JEAN DUMONT, Historiador francés

ISABEL LA CATÓLICA, LA GRAN CRISTIANA OLVIDADA

 “Nuestra maestra y nuestra madre”

Los cabildos, prioratos y abadías son también sistemáticamente reformados, gracias a los plenos poderes que Roma finalmente, desde 1493 a 1499, confió a Isabel y a sus religiosos de confianza. La reina crea, a su lado mismo, una Dirección general de la Reforma. Una sección especial de su Cancillería está encargada de los trámites y todos los gastos son sufragados, por orden suya, del Tesoro real. Hasta las constituciones y reglas de los conventos y monasterios son modificadas. En la Orden franciscana (un tercio de todos los franciscanos de la cristiandad) se impone la vuelta a la observancia drástica de la pobreza y del servicio a los desheredados. De ahí saldrá el magnífico testimonio franciscano de los “Doce apóstoles” de Méjico, tan pobres como los indios más pobres. En cuanto a los dominicos ocurre lo mismo, con una renovación brillante de la cultura tomista. De ahí saldrán los primeros dominicos de Santo Domingo, estos defensores de los indios que se dieron como discípulo un tal Bartolomé de Las Casas.

Cada vez, es Isabel personalmente quien inicia la Reforma: cuando exige la entrada en acción de los obispos, escribiéndoles personalmente; cuando personalmente se dirige al gran convento dominicano de San Esteban de Salamanca; cuando pide personalmente a los benedictinos ya reformados de San Benito de Valladolid ir a reformar la ilustre abadía catalana de Montserrat. Los religiosos son tan conscientes de la importancia de esta acción personal de la reina que los franciscanos de la Observancia la llaman “Domina nostra et mater nostra” (Nuestra maestra y nuestra madre).