino también en las verdades religiosas y morales que, de suyo, son accesibles a la razón. Sólo así puede conocer estas verdades con una certeza “firme y sin mezcla de error” (Concilio Vaticano I).

Revelación es lo mismo que remoción de un velo, o sea, la manifestación de una cosa oculta.

La Revelación divina es la manifestación sobrenatural hecha por Dios a la Humanidad en orden a su salvación eterna.

Por una decisión enteramente libre, Dios se reveló al hombre. Lo hizo manifestando su misterio, su amor divino y eterno a los hombres. Dios Padre revela plenamente su plan divino enviando a su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, y al Espíritu Santo.

Al revelarse a sí mismo, Dios quiere hacer a los hombres capaces de responderle, de conocerle y de amarle más allá de lo que ellos serían capaces por sus propias fuerzas.

Dios se reveló a los hombres, directamente: Adán y Eva, Moisés, etc.; y también habló a los hombres mediante los ángeles: San Gabriel a la Virgen María; o por medio de los Profetas y los Apóstoles.

Revelación divina pública es la que Dios manifestó con carácter oficial y obligatorio para todo el género humano. Fue manifestada por Dios en el Antiguo Testamento, confirmada y completada por Nuestro Señor Jesucristo en el Nuevo testamento y predicada por los Apóstoles. Con la muerte del último de ellos, San Juan, se cierra el ciclo de la revelación pública.

Revelación divina privada es la que hace Dios con carácter oficioso y particular a ciertas personas o grupos, aunque de ella pueda beneficiarse toda la Humanidad. Tales son, entre otras, las revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita Mª de Alacoque y las apariciones de la Virgen en Lourdes y Fátima, y la de la Divina Misericordia a Santa Faustina Kowalska.

La Revelación divina pública la hizo Dios por etapas, según las necesidades y disposición de la Humanidad.

Primero habló Dios a Adán y Eva y luego a Noé. Es la etapa primitiva de la Revelación, que lleva en germen la promesa de un Redentor.

Después habló Dios a los Patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, destinatarios de la promesa mesiánica y padres del Pueblo de Dios; es la etapa patriarcal.

Luego habló Dios a Moisés y al mismo Pueblo escogido, especialmente en la Revelación del monte Sinaí; es la etapa mosaica.

Dios, por medio de los Profetas, mantuvo viva la expectación mesiánica del Redentor prometido al pueblo escogido, Israel; es la etapa profética.

Por último, “cuando vino la plenitud de los tiempos” (Gal. 4, 4) llegó también la plenitud de la Revelación divina al presentarse el Hijo de Dios hecho hombre entre los hombres.

La historia de la Revelación divina, aunque es antigua y sobrenatural, aparece ante la investigación y a la crítica como una historia verdadera, bien fundada y documentada, vinculada a dos pueblos de singular relieve histórico: el pueblo de Israel y el pueblo cristiano, la Iglesia.

La Revelación divina llega a los hombres por medio de dos conductos o fuentes: la Tradición divina y la Sagrada Escritura. Estas dos fuentes de revelación están tan unidas entre sí como las aguas del río a su cauce, de tal modo que no puede concebirse una Sagrada Escritura independiente de la Tradición divina ni una Tradición independiente de la Escritura. Son las dos fuentes de la Revelación que contienen el único depósito de la fe revelado por Dios a los hombres.

La Tradición divina es la transmisión y conservación de la doctrina revelada por Dios desde el tiempo de los Apóstoles hasta nosotros, por medio de la predicación oral y la fe de la Iglesia.

Jesucristo no escribió; predicó y enseñó de viva voz y encargó a los Apóstoles, no que escribieran, sino que predicasen. San Pablo decía a los primeros cristianos: “Os alabo porque en todas las cosas os acordéis de mí y conservéis las tradiciones, tal como os la he transmitido” (1ª Cor. 11, 2).

La Tradición divina la tenemos hoy en:
a) El consentimiento unánime de los Santos Padres sobre una doctrina de fe o costumbres que ellos tienen por cierta, como testigos o como doctores auténticos y acreditados.
b) El sentir unánime de los teólogos.
c) El sentir unánime del pueblo cristiano.
d) Las definiciones de los Concilios y de los Papas.
e) Las profesiones de fe o credos.