La Verónica no aparece en los Evangelios. No se menciona este nombre, aunque se citan los nombres de diversas mujeres que aparecen junto a Jesús. Por tanto, puede ser que este nombre exprese más bien lo que esa mujer hizo. En efecto, según la tradición, en el camino del Calvario una mujer se abrió paso entre los soldados que escoltaban a Jesús y enjugó con un velo el sudor y la sangre del rostro del Señor. Aquel rostro quedó impreso en el velo; un reflejo fiel, un “verdadero icono”. A eso se referiría el nombre mismo de Verónica. Si es así, este nombre, que ha hecho memorable el gesto de aquella mujer, expresa al mismo tiempo la más profunda verdad sobre ella.
* Chicos y chicas: amaros como enseñó Jesús. Seréis felices en esta vida y en la vida eterna del Cielo.
* «Plantar el Cielo en la tierra fue misión de escalofrío ¡la que Dios nos confió! ¡Quién lo hiciera y fuera yo!» (Unamuno).
* La Iglesia no puede ser apóstata. Es verdad que hay muchos apóstatas en la Iglesia. Pero la Iglesia permanecerá hasta el fin del mundo.
* Lo que el mundo masónico llama «fraternidad» no es la caridad cristiana: «Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por amor de Dios.
* Me han dicho que un hogar sin niños es un jardín sin flores. El amor de los esposos florece en sus corazones. Conozco a varios matrimonios que han adoptado niños.
* «No juzguéis», nos dice el Señor. Todos tenemos debilidades y afectos desordenados. Y el diablo nos tienta para que juzguemos al prójimo, proyectando sobre él, mis debilidades y afectos desordenados.
* Jesús nos dice: » Sed perfectos como vuestro Padre es perfecto». Solo en el Cielo la poseeremos. En la tierra podemos alcanzar una perfección relativa que nos va uniendo cada vez más a nuestro Padre del Cielo.
En su Evangelio, San Lucas dice que José y María solían ir a Jerusalén a la fiesta de la pascua. La Ley mandaba: “Tres veces al año se presentarán todos los varones delante de los Señor”. La Ley no obligaba a las mujeres. María Santísima, iba con José todos los años, aunque la Ley no obligaba a las mujeres. Le acompañaba en el viaje cantando salmos al Señor: “Que alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor”.
El primer acto solemne era la comida del cordero pascual la tarde del día 14 del mes de Nisán. Reunidos en grupos de más de diez comensales y menos de veinte. El día 15 por la mañana asistían al solemne oficio que se ofrecía en el Templo. El tercer día tenía lugar la fiesta de la oblación matutina en la que se ofrecía al Señor las primicias de la cosecha de la cebada. Un silencio religioso inunda de fervor a los corazones de los que participaban. Aprendamos de la Sagrada Familia a guardar silencio en el Templo, y aprovechar el tiempo en nuestra oración y visitas a Jesús Sacramentado.
Los romeros volvían a sus casas cantando salmos y alabando al Señor. Iban en grupos de familiares, amigos. Al terminar el primer día de regreso, José y María cayeron en la cuenta de que Jesús no venía en la caravana que iba a Nazaret. Penetremos en los corazones de aquellos Santos Esposos ¡qué noche más triste y más larga! No se contentaron con las lágrimas que derramaban. Al instante volvieron a Jerusalén buscando a su Hijo.
Al tercer día, encontraron a Jesús en el Templo sentado. Gocémonos del gozo y alegría de José y María. Estaba hablando los doctores de la Ley y maestros. “Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas quedaba. Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su Madre: “Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados”. Él les contestó: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?”. Pero ellos no comprendieron lo que les dijo. (Lucas 2, 48-50). Magnífica lección de Jesús. Nos enseña a unir el amor a nuestros padres con la firme decisión de seguir la voluntad de Dios nuestro Padre del Cielo, en la vocación a que los llame a cada uno en particular.
Si nuestras pasiones desordenadas se empeñan de separarnos de la voluntad de Dios, o el mismo diablo, respondamos ¡Sólo pertenezco a Dios! ¡Él es mi Señor! ¡A Él sólo serviré! ¡Ministros de Dios! ¡Esposas de Jesús! María conservaba estas cosas en su corazón.
Los cabildos, prioratos y abadías son también sistemáticamente reformados, gracias a los plenos poderes que Roma finalmente, desde 1493 a 1499, confió a Isabel y a sus religiosos de confianza. La reina crea, a su lado mismo, una Dirección general de la Reforma. Una sección especial de su Cancillería está encargada de los trámites y todos los gastos son sufragados, por orden suya, del Tesoro real. Hasta las constituciones y reglas de los conventos y monasterios son modificadas. En la Orden franciscana (un tercio de todos los franciscanos de la cristiandad) se impone la vuelta a la observancia drástica de la pobreza y del servicio a los desheredados. De ahí saldrá el magnífico testimonio franciscano de los “Doce apóstoles” de Méjico, tan pobres como los indios más pobres. En cuanto a los dominicos ocurre lo mismo, con una renovación brillante de la cultura tomista. De ahí saldrán los primeros dominicos de Santo Domingo, estos defensores de los indios que se dieron como discípulo un tal Bartolomé de Las Casas.
Cada vez, es Isabel personalmente quien inicia la Reforma: cuando exige la entrada en acción de los obispos, escribiéndoles personalmente; cuando personalmente se dirige al gran convento dominicano de San Esteban de Salamanca; cuando pide personalmente a los benedictinos ya reformados de San Benito de Valladolid ir a reformar la ilustre abadía catalana de Montserrat. Los religiosos son tan conscientes de la importancia de esta acción personal de la reina que los franciscanos de la Observancia la llaman “Domina nostra et mater nostra” (Nuestra maestra y nuestra madre).