Miguicas 304

Toribio Alfonso de Mogrovejo y Robledo (Mayorga, Corona de Castilla, 16 de noviembre de 1538 -Zaña, Virreinato del Perú, 23 de marzo de 1606)
fue un sacerdote, arzobispo y misionero católico español, que se desempeñó como 2° Arzobispo de Lima y organizador de la Iglesia en el virreinato del Perú. Es venerado como santo por la Iglesia católica.

Padre Martínez m.C.R.

* Fe habitual es el hábito permanente y sobrenatural de creer del cristiano. Es la fe que recibimos en el bautismo y que se desarrolla con la gracia santificante y la formación cristiana durante toda la vida.

* Fe actual es el acto sobrenatural de adhesión personal del hombre a Dios, que el creyente adulto debe repetir frecuentemente en su vida.

* Fe implícita es aquella por la que el cristiano cree todas las verdades de fe, profesada en una fórmula general: “Creo cuanto Dios ha revelado”.

* Fe explícita es aquella por la que el cristiano cree cada una de las verdades reveladas, profesada en una fórmula particular: “Creo en el infierno”.

* “No puedo negar la impresión abrumadora de las casi 60 páginas del texto manuscrito que he debido leer dedicadas a reseñar cuánto de malo se ha dicho y escrito de España; de sus más gloriosos reyes, y sus más santos misioneros” (José Ungría).

* “Mil infiernos antes de contristar a mi Dios” (Madre María Félix).

* España no puede entenderse sin la fe católica.

El octavo día 99 – LIBERTAD RELIGIOSA Y DEBERES RELIGIOSOS DE LA SOCIEDAD (IV)

«La misma sociedad goce de los bienes de justicia y de paz, que provienen de la fidelidad de los hombres hacia Dios y su santa voluntad»

D. José Guerra Campos
El octavo día
Editorial Nacional, Torrelara, Madrid, 1973

Declaraciones a “YA” de 24 de noviembre de 1965, durante la etapa última del Concilio Vaticano II. (4)

Ahora bien, además de esta tutela general (que es simplemente no violar la autonomía personal), la potestad pública está obligada moralmente a fomentar de modo positivo la vida religiosa. Sin mengua de la igualdad jurídica de los ciudadanos, y sin incurrir en discriminación, el deber moral del poder público, poder que viene de Dios, es muy diferente en el caso de la infidelidad y en el caso de la fidelidad de los ciudadanos a la voluntad divina: en uno, meramente no violar la voluntad infiel a Dios; en el otro, ayudar a la voluntad que quiere ser fiel a Dios. He aquí otro texto de la declaración:

«La potestad civil mediante leyes justas y otros medios aptos debe asumir eficazmente la tutela de la libertad religiosa de todos los ciudadanos y suministrar condiciones propicias para fomentar la vida religiosa, de suerte que los ciudadanos puedan ejercer efectivamente los derechos de la religión y cumplir sus deberes, y que la misma sociedad goce de los bienes de justicia y de paz, que provienen de la fidelidad de los hombres hacia Dios y su santa voluntad» (núm. 6).

La relación con que fue presentado el proyecto de declaración al aula conciliar en el mes de septiembre último reiteraba, una vez más (págs. 50-51), que la auténtica libertad religiosa no promueve de ningún modo un estado arreligioso o indiferente, y que la sociedad en cuanto tal puede honrar a Dios por actos públicos, en cumplimiento de su deber religioso. La declaración no propugna un estado de viejo tipo liberal (pág. 52).

Lo anotado vale para el ejercicio de la religión en cualquiera de sus varias formas. Pero el Concilio afirma además deberes específicos respecto de la religión y de la Iglesia de Cristo. Ante todo, recuerda que la libertad de la Iglesia en orden a la actuación de su misión salvífica, aparte de que se le debe por la misma razón que a cualquier grupo de personas que viven comunitariamente su religión, le compete por título peculiar «en cuanto autoridad espiritual constituida por Cristo Señor, a la que por divino mandato incumbe el deber de ir a todo el mundo y predicar el Evangelio a toda criatura” {núm. 13). Y junto a esta obligación que las sociedades tienen de respetar, por doble título, la libertad de la Iglesia, el Concilio evoca y confirma igualmente los demás deberes morales enseñados por la doctrina tradicional. El texto ya citado del número 1 es taxativo: «Se mantiene íntegra la doctrina católica tradicional acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades hacia la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo”.

