Miguicas 311

«El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas. Al que oiga mis palabras y no las cumpla, yo no lo juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he pronunciado, esa lo juzgará en el último día. Porque yo no he hablado por cuenta mía; el Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir y cómo he de hablar. Y sé que su mandato es vida eterna. Por tanto, lo que yo hablo, lo hablo como me ha encargado el Padre».

Padre Martínez m.C.R.

* El padre Alba nos decía: “no disculparos. Callar cuando me sienta herido”.

* A veces notamos el vacío de nuestras almas. ¡Arriba los corazones! Cristo Rey llena ese vacío y nos hace santos.

* Hay hijos contemporáneos que, en sus reuniones y asambleas, pisan un crucifijo, mal dicen, blasfeman… están en las puertas del infierno.

* “¿Quién será capaz de negar que España había civilizado mejor y más, o explotado menos a sus colonizados que los amos “dimitidos” de ahora?” (José Ungría).

* También es sentencia común de los teólogos que cada pueblo y nación tiene la especial protección de su ángel custodio.

* En Fátima se apareció tres veces a los pastorcitos el Ángel de Portugal. La Iglesia honra al arcángel San Miguel como su protector especial.

* Dios pudo haber creado al hombre en un estado puramente natural, destinado a un fin puramente natural. Pero no fue así: Dios creó al hombre en estado de gracia, elevándolo al orden sobrenatural, como había hecho con los ángeles, y destinándolo, como a ellos, a un fin sobrenatural.

El octavo día 106 – CRISTO, LUZ PARA LOS HOMBRES Y PARA LOS PUEBLOS (V)

D. José Guerra Campos
El octavo día
Editorial Nacional, Torrelara, Madrid, 1973

Nosotros sabemos –y esta tarde pedimos al Señor nos lo confirme- que el único modo válido de considerar ese patrimonio común de valores humanos, al que se nos quiere rebajar, eludiendo lo que tiene de don peculiar la fe, es apreciarlos ciertamente como bienes, pero, según explica el Concilio, bienes referidos a Dios como a su fuente, a su meta, y, por lo mismo, aprovecharlos, no para una reducción a niveles inferiores, sino para una elevación. Que sirvan de disposición para acoger lo que es la plenitud de todos los valores, la revelación de Cristo, respuesta y sentido a las aspiraciones e ideales humanos; raíz y cúpula de todos los valores que asoman en el corazón de nuestros hermanos.

Sí, sin duda el hombre ha de asimilar las motivaciones de su vida de modo libre; pero pedimos al Señor que no se disipe en nuestras mentes la evidencia de que la libertad no es indeterminación arbitraria o escéptica; es camino hacia bienes superiores, que son los que dan consistencia y anchura al vivir de cada uno. Por eso experimentamos que la libertad sin norma es esclavitud para el que la padece y es tiranía para los demás. Por eso experimentamos con gozo la gran definición de la libertad: «Servir a Dios es reinar». Y en aplicación práctica a la vida social, a la vida comunitaria en todos los pueblos, y en nuestra patria, sabemos que el servicio de la sociedad a la libertad, porque no hay libertad sino en la sociedad, consiste en promover positivamente las condiciones favorables para que los hombres descubran y vivan los valores fundamentales, para que puedan conocer y amar a Cristo.

Semillicas 313

SAN JUAN DE ÁVILA, presbítero y doctor de la Iglesia

Padre Cano, m.C.R.

* “Quien perseverase hasta el fin, ése se salvará” (Mateo 10, 22).

* Cuando la personalidad se pierde por amor es cuando se encuentra.

* “El ateísmo es, de hecho, el más atrevido de todos los dogmas… porque es la afirmación de un negativo universal” (G.K. Chesterton).

* Quisiera, en mi último momento unir los nombres de Dios y de España y abrazarlos a todos para gritar juntos por última vez, en los umbrales de mi muerte. ¡Arriba España! ¡Viva España! (Francisco Franco Bahamonde).

