Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Jesucristo y el lagoPasión es el movimiento del apetito sensitivo que se suscita ante el bien o el mal sensible que produce cierta conmoción, más o menos intensa, en la persona (amor, odio, gozo, tristeza, ira, etc.), que influye en el acto humano.

Las pasiones son en sí mismas indiferentes, pero se convierten en buenas o malas según el acto al que incitan. A las pasiones que incitan hacia lo pecaminoso se les llama pasiones desordenadas.

El cristiano debe gobernar sus pasiones por la razón y la fe, y regirlas por su voluntad, con la ayuda de Dios.

Para luchar eficazmente contra las pasiones desordenadas es necesario rechazarlas inmediatamente, haciendo actos contrarios para centrar la atención en otra cosa. Un medio eficaz es acudir a las jaculatorias, que son oraciones cortas: ¡oh buen Jesús, hazme manso y humilde como Tú!; ¡oh buen Jesús, hazme paciente como Tú!

Los actos realizados impulsados por las pasiones son perfectamente voluntarios y libres y, por consiguiente, plenamente responsables.

Únicamente cuando la pasión sea tan grande y repentina que impida toda deliberación, o llegara a privar totalmente del uso de razón, sería involuntaria e irresponsable.

Los hábitos son las costumbres contraídas por la repetición de actos. Estos hábitos pueden ser buenos (virtudes) o malos (vicios).

Los hábitos, voluntariamente adquiridos y no rechazados, aumentan la voluntariedad del acto humano y su responsabilidad, aunque disminuye su libertad.

Los actos procedentes de hábitos voluntarios, rechazados por la voluntad, no tienen responsabilidad alguna, cuando se realizan inconscientemente debido a la costumbre inveterada; pero conservan su responsabilidad si la persona se da cuenta del acto que realiza: la persona que adquirió el hábito de blasfemar y lo retractó, mediante un serio arrepentimiento y el empleo oportuno de los medios para no recaer, no peca cuando se le escapa, sin darse cuenta, una blasfemia.

La violencia es la fuerza física o moral ejercida sobre una persona para obligarla a hacer una cosa contra su voluntad. (Violencia física es una paliza; violencia moral, los halagos o promesas que puedan hacerte).

La violencia física absoluta se da cuando la persona violentada ha puesto toda la resistencia posible, sin poder vencerla.

La violencia relativa cuando la persona violentada no resiste cuanto puede y debe.

La violencia física absoluta quita toda responsabilidad y culpabilidad a la persona violentada.

La violencia física relativa disminuye la responsabilidad, pero no excusa de pecado a la persona que sufre esta violencia.

La violencia moral nunca quita la responsabilidad, pues bajo su influjo la persona permanece en todo momento dueño de su libertad, aunque pueda disminuirla un tanto.

Un acto moral es el acto humano realizado con perfecta advertencia de que lo que se hace es bueno o malo.

La norma objetiva de moralidad de los actos humanos (para saber si son buenos o malos) es la ley de Dios. Por tanto, los actos humanos sólo serán buenos moralmente cuando se ajusten a la ley de Dios y serán malos cuando contradicen la ley de Dios.

La norma subjetiva de moralidad de los actos humanos es la conciencia rectamente formada, porque advierte a las personas lo que es bueno o malo.

Para emitir un juicio acertado sobre la bondad o maldad de un acto humano, es preciso considerar tres elementos: el objeto, las circunstancias y el fin que se propone la persona que realiza el acto.

Para que un acto sea moralmente bueno, tiene que serlo íntegramente, es decir, que ha de ser bueno a la vez por su objeto, por su fin y por sus circunstancias, “bonum, ex integra causa; malum, ex quocumque defectu”.

Dar limosna es un acto bueno. Dar limosna con el fin de corromper a una persona es un acto malo.

Robar es un pecado; robar en una iglesia es un sacrilegio.

El acto moral bueno es digno de alabanza y premio.

Al acto meritorio sobrenatural, realizado bajo el influjo de la gracia divina, corresponde un premio sobrenatural, propio de la vida sobrenatural y eterna del hombre.