Semillicas 306

Acercándose Pedro a Jesús le preguntó: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿Cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.

Padre Cano, m.C.R.

* No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre confiar en Dios y creer las verdades que Él ha revelado, como dicen algunos; porque si creemos y confiamos en las personas, es mucho más lógico creer y confiar en Dios, que no puede engañarse ni engañarnos.

* “La certeza que da la luz divina es mayor que la que da la luz de la razón natural” (Santo Tomás de Aquino).

* Los principales pecados contra la fe son: la infidelidad, la apostasía y la herejía.

* La fe subjetiva se divide en fe habitual, actual, implícita, explícita, viva y muerta…

* “Españoles, al llegar para mí la hora de rendir la vida ante el Altísimo y comparecer ante su inapelable juicio, pido a Dios que me acoja benigno a su presencia, pues quise vivir y morir como católico” (Francisco Franco Bahamonde).

* “La Santidad es esto: la entrega total de un alma a Dios realizada, vivida” (Padre Torres).

* ¡Viva los cartujos, vanguardia de la Iglesia!

DEFENSA de la HISPANIDAD 16

Ramiro de Maeztu

LA SEPARACIÓN DE AMÉRICA 10

La guerra civil en América (I)

La verdad, aunque no toda la verdad, la había dicho André: «La guerra hispanoamericana es guerra civil entre americanos que quieren, los unos la continuación del régimen español, los otros la independencia con Fernando VII o uno de sus parientes por Rey, o bajo un régimen republicano». ¿Pruebas? La revolución del Ecuador la hicieron en Quito, en 1809, los aristócratas y el obispo al grito de ¡Viva el Rey! Y es que la aristocracia americana reclamaba el poder, como descendientes de los conquistadores, y por sentirse más leal al espíritu de los Reyes Católicos que los funcionarios del siglo XVIII y principios del XIX. «No queremos que nos gobiernen los franceses», escribía Cornelio Saavedra al virrey Cisneros en Buenos Aires, en 1810. Montevideo, en cambio, se declaró casi unánimemente por España. Se exceptuaron los franciscanos, cuyo convento hizo formar a los soldados el gobernador Elío. ¿Por qué cruzó los Andes el argentino San Martín? Porque los partidarios de España recibían refuerzos de Chile. Pero desde 1810 hasta 1814 España, ocupada por las tropas francesas, no pudo enviar fuerzas a América. Y, sin embargo, la guerra fue terrible en esos años en casi todo el continente. ¿Quiénes peleaban en ella, de una y otra parte, sino los propios americanos?

 El 9 de julio de 1816 proclamó la independencia argentina el Congreso de Tucumán. De 29 votantes eran 15 curas y frailes. El Congreso, se inclinaba también a la Monarquía. Lo evitó el voto de un fraile. En cambio, los clérigos de Caracas se pusieron al principio de la lucha al lado de España. Verdad que la pugna por la independencia había sido iniciada en Venezuela por un club jacobino. Los llaneros del Orinoco pelearon al principio con Boves por España, después con Paéz por la independencia. Luego el gobierno de Caracas, como muchos otros gobiernos americanos, juró solemnemente con el cargo «defender el misterio de la Inmaculada concepción de la Virgen María Nuestra Señora». Ya en 1816, el general Morillo, a pesar de estar persuadido de que: «La convicción y la obediencia al Soberano son la obra de los eclesiásticos, gobernados por buenos prelados», había aconsejado enviar a España a los dominicos de Venezuela. ¿Y en Méjico? Si el movimiento de 1821 triunfó tan fácilmente fue porque se trató de una reacción: «Contra el parlamentarismo liberal dueño de España, desde que, tras las revoluciones militares iniciadas por Riego, Fernando VII fue obligado a restablecer la Constitución de 1812». Los tres últimos virreyes y las cuatro quintas partes de los oficiales españoles de guarnición en Méjico eran masones.