* Es doctrina de fe por el Magisterio universal y ordinario de la Iglesia que los ángeles buenos tienen la misión de proteger y velar por la salvación de los hombres: “¿No son todos ellos espíritus servidores, enviados para servicio de los que han de heredar la salvación?” (Heb 1, 14).

* Cada creyente tiene su particular ángel de la guarda desde el día del Bautismo. Más aun, según la doctrina general de los teólogos, no sólo los creyentes, sino todos los hombres, incluidos los infieles, tienen desde el día de su nacimiento un ángel de la guarda particular.

* Esta doctrina se funda en las siguientes palabras del Señor: “Mirad que no despreciéis a uno de esos pequeños, porque en verdad os digo que sus ángeles ven de continuo en el Cielo la faz de mi Padre, que está en los Cielos” (Mt 18, 10).

DEFENSA de la HISPANIDAD 23

Ramiro de Maeztu

EL SENTIDO DEL HOMBRE EN LOS PUEBLOS HISPÁNICOS (II)

Estoicismo y Trascendentalismo (2)

Lo que no hacemos los españoles, y en esto se engañaba Ganivet, es suponer que tenemos «dentro de nosotros una fuerza madre, algo fuerte e indestructible, como en eje diamantino». Esto lo creyeron los estoicos, pero el estoicismo o sentimiento del propio respeto es persuasión aristocrática que abrigaron algunos hombres superiores, pero tan convencidos de su propia excelencia que no lo creían asequible al común de los mortales, y aunque en España se hayan producido y se sigan produciendo hombres de este tipo, su sentimiento no se ha podido difundir, ni la nación ha parafraseado a San Agustín, para decirse como Ganivet: «Noli foras ire: in interiori Hispaniae habitat veritas». Esto no lo hemos creído nunca los hispanos -y esta palabra la uso en su más amplio sentido- y espero que jamás lo creeremos, porque nuestra tradición nos hace incapaces de suponer que la verdad habite exclusivamente en el interior de España o en el de ningún otro pueblo. Lo que hemos creído y creemos es que la verdad no puede pertenecer a nadie, en clase de propiedad intransferible. Por la creencia de que no es ningún monopolio geográfico o racial y de que todos los hombres pueden alcanzarla, por ser trascendental, universal y eterna, hemos peleado los españoles en los mejores momentos de nuestra historia. Lo que ha sentido siempre nuestro pueblo, en las horas de fe y en las de escepticismo, es su igualdad esencial con todos los otros pueblos de la tierra.

 El estoico se ve a sí mismo como la roca impávida en que se estrellan, olas del mar, las circunstancias y las pasiones. Esta imagen es atractiva para los españoles, porque la piedra es símbolo de perseverancia y de firmeza, y estas son las virtudes que el pueblo español ha tenido que desplegar para las grandes obras de su historia: la Reconquista, la Contrarreforma y la civilización de América; y también porque los españoles deseamos para nuestras obras y para nuestra vida la firmeza y perseverancia de la roca, pero cuando nos preguntamos: ¿Qué es la vida? o, si me perdona el pleonasmo: ¿Cuál es la esencia de la vida?, lejos de hallar dentro de nosotros un eje diamantino, nos decimos, con Manrique: «Nuestras vidas son los ríos -que van a dar en la mar», o con el autor de la Epístola Moral: «¿qué más que el heno, -a la mañana verde, seco a la tarde?». No hay en la lírica española pensamiento tan repetidamente expresado, ni con tanta belleza, como éste de la insustancialidad de la vida y de sus triunfos.

 Campoamor la dirá, con su humorismo: «Humo las glorias de la vida son». Espronceda, con su ímpetu: «Pasad, pasad en óptica ilusoria…Nacaradas imágenes de gloria, -Coronas de oro y de laurel, pasad». Y todos nuestros grandes líricos verán en la vida, como Mira de Mescua: «Breve bien, fácil viento, leve espuma».